El complejo ilustrado

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No mucho tiempo atrás, en una columna titulada La filosofía en sus rostros, intenté esbozar, el que, a mi juicio, es uno de los vicios más limitantes que arrastra la filosofía académica desde el siglo XIX en adelante: la confianza total e ingenua en la razón ilustrada y en el apoyo de la ciencia. La elección de la fecha no es caprichosa. El siglo XIX es, para decirlo en corto y por derecho, el siglo de las luces. Pero…, ¿luces respecto a qué? Hablar de luces es presuponer una oscuridad respecto a algo. Y en todo caso, ¿de dónde viene aquella oscuridad? Como fuera, la denominación se asentó con el uso y el abuso del lenguaje ordinario, y con ello todos los problemas que acarrea la sedimentación de un concepto en el inconsciente colectivo.

Dicha denominación para referirse al siglo XIX, es profundamente problemática. No quiero decir que el periodo ilustrado sea una mancha oscura en la historia de la filosofía. A lo que me refiero, es a que, si acaso aquella imagen que siempre viene a nuestra mente al evocar la palabra ilustración, es todo lo benigna que aparenta ser, y a que existen más razones de las que parece para someter el programa y los logros de la ilustración a una crítica de fondo.

A juicio propio, la razón de más peso para replantear el periodo ilustrado, ya no solo de la filosofía toda sino del movimiento cultural que ella representa, es la soberbia y tosquedad intelectual que ha heredado a muchas tradiciones filosóficas, a las humanidades, a las ciencias sociales, y que ni se diga de las ciencias llamadas formales o naturales en la actualidad. Por todo esto, un hombre ilustrado aparentemente es un individuo al que no le falta razón en casi nada de lo que dice, y que vive en una torre de marfil a la que, acceder, es sumamente difícil. 

Comúnmente, suele merecernos un respeto que no sabemos bien de dónde viene, aunque pareciera que es una mezcla de la autoridad académica que todo el mundo le atribuye a priori, y de la reverencia que merece el trabajo bien hecho. Las preguntas que propongo para problematizar esto son: ¿es bueno este respeto casi connatural que tenemos por los hombres ilustrados o por los hombres de ciencia?, ¿tiene sentido esta suerte de reverencia?

Mis razones para desconfiar de la autoridad o de las soluciones filosóficas o científicas que puede darnos el individuo ilustrado se fundamentan en su manera de mirar las cosas. Generalmente, éste no es capaz de pensar a profundidad nada que esté más allá de los límites de su sistema. Recurriendo a aquella figura genial del biólogo Jakob Von Oëxkull, quien quebró los esquemas de Ortega y Gasset con esta idea, puede decirse que, paradójicamente, el ilustrado tiene mundo circundante. Es decir, le pasa lo que el gorrión cuando un día ve su nido roto: no es capaz de reconocerlo. Su mundo empieza y termina en las fronteras de una imagen fija, es circundante. Por esto, centra todo cuanto sabe del individuo ajeno en fórmulas y axiomas, que separan todo lo que la subjetividad puede aportar al cuestionamiento de muchas conceptos e ideas que tenemos aceptadas. Ortega lo dice de manera genial: debemos punzar el cuerpo trivial de las afirmaciones para ver como de ellas brota un rico cromatismo interior. Cuando las experiencias más ordinarias rompen los límites de un concepto y lo hacen estallar en matices geniales, nos encontramos ante un sustrato filosófico invaluable, no ante algo a lo que tenerle miedo o desdén. 

Creo que nada de malo tiene el ser un filósofo sistemático, pero también que el totalismo o la caza de la realidad en redes de conceptos es especialmente dañino para el ejercicio filosófico. La filosofía no consiste en clausurar problemas a perpetuidad. No se puede hacer de ella una máquina que filtre información usando valores de positivo o de negativo, para que rechace por nosotros todo aquello que no se pueda entender diáfanamente o que entre en contradicción con sus criterios. Todos hemos sido seducidos alguna vez por la claridad, por lo diáfano, por lo efectivo, por lo práctico. Y por lo mismo, muchas veces no hemos sido capaces de valorar cuántas cosas valiosas escapaban a nuestro entendimiento. El problema, es que tan dispuestos estamos a salir de todos los oasis conceptuales que nos vedan el entendimiento del momento presente, para verlo tal cual es.