TOLUCA Y SU ASIENTO PREHISPÁNICO

Views: 1114

Seguir la huella de Rodolfo, esa que caminó, seguramente por todos los senderos, calles y avenidas de la Toluca de medio siglo XX. Recuerdo que me contaban que caminantes apasionados eran don Javier Romero Quiroz y Rodolfo García Gutiérrez. Es importante porque el caminante no sólo hace huella al andar, sino que aprende a cada paso y sabe que lo que ve no lo ha de volver a mirarlo igual que como lo vio en ese presente que Jorge Luis Borges dice es la modernidad a la que estamos destinados por siempre, mientras estamos vivos. Seguir las letras y palabras del cronista de visión extensa en el subtítulo que plantea dentro del libro Cosas de Toluca, Toluca y su asiento prehispánico, donde escribe: Entre el cerro de Huitzila y el de Santiago Miltepec, un vallecito ameno, fértil, florido, abierto al oriente. Un rebaño disperso de casas sube la falda prima del cerro. Sobre los tejados rojos, recién colocados, pájaros errantes. Rebasando los techos, enhiestos, esbeltos como lanzas, asoman los ahuejotes, eucaliptos, cedros, tepozantes e izotes, se entreveran entre las casas. En los tecorrales florecen las maravillas, las campánulas, las dalias silvestres y los morados mirtos. Las nopaleras de plomizas y de verdes pencas, muestran los blancos o los rojos collarines de sus tunas.

Crónica de los paisajes regados por aquí y por allá de las casas humildes, cuya presencia tiene algo de bello cuando se escapa el humo que dice de los alimentos que se están calentando para la familia. Crónica de vida rural que se escapa ante la vista y no hay palabras que puedan decir cuán bellas son las imágenes que se entregan amorosos al viajante, que ha tomado el correcto sendero a través de caminata inolvidable. Quizá, para molestarles un poco el ladrido de los canes por aquí y por allá, que no tienen la costumbre de ver a extraños acercándose al hogar de campesinos o indígenas que tercos, permanecen ahí, a pesar de los siglos, presentes y contentos de vivir, sólo de vivir a pesar de todo y contra todo.

Linda crónica de Rodolfo: En el medio del vallecito se yergue un templo, oculto entre los cedros solemnes y oscuros. Blancas tapias, resplandecientes entre el amarillento verdor de los maizales, lo circundan. A fines de septiembre, pintan la hondonada extensa pinceladas de acahuales blancos y amarillos. De las anchas y negras bocas de los obradores, turbulentas y espesas columnas de humo se elevan con lentitud. Por el sur, cosido a la falda del cerro de Huitzila, se encuentra el Rancho la Mora. Blanco, y de pisos escalonados, simula rústico castillo medieval. A sus espaldas se extiende umbroso bosquecillo de pinos. Cierran la amplia escapada del valle, las extensas, blanquizcas, angulosas techumbres de las fábricas; o los plomizos, esbeltos, rebosantes silos de los molinos de trigo. De lo que refiere el cronista aún quedan varias construcciones de aquellos tiempos: ¿quizá los silos, me pregunto?… del Rancho la Mora y las faldas de los pequeños cerros, donde por el sur se construyó el conjunto de casas de cierto prestigio dentro del magisterio y la burocracia denominado Lomas Altas, cuando los que habíamos nacido en el centro de la ciudad veíamos con inquietud hacia las alturas, rumbo al cerro del dios Tolo. Por ahí se construyó circunvalación, hoy le llamamos Tollocan a la gran avenida que viene desde la confluencia de Lerma y San Mateo, 10 kilómetros que fueron construidos en el gobierno de Carlos Hank González en dos carriles por cada lado en la de alta velocidad y tres en las laterales. Durante el gobierno de César Camacho Quiroz se amplió el centro a tres carriles tanto de ida como de vuelta hacia la capital del país. Desde esa confluencia hasta llegar a la glorieta de la Marina, por ese transitar hoy, lleno de autos y de todo tipo de transporte, la ciudad se ha acostumbrado a duras penas del tráfico de autotransportes que la ha invadido sin apenas defenderse de tal acoso cotidiano.

