ANDANZAS DEL PERIODISTA
Los escritores se miden por lo que otros aprecian, en el bien y el mal, la obra que se ha escrito. El Prólogo de Alfonso Sánchez García para el libro El último farol, es obra por sí sola, que merece publicación en plaquette de difusión necesaria sobre el cronista Javier Ariceaga Sánchez. Bello es que alguien escriba de mí y mi obra. Bello es leer un texto que viene de un escritor nato. Leer a don Poncho, incansable en todo lo que dio a la posteridad y a sus amigos es prueba de que por Toluca pasó un ser admirable por su espíritu dadivoso. Y al leer los vericuetos por donde anda el profesor Mosquito, hace saber que siempre busca, en lo posible, hablar o escribir sabiendo lo que ha de decir del Otro. Y ese Otro puede ser el poema que dedica al Xinantécatl, tan amado por los toluqueños de este Valle de lágrimas. O yendo, paso a paso, en la vida de Javier, al que por cierto, seguramente le sorprendió que don Poncho supiera tanto de sus andanzas en este mundo.
El cronista es un metiche irredento. Y su medio más elocuente y agradable de andar metiéndose en las cosas, es la profesión de periodista. Periodista lo fue Javier, dice al respecto el profesor Mosquito: Como periodista, se junta a la barra (sin barra, pero con café) de Guillermo González López y el grupo de bohemios de camisa, pero blanca, que interviene en la confección de las revistas Equinoccio y Realidad. Las publicaciones en que ha colaborado son múltiples, incluyendo Rumbo y El Noticiero. Así como el suplemento dominical del primer periódico mencionado, o sea El Vitral y aún participa en el magazine Pulso, de Víctor Manuel Gutiérrez, y en El Sol de Toluca. Fuera de Toluca inserta sus artículos en El Sol de la Costa y Claridades, y es fundador de la revista Gaceta.
Sólo este párrafo que cita don Poncho nos daría la vida de un hombre que ha pasado por la misma dejando una huella imborrable. Porque esa es una verdad, verdadera; lo escrito en papel ha de quedar en el tiempo y sólo la polilla o el agua con su mal llegada a sus páginas podrá borrar la misma. Su manera de ser, en el trato es el de esa corriente poderosa que en el periodismo y en la crónica forman la escuela más importante de todo lo que en Toluca ha sucedido para nuestro bien. Estudiarlos con fruición nos ha de dar consejos relevantes, para que siguiendo sus huellas, que destacan porque son trabajo y más trabajo sin que se cansen, por eso ahora al paso del tiempo nos enamoramos de sus obras escritas sea en el periódico o la crónica en sus libros. ¡La escuela de don Poncho y de don Javier, son letra viva en este 2023, nada menos!
Los párrafos siguientes son expresión elocuente y bella del paso de los cronistas por nuestra ciudad y municipio. El texto de don Poncho, Prólogo al libro El último farol, del periodista y cronista Javier Ariceaga Sánchez es elocuente en su especificidad de la obra de Ariceaga, obra totalmente comprobable en los textos que le publicaron diversas instituciones. Seguramente con dificultades, pues para todo escritor, y escribo que para todos, el buscar que lo escrito aparezca en el periódico y sobre todo en libro es tarea de tocar puertas y más puertas. Hasta que por milagros de la vida se encuentra la puerta adecuada donde alguno o alguien acepta que el escritor debe ser publicado, pues como dijo don Poncho, el escritor es el que escribe… y que publica lo escrito así como el pinto, para saber de él debe estar colgado de algún muro, pues de otra manera es difícil ver alguna vez su obra en óleo, tinta o acuarela. El escritor es el que escribe y publica. De ésos es don Javier.
