Carta a mis alumnas y alumnos
Originario de Naucalpan, egresado de la Universidad Iberoamericana y con maestría en Regulación Financiera y Valores por la Georgetown University, el licenciado José Elías Romero Apis, ha sido subprocurador de Justicia en el DF y en la PGR, así como diputado federal y litigante en su despacho Jurídico y maestro de la UNAM, hoy publicamos esta carta que dirigió a sus alumnos:
A MIS ALUMNAS Y ALUMNOS
DE DERECHO CONSTITUCIONAL,
FACULTAD DE DERECHO,
UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO.
Por José Elías Romero Apis
Me dirijo a ustedes con todo mi afecto y mi respeto. Bien lo merecen por su comportamiento y su desempeño en su alta encomienda como estudiantes universitarios. Su alto rendimiento y sus calificaciones me brindan la esperanza de las abogadas y abogados que en el futuro tendrá nuestro país y la confianza en un porvenir nacional mejor que nuestro presente.
En estos días he seguido los escritos y declaraciones de nuestro Director de la Facultad de Derecho, Raúl Contreras Bustamante. También he podido tener comunicación directa con él y ello me ha motivado para escribir estas líneas que no son breves, pero cuando se habla de la UNAM nunca se puede ser breve.
Considero una obligación inherente a mi magisterio el compartir mi punto de vista surgido a partir de diversas aseveraciones recién aparecidas sobre nuestra universidad. Yo provengo de una generación muy lastimada por el poder político cuando éste es intolerante. Soy de la Generación 68, la que, por esa misma razón, cuando llegó al poder se esforzó por ampliar nuestras libertades de pensamiento, de expresión, de cátedra, de investigación y de manifestación. De una o de otra manera, creo que muchos mexicanos de toda edad y de toda generación consideramos que Todos Somos 68.
Así como yo recibí los puntos de vista que mis maestros me compartieron en ese 1968, yo lo he hecho con los que ahora son tan jóvenes como yo lo era en ese entonces. Ellos me dijeron lo que era la UNAM y lo que representaba para México. Quisiera que ustedes siempre sientan el orgullo de pertenecer a esta universidad de gran alteza.
En lo personal me considero un producto característico de lo que forma nuestra universidad. Fui diseñado educacional, filosófica y temperamentalmente para ser abogado y político que no empresario millonario. Se me instaló el apetito de la cultura y el del servicio que no el de la riqueza y el de la ganancia.
Así, también, lo hice con mis hijos. Sólo queremos ser profesionistas. Con otro apetito y otra moral, tan solo por mis cargos públicos desempeñados yo podría ser riquísimo y por los de mi padre, yo sería dueño de banco. No del más grande ni del más chico, pero al fin banco. Pero no soy riquísimo ni dueño de banco. Soy abogado de bufete, catedrático universitario y autor jurídico. Nada más, pero nada menos.
En todo el mundo civilizado, la clase media profesionista es la que dirige el gobierno, la que organiza la empresa, la que enseña en las universidades, la que opera en los hospitales, la que litiga en los tribunales, la que construye las obras, la que impulsa la ciencia, la que genera el arte, la que escribe los libros y la que provoca los cambios.
La Universidad Nacional es la Universidad de México. No es tan solo un baluarte de la Nación. Además, forma parte de su destino. Podría decirse que una buena parte del destino nacional está depositado y depende de la Universidad Nacional Autónoma de México. Por ello es urgente que nosotros y las generaciones sucesoras la entiendan, la valoren y la aprecien.
La UNAM ha sido y es una universidad sui-generis. Gracias a su autonomía, no es una casa de estudios del Estado ni del gobierno. Pero tampoco puede considerarse como una universidad privada.
El proyecto mexicano de nación le apostó al cambio sustantivo. Cambió, además de a los hombres, sus estilos, sus perfiles, la economía, la política, la visión del Estado, la visión de la vida, la cultura y, por encima de todo, para que todo ello fuera posible, cambió la educación y fue la Universidad Nacional el elemento fundamental del proyecto mexicano de nación.
Al inicio del siglo XX y previo al estallido revolucionario, México era prácticamente un país feudal cuya composición social era biclasista. Por una parte, una pequeña clase gobernante y detentadora de la riqueza nacional, básicamente terrateniente y, por la otra, una gran masa campesina muy empobrecida y muy reducida a la servidumbre.
