De pura decepción

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Ocho días de beber, pero de consumir alcohol en cantidades industriales se aventó Audomaro y al vomitar con hilitos de sangre se asustó y así, de golpe suspendió la ingesta de beberecua.

Y ¡chin! ¡chin!, fue peor: no tanto la cruda líquida sino poco después la terrible cruda seca que lo atacó con saña: las manos temblorosas le sudaban, la cabeza quería estallarle y ese como escalofrío con el golpeteo de un corazón al que le quitaron el alcohol.

Pero lo más sentido era esa aprehensión, esa interna culpabilidad que lo hacía sentirse una mierdita, el agrandar el daño que le causa a los que más quiere, porque el alcohólico salpica con golpes morales a los que lo rodean.

Claro que tenía ganas de una copa porque embruteciéndose de nuevo ya no pensaba… ese salirse del mundo y de no saber qué.

Pero no, ni madres tenía que aguantarse como machito que era y en esa cruda, en esos pálpitos rápidos del corazón se le vinieron las recientes vivencias que atizaron el fuego y lo hicieron llegar a la primera fatal copa.

Y curiosamente aquí, no fue por el amor de una mujer, ni por problemas familiares, sucedió que le dolió hasta el alma sentirse vilmente engañado por su partido de siempre, el PRI que al aliarse con el PAN echaron por la borda toda su fe, fue el verlos cara a cara y decepcionarse, al verlos defender al rico, al explotador, al interés extranjero, y como si le quitaran un velo que cubría la aparente verdad, le dolió el corazón tricolor

Audomaro se sintió ajeno al ideal patrio, se le salió del alma el partido que una vez cobijó a Cárdenas y López Mateos.

Fue una decepción que cambio escondido orgullo por ahora  me vale madre.

Y se le fue presentando, cada vez más colorida y enorme la pantalla: no sólo fue la corrupción y la tranza sino los medios de comunicación que le chuparon el escondido arte que tenían los mexicas y Audomaro se sintió de pronto un cobarde, un ignorante, por no darse cuenta y no haber hecho nada y antes de la primera copa en la televisión de la cantina vio la verdad: fue la dictadora de usos y costumbres alentada por esos pinches gobiernos falsos y tranzas que rodeados de unos intelectualoides vendidos casi idiotizan al pueblo de almas mexicano.

Y en este momento que navega entre las llamas de la terrible resaca, piensa que al final de su vida poco puede hacer y sin querer se le presentan los miles o millones de muertos, de miserables, que no tuvieron acceso a servicios médicos y a una educación que privilegiara los valores.

En pleno ataque de pánico, como un rayito de luz, se le cruza que beber es el peor camino y al sentirse decepcionado, engañado, mierdita, pierde la pelea y toma su anforita de ron y le da tres buenos tragos porque sabe que a lo mejor nadie le creerá su decepción y solo dirán que está tomando por pendejo y, Audomaro, al darle otros dos tragos le dice al pomito de ron:

SALUD