EL DÍA DE LA CANDELARIA AL FRENTE DE UN CARRITO DE ATOLE Y TAMALES
Era viernes de una mañana especial en la capital mexiquense, pues miles de habitantes celebrarían el Día de la Candelaria, el sol se presentaba prácticamente ausente y el aire rodeaba las mejillas con un frío peculiar. Posterior a poner pie fuera de su cama a las 5:30 de la mañana, se dirigió a su destino. Dos horas después, cuando el reloj anunciaba las ocho de la mañana, el día comenzaba a pesar de lo que el destino presentara.
El día anterior, 1 de febrero, se esperaba con una afluencia ideal para levantar un poco más el ánimo, puesto que algunos prefieren adelantar la celebración y eso posiblemente traería un buen ingreso a lo que ha sido un mes difícil, en tanto que los bolsillos en enero se vuelven complejos. No obstante, resultó todo lo contario y regresó con prácticamente toda la producción a la bodega donde sus jefes le entregan el carro de tamales respectivo.
La cubeta cargada de 40 tamales de rajas, verde y de dulce. Una olla con litros de atole de fresa y un calor que lanza un vapor que abraza suavemente el cuerpo, acompañan a Andrea. Camina despacio hasta la esquina indicada y se lanza una moneda al aire para esperar una mejor venta, una igual o peor.
-Buenos días, Andy. ¿Cómo te va? ¿Qué dice el frío?
-Buenos días, señor. Todo bien, gracias. ¿Verdad que si? Hoy amaneció más frío.
-Sí, llego temprano para elegir. Dame dos de rajas y dos atoles, ¿de qué es?
-De fresa, hoy traigo de fresa.
-Pues échamelos también.

Un malabarismo se reproduce en sus manos, se levanta la tapa que cubre un laborioso trabajo de parte de sus jefes, los cuales día a día juntan la masa, los ingredientes que se organizan entre pollo, salsa verde, rajas, queso y un sabor de fresa que colorea espectacularmente el pedazo de tamal envuelto en hojas frescas de maíz.
Con un invisible escudo sus manos son capaces de tomarlos y entregarlos sin padecer una quemadura dolorosa para cualquiera ajeno a su labor, los envuelve fugaz en una cobertura de plástico y lo inserta en una bolsa, al tiempo que recrear una magnífica fuente de atole de color rosado que emerge un olor a fresa, del cual Andrea asegura ser fruta natural y ayuda a revivir por un instante la vida.
-¿Cuánto es, Andy?
-Serían 60 pesos, por favor.
El cliente entrega veloz un billete de 100 pesos y cual competencia recibe su cambio.
Andrea se limpia de inmediato las manos con gel atibacterial, el cual elige como mejor opción a la de solo hacerlo con un trapo mojado. Sonríe y seguramente agradece la compra, la cual apuntala a dar paso a un mejor día.
Andrea se instala de lunes a sábado de 8 de la mañana a 12 del mediodía en las calles de Hidalgo, esquina con Melchor Ocampo. Sin embargo, termina la rutina completa hasta las 2 de la tarde, se reúne con otros siete compañeros que se dedican a lo mismo y se dirigen a entregar el carro que se ha convertido por 16 años en su fiel acompañante.

En tiempos de pandemia, las jornadas de Andrea y sus compañeros, detalla, fueron una lucha de Sísifo, pues parecía casi imposible obtener ganancias considerables, lo que provocó la salida de varios y pena en el gremio.
“Cuando no estaba la pandemia vendíamos mucho más, los que más nos compraban eran los que trabajan en oficinas, pero cuando empezó todo, como no estaban viniendo pues vendimos mucho menos. Imagínate, antes traía entre 70 a 80 tamales, ahora solo traigo entre 30 a 40 y a veces hay días en los que no vendo casi nada. De atole traía tres ollas, ahora traigo solo una para que se venda, si no también se queda todo. La verdad es que sí las ventas bajaron mucho y no es como que nos hayamos recuperado del todo”, comentaba con un verde difuminado en sus ojos.
Los días de la pandemia se presentaron interminables, sin embargo a pesar de que los meses de total confinamiento y peligro han pasado, la gente sigue sintiéndose sin la confianza suficiente para comer en la calle.
“Los días cuando nadie salía, por mucho vendía 10 o 5 tamales. Ahora sí vendo un poco más, como 20 casi diario pero aun así no tengo ningún día asegurado, a veces me puedo ir sin nada y otros con casi todo, no importa el día de la semana que sea”.

Respecto a sus ganancias dijo “para mí han fueron todos los meses desde la pandemia muy difíciles, la paga de parte de los señores con los que trabajo también ha sido menos, pues ellos tampoco están recibiendo las mismas ganancias. Nos dijeron a mis compañeros y a mí que si queríamos seguir a pesar de todo y pues la verdad es que acepté, así que no fallé ningún día. Ahora ya nos pagan como antes pero lo malo es que las cosas suben cada vez más y no alcanza”.
La vida detrás del trabajo suele ser similar a la mayoría de las madres mexicanas que deben trabajar para apoyar al sustento de sus familias.
“Vivo con mi esposo y mi hijo que acaba de pasar a la primaria. El estar en este trabajo me ayuda a tener un horario tranquilo, porque solo estoy hasta las 2 de la tarde. Llevo a mi hijo a la escuela a siete, después cuando termina voy por él, lo dejo en el kinder y saliendo lo recojo”, resaltó.
Aunque la adaptación en la vida de Andrea hacia la nueva normalidad incluyó estar con él cada tarde para acompañarlo durante sus clases que veía a través de la televisión y trabajaba en conjunto con su maestra vía internet. Por lo que su trabajo cotidiano se incrementó sin remedio como el de la mayoría de los mexicanos.
Hoy en día la situación no ha cambiado lo suficiente, en tanto que el uso de tecnologías ha aumentado y debe de aprender con cursos el uso de dispositivos electrónicos que le permitan cumplir con las tareas escolares.
Al terminar el relato, desciende la mirada, busca su vaso desechable y asegura “mira, acabo de tomarme mi atole, los jefes nos dejan desayunar aquí y tomar lo que queramos. Ahorita no he comido tamal porque estoy embarazada y los doctores no me dejan hacerlo pero sí me tomo mi atole todos los días, mi favorito es el de limón y cuando podía comer tamal, siempre elegía el de rajas”.
Dirige su mano a su vientre de apenas seis meses y emerge de ella un “gracias” que provoca de nueva cuenta, admirar la labor cotidiana de quienes nos rodean, sobre todo un Día de la Candelaría.

