Los juicios móviles: un malestar de las culturas

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Tener bien definido un sistema de ideas, creencias, valores, y convicciones ético-políticas hoy en día, es algo más que escaso. Es raro que conseguir este deber de forma independiente, se logre más allá de académicos, intelectuales, o artistas. Además, ha dejado de anhelarse como algo casi obligatorio, que antes se intentaba formar persiguiendo el ser formado hasta donde las capacidades o las condiciones de cada quien, lo permitiese. Hoy, casi se convierte en algo a formarse a la carta, con tan solo dar un vistazo a lo que quienes hemos llamado aquí los estrategas del espíritu, hayan ofrecido sobre tal o cual asunto, sintetizado, digerido y evidentemente parcializado, sobre éste o el otro asunto que merezca adoptar una postura ética.

Lo que escasea por tanto, no son altas dosis de exigencia o de moralidad, sino de autenticidad, de genuina preocupación por formar opiniones libres de lo inocente y lo arrogante del erudito a la violeta. Nunca antes había podido formarse una opinión tan comprometida como la moral, en cosa de cinco minutos, tras sólo haber tenido que entender dos o tres simplísimos conceptos entrelazados con altas dosis de falacias o del más cínico convencimiento. Y si a esto, sumamos que es una tendencia natural del género humano enterarse de algo con intenciones de confirmar y no de investigar, tenemos por resultado a la moralina.

La moralina es a la moral lo que la literatura de hiper ventas al clásico latino, lo que el discurso motivacional es a la pasiva escucha del sabio, o lo que la televisión actual es a la que un día resplandeció; es decir, una burda copia. Pues resulta, que moral, tratando de hablar de ella hondamente, es un conjunto de valores que un pueblo erige tras un largo periodo de autoformación, para pasar de lo ordinario al tan difícil autogobierno.

Lo moral, es, pues, algo mucho más hondo que el conglomerado de conceptos más o menos apretado que cada uno llamamos convicciones éticas. Una realidad que, en caso de pretender ser reformada, exige ser tratado por una conciencia privilegiada para estos efectos, con la capacidad de poder hundir su entendimiento en el lomo de los asuntos que realmente sean aptos para tales fines, dándoles una suerte edificante antes que nada más quejumbrosa.

Y es que, ¿qué son la mayoría de los juzgamientos morales de hoy en día además de ideas consagradas por la difusión masiva?, ¿no están, acaso, la mayoría de las convicciones éticas del ciudadano común entendidas rápida y convenientemente?, ¿no es acaso, preocupante, que lo que antes era edificante ahora pase a ser móvil?, ¿pueden taparse los edificios con un dedo, o acaso se les puede transportar sin demolerlos?, ¿no entristece, acaso, ver como lo vulgar derriba a lo añejo, pero fecundo?

Sea como fuere, el estado actual de lo moral y de sus reformas, no puede dejar de alarmar a quien ha conocido lo bello y lo proporcional de lo que prevalece, frente a lo vulgar. Como le pasaba, hace no mucho, al fascinante loco de la colina, cuando decía:

El mundo entero se está creando a la medida de esta nueva mayoría la que  disfruta y se enorgullece de su incultura. Todo es superficial, frívolo, elemental,  primario, para que ellos puedan entenderlo y digerirlo. Esos son socialmente la nueva clase dominante aunque, siempre será la clase dominada precisamente por su analfabetismo y su incultura, la que impone su falta de gusto y sus morbosas reglas. Y así nos va a los que no nos conformamos con tan poco, a los que aspiramos a un poco más de profundidad. Un poquito más, hombre, ¡un poquito más!, ¡Joder!