CONTAR, TAREA DEL CRONISTA
Prosiguiendo con la afortunada entrevista de Thelma Morales García, prosigo en la lectura de la misma, donde Javier Ariceaga cuenta: Raúl Olascoaga Pliego, fue jefe de la policía, era Teniente del Ejército, él como buen “Toluco” conocía todas las vecindades y nosotros los muchachos de antes, también conocíamos las vecindades viejas, por eso se venía la Navidad y empezaban los bailecitos y que vamos a la posada de fulano que tiene un aparato de sonido grandote y nuevecito, y otros, que tienen una marimba de los Franco que viven en Isabela Católica allá arriba en lo que es ahora Bravo, vamos a la vecindad de Lizola, semejante a la de Corregidor Gutiérrez, No, que vamos a la del Hoyo, donde que ahí viven puras muchachas que son de ciudad de México. Un río de información y más información. Hay que vivir la vida para saber de lo que cuenta el cronista que fue y es Javier Ariceaga, miembro distinguido de la gran escuela de periodistas-cronistas de Toluca.
Sabía todo y en la entrevista dada se da con el amor con que se daba a viejos y jóvenes, niños y adolescentes, pues igual que don Poncho, eran maestros de vida, pacientes maestros para con los demás. El siguiente párrafo es prueba de ello: También en vecindad vivía Guillermo Ríos, el grande, el papá de Memo Ríos, el imitador. Vivimos nosotros en Isabel Católica 14, esa vecindad era de la señora Manola Solís, aquellos hermanos de Manuel Solís que vendía curiosidades ahí en la calle de Hidalgo; era la vecindad pegada a la Quinta del Carmen, ahí tenía mucha gente, ahí vivía Guillermo Ríos con su hijo Memo chiquito, también mi hijo, el doctor, fue creciendo a diferencia del otro, que quería ser un Beatle —pero se desvió—, se quedó en cómico; y mi hijo quería ser un buen periodista: te vas a morir de hambres si eres periodista, y es ahora un especialista. Una enciclopedia-hombre lo fue Javier Ariceaga, se sabía lo que sucedía y sucedió en esta ciudad y lo cuenta muy a su manera, con ese lenguaje donde pone a todas las familias con su apellido en el rasero que corresponde a la fortaleza de la buena crónica: democrático con todos, sin ponerles flores a quien no lo merece, sin desdecirse de aquello que vio y cree es la verdad a secas.
En lo ideológico, responde en su perorata Ariceaga: La mayor parte de estas vecindades eran de gente muy fanatizada, muy católica, muy cristiana, eso sí que no les perdonaban los diez pesos de renta, pero no salían del Ranchito, la Tercer Orden, del Carmen, de San Juan Chiquito. Ahora, aquí de San Juan Chiquito todos sabemos quiénes son los que tenían vecindades más o menos de ese tipo, que eran Villavicencio, el viejo Villavicencio: ese era un enredijo de pasillos aquí en la esquina y en la noche de los sábados Box y Lucha Libre, hizo una arena y se oían las groserías clarititas, y nomás decía Don Ángel Yáñez: “Oiga nada más, oiga nada más a esos bajos”. Después fue una bodega de libros de la Secretaría de Educación Pública, que controlaba mi hermano el Chato Ariceaga, que era su secretario en dos sexenios del gran Adrián Ortega Monroy. Nosotros recordamos con gran cariño a esas personas, porque Toluca era a pesar de los pesares, una Señora Ciudad llena de cultura. Vida de barrios, calles, familias, individuos por sí solos. Todo le es dado y debe trabajar mucho el cronista para saber todo de todo, aunque se quede en un territorio circunscrito a sus vivencias y estudios. Porque el verdadero cronista se encuentra en los márgenes de las familias y no se les hace caso.
