EL PAN DE MUERTO: AROMA, SABOR Y TRADICIÓN DE MI PUEBLO

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#DESDEMIMODOPARTICULAR.

Agradezco la oportunidad de volver con algunos temas de  opinión a éste sitio donde  siempre se han vertido de variada índole las aportaciones de muchos autores; aprecio al titular de éste espacio digital que a diario crece gracias a quienes nos hacen el favor de leér. Hoy en el regreso, el tema  es más que de afectos a mi tierra en estas fechas que se aproximan.

Pues bien, entonces hablemos #DESDEMIMODOPARTICULAR…

EL PAN DE MUERTO: AROMA, SABOR Y TRADICIÓN DE  MI PUEBLO.

Sin duda que la identidad de nuestra tierra deriva siempre de su forma de celebrar a los vivos, pero en especial de como celebrar a sus muertos.

En mi pueblo, Coatepec, entrando el otoño en septiembre, las personas empiezan a planear que es lo que harán para el día de muertos que está próximo a celebrarse el 1 y 2 de noviembre pero ahí los altares se ponen desde el 30 y  31 de octubre.

Pues bien, hoy es tiempo de recordar como celebrábamos hace años la fecha que es símbolo de sabor, cultura y tradición en México que es considerado como patrimonio cultural e inmaterial, dadas las formas particulares  de su festejo en cada región.

En Coatepec y zona sur, quienes tienen la tradición que ha venido de generaciones, preparan la llegada de los muertos desde un mes antes.

En ésta temporada de octubre a noviembre normalmente empiezan a disminuir los días de lluvia, el tiempo al atardecer se ve diferente, algunas  hierbas al rozarlas  despiden aromas exclusivos de éstas fechas, los cerros empiezan a tupirse de color amarillo cempasúchil que le dan forma a tapetes naturales que habrán de servir para adornar y aromatizar los hogares el día de muertos; también comienzan a aparecer mariposas pequeñas de color café y negro, algunas otras blancas y unas más amarillas o  color naranja; la creencia dice que en ésta temporada no se deben matar o atrapar  las mariposas porque representan las almas de los muertos que vendrán muy próximos a visitar los altares y es que las mariposas comúnmente andan volando por las casas para después en algún lugar húmedo asentarse sobre la tierra  en busca de agua y es cuando vemos los montones de mariposas en el piso abriendo y cerrando sus alas, que a decir verdad cuando uno es niño, disfruta el hacer un movimiento para hacer volar ese racimo de mariposas porque son en sí unas alas  danzantes .

Así transcurren los días, en los hogares empiezan a hacer sus compras, unas veladoras ahora, unas a la siguiente semana,  unos kilos de azúcar para el pan, poner a secar la leña en forma de casita como le decíamos para luego por la tarde guardarla para que no se serene con la brisa de la noche, algunos desde ahora comprarán su harina y la protegerán para que no se heche a perder por la humedad o se contamine del hongo del moho, lo cual haría que fracase la elaboración del pan.

Otro asunto que se tiene que resolver con mucha anticipación, es el encontrar quien será el panadero que con su buena receta y práctica sea quien moje los kilos de  harina con huevo, manteca, azúcar y canela, para dar paso a lo que será el tradicional pan de muerto, ese que lleva normalmente figuras de muñecos  y algunas otras piezas que son conocidas como  finas y que no son más que unas  piezas grandes del sabroso pan.

En esas fechas los panaderos es cuando tienen bastante trabajo y desde 15 días antes del día de muertos ya están cociendo el pan en su horno de adobe y barro con piso de ladrillo para que alcancen a hornear el pan de muchas familias y es que cada quien ya sabemos a quien le queda bueno el pan o tenemos nuestra predilección por que alguien nos haga y hornee nuestro pan.

