Arma(á)ndo (me): Digimon
“Claro que está pasando dentro de tu cabeza, Harry, pero ¿por qué iba a significar eso que no es real?”
J.K. Rowling
Detrás del nombre siempre hay un significado, aunque sea una mera repetición del linaje paterno. Armando de Jesús, la parte que me tocó. Una mera extraña combinación, mi primer nombre es verbo y el segundo también lo es, el verbo que se hizo hombre. Soy el verbo que escribe difuminando la línea entre la ficción-realidad. El patio como primer lienzo, juguetes genéricos (de colores desgastados) me introducen a ser, como casi todo niño, el White Ranger. No le temo a las palabras, o al menos trato de no hacerlo. Me importa un bledo que se burlen cuando enuncio mi voz para decir diálogos y representar onomatopeyas. De un piso naranja y de uniones gris oscuro, pasé a las páginas de un cuaderno rayado (estilo norma como lo pedía la SEP, o más bien la maestra de cada grado), y finalmente a la hoja en blanco de Word. Aquí sigo…
A.S. de seis años se para temprano a las seis y media de la mañana por el lejano 2005 o 2006 (algunas veces la memoria falla). Prende la televisión de su cuarto, y con el control pone el número trescientos (sección de los niños). Selecciona al extinto Jetix (canal número 311), lugar donde transmiten sus programas favoritos como Power Rangers (no importa la generación), Yin Yang Yo!, Súper Escuadrón de Monos, Dave el Bárbaro, Los padrinos mágicos, entre otras más. Recuerdo que mi padre solía medir los viajes por duración de capítulos, ahora es entendible, aunque las horas no dejan de ser un concepto duro de roer. El niño baja un poco el volumen para no despertar a su hermano, se escucha Butterfly en la adaptación de César Franco. “Esto no es Digimon”, piensa mientras rememora a Fox Kids y niños transformándose en figuras antropomórficas. No está equivocado, tampoco tiene la razón. De niños no sabemos de cronología o de continuidad en la literatura almacenada.
Termina el programa, siente esa chispita, esa indeterminación, ha adquirido un gusto que trascenderá el resto de sus días. Sábado y domingo madruga para encontrarse con la franquicia original (1999). Años después, YouTube fue el medio idóneo para observarlo por segunda vez y, de paso, encontrar la secuela. A.S. duerme profundamente, su subconsciente narra aventuras con los niños de 02, su cuerpo-no cuerpo se fusiona con el elemento más pequeño, Cody (Iori) Hida. Esos relatos se convierten en constante, adquiriendo su propia corporalidad, su propio yo dentro de ese universo ficcional. Sabe que es él, mas no sabe su apariencia. Siempre quise ser un niño elegido, digielegido, digidestinado o digidestined, como le quieran decir. En casa de sus abuelitos maternos, con plastilina emula las corporalidades de los ocho elegidos y sus compañeros digitales, continúa forjando su propia historia, su fanfic. También con grandes rectángulos (de distintos colores), forja su propio compañero digital y sus digievoluciones.
A.S. está a finales de cuarto grado, en las páginas finales de su cuaderno se dibuja a él y a sus amigos tratando de emular el estilo de esta serie japonesa. En las vacaciones de verano, en un cuaderno incompleto y con su mano izquierda, forja su primer gran escrito. La mentira no es mentira, si tú la crees realidad. A.S. desde su cuenta de Yahoo se escribe a Windows Messenger, fingiendo-creyendo-narrando que es su yo del futuro. “Estoy en el Mundo Digital, el Digimundo”. Metido en su propia felicidad clandestina, le comenta a sus padres, sin decirle que ha sido él quien se escribe, ellos se preocupan y piensan que es un tipo de extorsión. El tiempo pasa, él crece y ya está en sexto grado, “renuncia” a sus gustos infantiles y lo remplaza por el fútbol.
Digimon avanzó con distintas franquicias mientras yo crecía. A.S. dieciséis y con el corazón roto en un viaje escolar, encuentra la gran noticia Digimon Adventure tenía una tercera parte. Eso me subió el ánimo y se la pasó viendo los primeros capítulos. Los ocho elegidos ahora dudan, tienen crisis existenciales, ya no son niños. Creo que eso me unió más a ellos, además de que la franquicia es del año en que nací. Digimon se convirtió en mi eterno devenir, así antes de entrar a la universidad él observó todas las temporadas. Fue curioso como la última película embonó a los momentos en que A.S. vivía, la tesis una constante pregunta desde el sexto semestre. También su opening se convirtió en la canción perfecta para dormir a su sobrino.
Pasó un año y antes de lidiarme con el lenguaje académico, mi estado del arte, Elena Garro, “Era Mercurio” y más, el joven decidió que era tiempo de materializar todos esos sueños que tenía desde los siete-ocho años. La mentira se convirtió en realidad y así inició el noveno. Una reescritura de múltiples saltos temporales, juegos con multiversos basados en una de las franquicias que son parte de mi devenir. Veamos que escribe A.S. en sus líneas:
“Un cuarto pequeño de un apartamento en una manada de edificios similares. Diferentes fotos de diversas personas y diferentes hojas, que relatan anécdotas, pegadas en la pared, parece un archivo expiatorio. Montañas de libros encima de un escritorio, trabajos impresos en una lista de pendientes sobre una libreta. Un buró, un retrato familiar y un D3. La luz del sol traspasa todas las ventanas, suena una alarma.
—¡Buenos días! —saluda una voz chillona.
De la cama se levanta un joven de veintidós años. “De quién será esa voz”, se pregunta extrañado. Se sienta en el borde lateral de la cama, sigue adormilado.
—¡Feliz primero de agosto! —menciona la voz chillona que parece tener la estatura de un niño de ocho años. “¿Primero de agosto? Suena como una fecha importante”, reflexiona nuevamente él. En ese momento tomé mis lentes y observé algo inimaginable, un animal parecido a un pequeño dragón y de color morado. Extrañado me alejé.”
Esta historia-devenir continuará…