En dos párrafos llenos de vida, el profesor Mosquito define al Cronista toluqueño que no debemos olvidar por pensar que el cronista es sólo al que le designan de manera oficial alguna institución. No es así. El cronista se define y se asevera como tal por la obra que escribe y que publica y don Javier fue un hombre que escribió y por suerte publicó su obra en el género de la Crónica. Escribe don Poncho, padre de muchos que hemos escrito en los periódicos o en libros de varios géneros literarios: Javier Ariceaga, dúctil, prolífico, dueño de una desbordante imaginación y una extraordinaria experiencia de la vida, ha escrito prácticamente de todo; pero su memoria, su vocación literaria, su apetito reproductor lo llevaban hacia otra vertiente, que es la crónica. Estas letras lo definen una y otra vez. Qué habrá sentido, si lo vivió alguna vez, el saber que el hombre que sólo tiene tres años más de edad y, que como maestro que siempre fue don Poncho, le califica con tan altos valores en el mundo de las letras toluqueñas. No hay nada que detenga la valoración del Cronista más admirado de los últimos 50 años del siglo XX en Toluca que don Poncho.
El profesor Mosquito es el ejemplo perfecto, para comprender entonces a los cronistas de fuera de Toluca: Ricardo Poery de Naucalpan, Alberto Fragoso de Cuautitlán. El viejo, González Polo de Polotitlán, Margarita Loera Chávez de Calimaya, Imof Cabrera, de San Felipe del Progreso. O recordar el caso de Dionisio Victoria —colaborador de Mario Colín Sánchez—, estudioso que fue en su sencillez un investigador excelso en temas de la colonia en Toluca, siendo vecino del municipio Almoloya de Juárez. En fin, nombres que permite reconocer el momento grande que vivió Toluca, pues viene a resultar el territorio que contó en el siglo XX con la mayor cantidad de cronistas por metro cuadrado, por encima de los demás municipios de la entidad. Pensar y saber esto, nos debe hacer comprender cuán grande es Toluca en el mundo de la cultura estatal y nacional. Es grande muy grande nuestra bella Toluca, como diría sin duda el profesor Mosquito: por los nombres, hombres y mujeres, que andaban cual pandillas o plagas por barrios y vecindades, jardines y plazas o estación del tren, y subiendo al Xinantécatl. Para gozar las lagunas de El Sol y La Luna, que en su momento de gloria vivió y gozó como nadie, el cronista y poeta cubano-mexicano-toluqueño José María Heredia y Heredia, en aquél año de 1836 a 33 años de su joven vida.
Escribe un prólogo que es a la vez la biografía de Javier Ariceaga. Si queremos saber de Javier, sólo hay que leer este Prólogo y sabremos del Cronista de Toluca que lo fue y, es por su obra, y no por título oficial de alguna institución de cualquiera de los tres sectores: el cronista se mide y se hace por su obra, recordémoslo siempre. Pero don Javier no es sólo cronista nos dice el prologuista. Don Poncho en su noble corazón de bien nacido, escribe de Ariceaga en el rubro de investigación del pasado, titula así el subtema en su escrito El Historiador, dice: La importancia de la obra de Ariceaga, en tanto que microhistoria, es precisamente esa, que abarca el ámbito total de los suburbios de Toluca, lo cual amerita al autor como uno de los más conspicuos cronistas de Toluca. Hablar de uno, sólo son términos oficiales. Nuestra ciudad tiene muchos, así sea que en algunos la prosa sólo hable, pero no podemos olvidar a Amador López, a Chucho Espinoza, a don Gus Velásquez, al maestro Javier Romero Quiroz y a tantos más que, como Ariceaga, dejan a la posteridad una pintura exacta, seria, verídica, honesta, de lo que ha sido y es Toluca la Bella.
Era exacto don Poncho en insistir en esta Toluca la Bella cuando se nos venía encima el crecimiento demográfico y la urbanización de a metro cuadrado para hacer entrar en tal metro cuadrado a los habitantes por montón. Porque debemos de estar atentos que Toluca está en el centro del Altiplano conviviendo con millones de habitantes de los dos Valles, y la atmósfera que reúne a millones y millones se vuelve polución y smog sin fin. Toluca La Bella esa de la que han hablado sus poetas y sus cronistas. Esa que tiene retos que deben ser enfrentados con la sabiduría de los historiadores, sociólogos, científicos y escritores o educadores, por sólo citar una tarea colectiva de la cual nadie debe escapar.

