Ola de Calor en la Ciberseguridad

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Hoy en día, los fenómenos físicos no son las únicas preocupaciones de la humanidad, sino que, también comenzamos a enfrentar retos derivados de la dependencia de entornos digitales que se suman a las acciones que la sociedad debe enfrentar como parte de su subsistencia, ya que, mientras en México iniciamos el año con la preocupación medioambiental derivada de la ola de calor y sequía que afecta a nuestro país en este año, un evento climático extremo que ha generado altas temperaturas y una disminución significativa de las precipitaciones, en un mundo cada vez más interconectado, la ciberseguridad se ha convertido en una prioridad crítica ya que los ataques informáticos están en constante evolución, y las organizaciones deben estar preparadas para enfrentar las amenazas emergentes, por lo que, los ataques informáticos más destacados a nivel mundial dan lugar también a una Ola de calor en ciberseguridad, aumento significativo en la sofisticación y frecuencia de los ataques, que seguramente también se insertará como uno de los aspectos destacados con el inicio de la primavera de este año.

El calentamiento global ha alterado los patrones climáticos, aumentando la frecuencia e intensidad de las olas de calor y sequías, por ejemplo, el fenómeno de El Niño, caracterizado por el calentamiento del océano Pacífico, influye en las condiciones climáticas y agrava la sequía y, la ola de calor y sequía se ha prolongado durante varios meses, afectando a diversas regiones del país.

Entre las diversas implicaciones sociales y económicas, las altas temperaturas ponen en riesgo la salud de la población, ya que se han registrado un aumento de golpes de calor, deshidratación y enfermedades relacionadas con el calor, lo cual, también se ha traducido en un incremento en las muertes, especialmente entre los grupos vulnerables como los ancianos y los niños. También, ña sequía afecta los cultivos y la disponibilidad de pasto para el ganado, sobre lo cual, los agricultores enfrentan pérdidas de cosechas y disminución de la producción. Aunado a ello, la falta de lluvias ha reducido los niveles de agua en embalses y ríos, afectando el suministro para uso doméstico, industrial y agrícola, modificando con ello el estilo de vida de las poblaciones.

En ese mismo sentido, la sequía debilita los árboles y aumenta el riesgo de incendios forestales, lo que, a su vez, provoca que la pérdida de vegetación afecte la biodiversidad y el equilibrio ecológico, así como la producción de alimentos, lo que puede llevar a la escasez y al aumento de precios.

Si bien se espera que la ola de calor y sequía disminuya gradualmente con la llegada de las lluvias en la temporada de verano, las consecuencias a largo plazo requieren una acción coordinada en términos de adaptación al cambio climático, gestión del agua y políticas de mitigación, aunado a la respuesta de estos incidentes por parte de la población en actividades de índole preventivo, como en la respuesta frente a ataques que se han generado a partir de la infraestructura hidráulica, así como la diversa proliferación de incendios que agravan el problema.

Sin embargo, dichos desastres naturales o afectaciones climáticas, no son las únicas afectaciones contemporáneas al medio ambiente tal como ha quedado evidenciado a partir de los recientes ataques informáticos que empiezan a tomar como objetivo infraestructura crítica que, poco a poco posicionan las amenazas informáticas a un lado de las medioambientales, tal es el caso del colapso del puente en Baltimore, ocurrido recientemente, ha dejado una profunda huella en la seguridad de la infraestructura y en la conciencia pública, evento trágico que no solo afectó a los habitantes de la ciudad, sino que también plantea preguntas críticas sobre la ciberseguridad y la vulnerabilidad de las estructuras físicas.

El puente de Baltimore, Francis Scott Key, una estructura vital para el transporte y la conectividad, se derrumbó de manera abrupta y catastrófica. Las imágenes de los escombros y los vehículos atrapados en el río han conmocionado a la comunidad local y a la nación entera. Pero, ¿qué papel desempeñó la ciberseguridad en este desastre? aunque aún no se ha confirmado oficialmente, hay indicios de que un ataque informático podría haber contribuido al colapso, entre los cuales se destaca que los puentes modernos están equipados con sistemas de control y monitoreo que regulan su funcionamiento y detectan anomalías puesto que estos sistemas dependen de la tecnología y la conectividad. Si un atacante logró infiltrarse en el sistema de control del puente, podría haber alterado su funcionamiento normal afectando la sincronización de las partes móviles, como las compuertas o los cables de suspensión.

Por otra parte, la infraestructura crítica, como los puentes, las centrales eléctricas y las redes de agua, es un objetivo atractivo para los ciberdelincuentes y por ello, un ataque exitoso podría tener consecuencias devastadoras. Las vulnerabilidades en el software, las contraseñas débiles o la falta de actualizaciones de seguridad pueden exponer estas estructuras a riesgos.

Sin embargo, la falta de respuesta del puente Francis Scott Key también tiene como indicio el colapso derivado del impacto de Dali, un buque de carga de 300 metros de eslora, contra uno de sus pilares, impacto tan fuerte que el puente se vino abajo, atrapando varios vehículos y causando la desaparición de seis trabajadores que realizaban tareas en el asfalto del puente.

El barco había llegado a Estados Unidos desde China y estaba en ruta hacia Sri Lanka y notificó a las autoridades que había perdido el control y la propulsión poco antes del choque. Esto podría deberse a una falla técnica o incluso a un ataque cibernético que afectó los sistemas de navegación o propulsión, supuesto sobre el cual, la Organización Marítima Internacional (OMI) ha publicado directrices sobre la gestión de riesgos cibernéticos marítimos, las cuales instan a las administraciones a abordar adecuadamente los riesgos cibernéticos en los sistemas de gestión de la seguridad.

Sin embargo, la ola de calor en ciberseguridad apenas empieza y entre las principales tendencias encontramos que la IA y el aprendizaje automático seguirán transformando el panorama de la ciberseguridad debido a que los atacantes utilizan cada vez más estas tecnologías para personalizar sus ataques y evadir las defensas. 

Lo mismo ocurre con las vulneraciones de datos que pueden tener consecuencias devastadoras para las organizaciones y los individuos. También, el ransomware sigue siendo una amenaza grave. Los atacantes han evolucionado de simplemente cifrar datos a robarlos y exigir rescates para no revelarlos públicamente. 

El hackeo de SolarWinds en 2020 demostró la eficacia de los ataques a la cadena de suministro. Los ciberdelincuentes explotan las relaciones de confianza entre organizaciones para inyectar vulnerabilidades o códigos maliciosos en bibliotecas y dependencias de código abierto. Del mismo modo, los ataques multi-vector combinan múltiples técnicas y vectores de ataque en una sola campaña, dificultando su detección y aumenta la probabilidad de éxito para los atacantes. 

Por ello, como respuesta la ciberresiliencia va más allá de la ciberseguridad tradicional e implica la capacidad de recuperarse rápidamente después de un ataque y minimizar el impacto, por lo que, entre las prioridades ante esta tendencia creciente de ataques, se deben explorar modelos de seguridad en la nube, protección de aplicaciones y la formación continua del personal, proceso en el cual, la colaboración entre sectores y la concienciación sobre la importancia de la ciberseguridad son esenciales para enfrentar los desafíos del futuro digital. Hasta la próxima.