La formación de esa clase media profesionista, a base de la educación para el trabajo y con cultura universal, fue concebida como una responsabilidad atribuida al sistema educativo nacional y a la Universidad Nacional de México, más tarde Autónoma.
En la UNAM se formaron las generaciones de profesionales mexicanos que se harían cargo del destino nacional durante todo el siglo XX y hasta nuestros días, a efecto de que los mandos superiores de la Nación no estuvieran en las manos exclusivas del capital, ni del proletariado, ni de la milicia, ni del clero, ni de los extranjeros sino de las clases medias civiles, formadas por el país. Esa fue la garantía de que llegaríamos a nuestro destino.
Como casa de docencia es la institución más completa y mejor integrada del mundo iberoamericano. Pero, además, ha sido el gran centro mexicano de investigación científica y humanística. México ha sido un país cuya investigación gubernamental se ha desarrollado de manera escasa. Es por ello que la UNAM ha sido el gran bastión del pueblo mexicano para desarrollar sus esfuerzos de docencia y de investigación. Ha sido la gran apuesta de los mexicanos en materia de enseñanza y de investigación científica, tecnológica y humanística.
Es por ello que ese depósito de conocimiento no puede ser concebido sino como una reserva neurálgica de valor estratégico incalculable de los mexicanos. Es, para nosotros, lo que la NASA, la NSA y todas las demás agencias juntas para los norteamericanos.
La UNAM le ha brindado a México en institucionalidad, en progreso, en estabilidad, en credibilidad, en esperanza, en transformación y en libertad más de lo que le han brindado sus gobiernos. Quizá, por eso mismo algunos gobernantes no se lo han perdonado. Pero, por el contrario, por eso mismo muchos gobernantes se lo han agradecido.
Se quiera o no se quiera, la UNAM es el cerebro de la Nación.
En estos días, la memoria me ha traído la imagen de muchos abogados maestros universitarios que se formaron en los pupitres estudiantiles que hoy ocupan ustedes. Y que algún tiempo después trabajaron por la UNAM y por México, que son inseparables. Un día futuro, muchas y muchos de ustedes serán rectores universitarios y gobernantes de México, así como ellos un día fueron jóvenes estudiantes.
Tan solo me referiré a algunos abogados que fueron nuestros rectores pero que muchos de los gobernantes ni siquiera saben de su existencia o de su obra.
He recordado que, en ciertos momentos de nuestra historia, mientras los políticos se peleaban y se mataban por conquistar o por retener el poder, Ignacio García Téllez utilizaba su pluma de universitario para redactar el decreto de la expropiación petrolera y para escribir la ley que le dio nacimiento y vida al Seguro Social.
He recordado que, en ciertos momentos de nuestra historia, mientras los gobernantes pensaban en grandes fábricas, en grandes bancos y en grandes empresas, todo ello muy necesario para nuestro país, Luis Garrido envuelto en la toga rectoral, gestionaba lo imposible en un país tan modesto para que se edificara nuestra Ciudad Universitaria y un día se pudieran albergar a los 300 mil alumnos que hoy estudian en sus diversas sedes.
He recordado que, en ciertos momentos de nuestra historia, mientras el gobierno allanaba las instalaciones universitarias, desde su biblioteca hogareña Mario de la Cueva elaboraba la Ley Federal del Trabajo, orgullo y ejemplo mexicano ante el mundo jurídico.
He recordado que, en ciertos momentos de nuestra historia, mientras muchos afirmaban que la Constitución estorbaba las soluciones, Jorge Carpizo se enfrentaba a todos y dibujaba las reformas constitucionales y los organismos protectores de los derechos humanos, sin los cuales hoy no seríamos lo que somos.
He recordado que, en ciertos momentos de nuestra historia, mientras todo era confusión y caos, José Vasconcelos veía simultáneamente la historia de la humanidad y su futuro ineludible, para plasmarlos en nuestro lema universitario.
En efecto, en toda la historia, por los hombres y por los pueblos nunca han hablado ni su poderío, ni su riqueza, ni su conquista, ni su imperio y, ni siquiera, sus gobernantes. Por los pueblos y por los hombres, lo mismo en Hélade que en Lacio que en Anáhuac, lo único que ha hablado, lo único que habla y lo único que seguirá hablando es tan solo su espíritu.
Reciban el saludo de quien hoy es tan solo su maestro pero que siempre será su amigo.
Por mi raza hablará el espíritu,
José Elías Romero Apis