Recuerdo que en mis tiempos, nuestros kilos de harina eran preparados en casa de mi tío Lupe Domínguez y horneados en casa del Tío Pedro Domínguez, en ese tiempo recuerdo que nos íbamos dos días a casa del hacedor del pan, así que por la mañana mi mamá llevaba comida o algo para preparar y si tocaba día de clases, saliendo de la escuela nos íbamos hacia allá para pasar la tarde ahí donde además se juntaban niños de nuestra edad y pasábamos la tarde jugando, hasta en tanto no quedara listo el pan ya sea para dejarlo en reposo para que subiera y poder hornearlo.

Ya en esos momentos  teníamos listas las cajas de huevo, que en estas fechas eran muy buscadas, los pliegos de papel estraza, el mantel guardado especialmente para esa fecha.

Una vez que salía el pan, se dejaba enfriar y desde luego lo probabamos con un buen café que el cacero a veces ofrecía y dábamos el visto a lo que habría de adornar también nuestros altares.

Realmente hacer el pan de muerto era como un compromiso, indicaba convivencia, pláticas, juegos y sobretodo transmitir a las generaciones el afecto por lo propio de nuestros pueblos.

Recuerdo que lo triste era cuando ya una vez que había salido nuestro pan, teníamos que irnos a casa, cargando nuestras cajas con pan, así como los trastos y utensilios que se necesitaron para nuestros ingredientes, lo más lejos que nos tocó, fue la casa del tío Lupe y tía Flora, pero creo que cuando íbamos bajando hacia Coatepec a muchos les llegaba el aroma del pan de muerto, porque ese pan tiene una forma de anunciarse que a todos nos despierta el apetito aún sin un café.

De igual manera hacíamos el pan con Eusebio Procopio, mi tía Paula y con don Bernabé.

Con mi Tía Paula era lo mismo ir y ver como iba el pan, ya que por la cercanía no nos pasábamos tanto tiempo ahí;  lo mismo ocurría con don Bernabé y doña Ninfa, que por cierto la señora preparaba un sabroso café para compartirnos a veces con una pieza de pan del suyo, porque ellos hacían a veces su pan  antes que todos o al final, porque la verdad siempre tenían mucho trabajo; es que no es fácil estar amasando  en una arteza 10 kilos de harina y luego cortarlo y digo 10 kilos porque a veces era lo único que podían  hacer, lo que sólo alcanzaba para compartir en casa, poner en el altar y mandarle o darle a las visitas que siempre en día de muertos llegaban y como decían vamos al pueblo por nuestro muertito.

Dentro de todo ésto, recuerdo que una vez que salía nuestro pan, también llegamos a compartirlo con algunos de nuestros profesores, quienes también  asentían lo bueno de los panes en ésta fecha.

Una vez terminado el ritual del pan, viene el reto de preparar un atole de leche, algo que nos ocupaba un día entero y que a pesar de estar muy sabroso, en casa lo hicimos pocas veces ya que resulta muy laborioso, porque hay que cuidar todo el tiempo que la leche no se pegue y queme en las cazuelas de barro o en un  cazo de cobre, eso sí es muy muy rico ese atole que termina siendo leche condensada con sabor a canela.

Entre las comidas que llevará el altar estan: el mole, los tamales, los tlaxcales; como olvidar las palomitas de queso, las cajitas de arroz y cualquier otra que fuera el gusto de quienes ya se fueron a la otra dimensión.

Entre la fruta, no puede faltar la guayaba, la manzana, el platano, las cañas, las naranjas, los limones reales, las Ilamas, el dulce de  camote, de calabaza,  chilacayote, los de coco y los higos.

Mi abuela siempre le ponía a su viejito  su  torito que le gustaba mucho a mi abuelo Roga y toda la noche pasaba en vela ese día de los grandes como le conocemos.

Las flores que adornan nuestro altar son las de cempazuúchil, dobles o sencillas, otras aterciopeladas y las de pericón, esas son las que dan aroma y color a los altares.

Así un poco de historia….

#CesardelSur.