Dibuja la ciudad, el municipio y el valle de Toluca. Nos dice con ello que al cronista no le está vedado nada. Puede escribir de todo y todos podemos ser cronistas a condición que pasemos de ser contadores de lo que vemos, oímos e imaginamos: porqué cuánta imaginación tiene los chismosos o las chismosas de la vela perpetua para decir: imagínese comadrita que la vecina del número siete se escapó con otro y dejó al marido con los chilpayates ahí abandonados; cuando en realidad ha tenido que ir urgentemente porque le avisaron que está muriendo su mamá en algún pueblo cercano a El Oro en Tultenango. Rodolfo dice, pongan imaginación a la realidad no para hacer un cuento, pero sí para relatar los sucesos de la comunidad o la vecindad, sintiendo que se está haciendo una obra de arte, sin saberlo, porque se reinventa la realidad tal cual es y ello es tener la varita mágica que revive el tiempo que apenas ha pasado.

Escribe García Gutiérrez: En esta hora en que las sombras proyectan hacia el poniente, tendido, ondulante. Nadie imagina que antes de 1478, la cuenca de Miltepec, ofreciese un aspecto harto distinto. En efecto, en la clave del abierto valle hay un cerro —el Toloche— semejante a un caracol. En su cima se asienta el templo del dios Coltzin. Mira, el adoratorio hacia el oriente, donde el paisaje es amplio, claro, cerrado al fondo por la azulosa Serranía de las Cruces. Otros dos adoratorios, de dimensiones más pequeñas, coronan los cerros llamados hoy de Santa Cruz y Miltepec. En el medio del pando se eleva también un complejo de construcciones; y otro más, al oriente de un riachuelo, entonces de transparentes aguas. Todavía más adelante, por el rumbo donde nace el sol, hay numerosos ojos de agua y lagunillas bordeadas de tulares. Hombres de aspecto fiero, provistos de redes, pescan abundosa y menuda fauna. Tal debió ser, pálidamente pintado, el aspecto de Toluca en la dominación matlatzinca. Los tiestos y los pocos vestigios arqueológicos de que se dispone, hacen pensar que la dispersa ciudad limitaba por el poniente hasta el cerro Toloche; por el norte, hasta la hacienda de San Juan de la Cruz; por el oriente, hasta el pueblo de San Lorenzo, y por el sur hasta el barrio de Tlacopan. En este perímetro abunda la pedacería de cerámica. Todo contado así, para delimitar esa ciudad que es una incógnita, misma que se va develando con el paso de los estudios y, se convierte en pasión de vida.

¿Cuánto habrá amado a Toluca el cronista nacido en Huixquilucan, en etapa en que México era expresión elocuente de la nación que se creía grande por los resultados políticos y económicos?… Muestra de ello, es el régimen presidencial de Adolfo López Mateos, que hace de la educación y la cultura expresión elocuente de un país orgulloso de sí mismo: el Museo de Antropología e Historia es prueba de esa grandeza ante las demás naciones y la edición de millones del Libro de Texto Gratuito otra muestra más. Dice: Para los cronistas e historiadores antiguos, Toluca fue la ciudad más importante del valle de Toluca, Los matlatzincas, dice Sahagún, son “recios y para mucho trabajo y como usaban de las ondas, con que de lejos hacían mal con ellas, eran muy atrevidos, determinados y mal mirados, así en la paz como en la guerra”, Pocos pueblos habrá que, a causa de su belicosidad, hayan sido objeto de una destrucción tan sistemática, radical y sañuda, como el de los matlatzincas.

Estudiar a fondo lo que fueron esta cultura indígena debe ser tarea del presente. Su existencia reducida en San Francisco, en el municipio de Temascaltepec, debe ser tarea primordial para conserva en vida cultura, lengua, tradiciones, gastronomía, etcétera. Dice resumiendo Rodolfo: destruyó la ciudad Axayácatl; destruyóla también Gonzalo de Sandoval. Lo que no arrasaron los dos conquistadores, lo arruinaron los propios matlatzincas y sus descendientes. Hay mucho que estudiar e investigar, ahí está el cerro del dios Tolo en espera.