En todo ha estado Javier Ariceaga Sánchez. En lo de los otros y en lo propio, por eso cuenta: Mi vecindad era Corregidor Gutiérrez número 3, interior 10, esa vecindad tenía una peculiaridad, tenía unas escaleras que daban a dos viviendas más o menos amplias; no tan chiquitas como las de abajo, pero desde abajo oíamos todo lo que decían y los pleitos: entonces, ahí vivían gente sin bien más o menos modesta, puro clasemediero; ya en las orillas era la gente más humilde y más canija, más pasional. Yo me acuerdo de muchas cosas de esa vecindad. En esa vecindad enfrente había una pulquería, entonces había muchacho hijo de don Gaspar Colines, que iba a esa pulquería que era del señor que se apellidaba García: Pulquería “La Merced”, entonces él iba por el tlachique para su mamá, porque su mamá tomaba su pulquito y llevaba una jarra de un litro y medio pagaba dos o tres centavos y este se tomaba la mitad y ahí en el “vitoque” de la entrada a la vecindad la llenaba, para así llegar con la señora, quien le decía: y te dieron pura agua. —No, mamá, cómo de que no. E iba la señora a reclamarle y ya casi le pegaba al pobre tlachiquero.
Nada le fue ajeno al cronista de la ciudad. Nada porque todo le fue dado por esta ciudad que se deja amar por quien en verdad le ama con el corazón y no con el bolsillo. No hay como el cronista que es reconocido por sus libros, que hablan de Toluca en momentos estelares de su historia a partir de los Toltecas que le inician por allá en el 640 d. C. para seguir el hilo conductor sabiendo que los Matlatzincas, los hombres de la red fueron quienes se apostaron en este lugar para darle imagen de comunidad que en las alturas del altiplano fundaron de facto, lo que hoy es una poderosa Ciudad de cerca de un millón de habitantes. Muchos menos eran aquellos que a mitad de siglo XX, vivieron nuestros cronistas que en sus libros nos dejaron la ciudad que cada día se va perdiendo más en las tinieblas del tiempo.
La ciudad conocida en el país y en territorio mexiquense, como ciudad que cuenta sólo con dos estaciones: la del tren y la del invierno esos tiempos los vivió a plenitud Javier Ariceaga, si pensamos que nació en 1930, y que en su niñez vivió de cerca la educación cardenista. Y en su juventud el México que renacía bajo un sistema político de hegemonía cada vez más concentrada en los dueños del Partido de la Revolución Mexicana (PRM) en años del cardenismo y para 1946, con el cambio del PRM a Partido Revolucionario Institucional (PRI). Tanto los Ariceaga, como los Sánchez García, poco tuvieron que ver con la vida política de partidos si consideramos sus expedientes de vida en ese sentido: de no ser, fundamentalmente, en la investigación y estudio de la vida partidaria de su momento. El ejemplo mejor son el trabajo que don Poncho Sánchez García hizo del Partido Socialista del Trabajo de los Gómez, sus dos libros: El círculo rojinegro y Ocaso y fin del círculo rojinegro, son libros obligados en su lectura, para entender como el Partido Nacional Revolucionario (PNR) origen del PRI actual, fue tomando en las entidades y regiones el poder político que le llevó a ser partido único en cierto momento, de nuestra historia nacional, estatal y municipal.
No para en su sabiduría Ariceaga, cuenta: Antes de salir aquí por la Procuraduría, por ahí por el jardín Reforma, pasado por el Jardín Reforma, rumbo a la procuraduría está ahora una vecindad que parece compró Manzur, el de las grúas, una larga hasta el fondo, esa vecindad era puras casitas modestas, ahí vivían muchos que hacían tumbas, escultores hacían puros ángeles horribles, parecían vampiros, pero trataban de hacerlo bien. Aquí en el Panteón General tenemos escultoras preciosas, escultores “Tolucos” poco conocidos, tenemos un árbol hueco con la muerte de la paloma y otras esculturas que nada más con admiraciones Mamá, cantidad de cosas que tiene el Panteón artísticas muy buenas. Ahí hizo un reportaje Alfonso —Mosquito—, yo nunca había manejado una cámara y saqué la cámara y salió bien el reportaje con Amador López y me dijo: mira Ariceaga ahora que estemos entrados empiezas a enfocar aquí y ya después, ya al último se van caminando al azar y los dos se murieron.

