Enmendando rutas

Views: 1527

Errar es humano, no cabe duda, aunque es cierto que hay seres humanos que abusan de ese privilegio. Equivocarse jamás debe ser motivo de culpa o enojo, porque también es cierto que es justo –en los errores– cuando obtenemos mayor aprendizaje.

Lo que si debe preocupar, es cuando una persona se encierra en sí misma y es incapaz de reconocer que tiene un conflicto que, probablemente le está llevando a cometer imprudencias, actuar de manera diferente o negarse a ver más allá de sus propios ojos; es decir, aquellos que se casan con la suya ante toda situación, deciden correr el peligro de perderse sin ruta de regreso.

El primer paso para modificar una conducta negativa es aceptar que ésta se presenta; vivir en el autoengaño, pretender que no pasa nada o nadar de muertito son muestras de negación que poco abonan a una solución definitiva en el corto, mediano o largo plazo.

En paralelo, es importante ser preventivos más que profilácticos; en algunos momentos dejamos que las cosas crezcan y, por decidía o miedo, preferimos callar antes que encontrar alternativas para tratar de mediar ante un potencial conflicto.

La mejor ruta para enmendar el camino es el diálogo, pero esto significa mostrar un grado de madurez que no todos están dispuestos a obtener; esto debiera significar la potencialización de la capacidad de escucha, para hacer un análisis objetivo de las palabras, en búsqueda de la argumentación más pertinente ante el dicho del otro.

Pero ¡no!, cuando se nos hacen ver nuestros errores, pataleamos, negamos, nos enojamos y llegamos al punto de mostrar conductas poco amables, rígidas e incluso agresivas. Es cierto que a nadie le gusta escuchar lo negativo, pero ¿cómo corregir –sin saber– aquello que está generando resquemor en el entorno?

Adicionalmente, todo conflicto es de dos; lo verdaderamente valioso es encontrar la fórmula para el entendimiento, sin necesidad de aspavientos o gritos; de nueva cuenta, sin un grado de madurez adecuado, las cosas suelen salirse de control y lejos de encontrar soluciones, acabamos más enojados o peleados que nunca.

Esto nos obliga a valora el poder de las palabras; lo que decimos puede emancipar, pero también destruir. Podemos pensar que decir las cosas es positivo, y de hecho lo es; el asunto es que debemos decir las cosas mostrando algún grado de empatía, procurando no herir al otro.

No debemos perder de vista que somos lo que decimos; si ando por la vida exigiendo hervir en aceite a quién se equivoca, debemos tener cuidado de no equivocarlos porque el interlocutor podrá exigir exactamente la misma sanción.

También es importante honrar la palabra; si ya se llegó a un acuerdo, debemos buscar la manera de cumplirlo.  Cuando no lo hacemos, estaremos conscientes de que el enojo podría estar más que justificado.

Pareciera que gozamos del conflicto, muestra de ello es la cantidad de personas beligerantes a las que nos topamos todos los días; versa aquel adagio, no buscan quien la haga, sino quién la pague.

Al final, lo que debiéramos hacer es mantener una comunicación fluida, clara y sincera, aislar los conflictos, evitar culpar al mensajero, neutralizar conductas tóxicas, practicar la escucha activa, aprender a ceder, aceptar que existen puntos de vista divergentes, no remover el pasado, obtener algún aprendizaje y tratar de llegar a acuerdos.

¿Parece simple?, no lo es.

horroreseducativos@hotmail.com

Nota: Los duendes cibernéticos hicieron de las suyas. El texto de ayer sólo fue la mitad que llegó al correo, por respeto a los lectores se publica en su versión íntegra.