Los romeritos Teresa

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Estamos en Semana Santa y pese a la pandemia y a que mi madre ya tiene más de tres años de haberse ido, mis hermanas, cada una por su lado, mandan imágenes de la capirotada, los romeritos, el pescado y los chiles encurtidos.

Las acompaño, siendo su aprendiz, he abandonado un poco algunas tradiciones que mi mamá nos infundió; sin embargo, llevo conmigo sus enseñanzas y el disfrute de cada uno de los ingredientes que lleva la comida de ocasiones especiales. Mi alma la recuerda viendo, oliendo, tocando y probando cada uno de los guisos.

Cuando miro a mis hermanas afanosas por conservar la receta de mi madre, saboreo sus manos cuando la comida está lista. El verdadero deleite está en contemplarlos convivir disfrutando tú sazón, Teresa.

Mis hermanas son excelentes personas; han conservado la historia de la familia cuando, de manera ceremoniosa, montan el altar de muertos, el árbol de navidad y nacimiento en diciembre, el chocolate y la rosca el Día de Reyes.

Mientras ellas guisan con tanta entrega, platico contigo Teresa sobre nuestro pasado, y rezo para sellar los recuerdos y todo aquello que duele. Han pasado más de tres años y cada vez miro más lejos de mí a mis hermanos, tu casa que ya tiene aire de abandonada.

Luchaste tanto por dejarnos una historia que nos pudiera anclar a la familia que, por más que lo hiciste, al menos en este momento, ya no se da.

Cuando te fuiste, lloré mucho por lo que veía con tu partida; lloré como decía mi padre, porque la mazorca se desgranará y las profecías de la desintegración de la familia se dieran. Tristemente ya es una realidad; sin embargo, la esperanza de conservarte en nuestros corazones es, en este abril de Semana Santa, madre: tus romeritos Teresa, están presentes.