A tiempo…

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Fui una espectadora, un testigo silencioso que guardó en la memoria el suceso.

Ese día el Gobernador estuvo en el hospital y mientras levantaban el templete sacaron un cuerpo de la morgue.

Recuerdo que tuve una sensación extraña; regularmente, siempre, andaba de prisa, pero ese día me detuve, respiré profundo; la piel se me erizó y sentí cómo se me electrizaba el cuerpo.

Aprisioné las manos en los bolsillos de la bata, bajé la cabeza.

Esperé, fueron apenas unos minutos, lentos, eternos y evitables si hubiera salido de la farmacia cinco minutos después.

Desde lejos se veía estacionada la carroza, debía de estar habituada, son cosas que pasan todos los días, a toda hora, en cada minuto de todos los tiempos.

Pero estaba ahí, albergando el féretro frío, oscuro; listo para almacenar el  bulto que salía de la morgue. Tuve la sensación de que pasaría desapercibido si no fuera porque sabes que ahí guardan cuerpos.

Supongo que era mujer porque un anciano esperaba al pie de la carroza con el alma desolada y los ojos vidriosos, con las manos cruzadas al frente deteniendo un folder que contenía las hojas que permitían la salida.

No tenía palabras para consolar esa alma rota, hubiera bastado un abrazo. Pero seguro que se extrañaría; –quizá lo necesitaría– me paralice al pensar que se armaría una trifulca.

Entonces esperé en silencio a que terminaran para que me liberaran el paso.

El personal de la funeraria con sus uniformes vino, tomaron la bolsa, la balancearon un poco y la arrojaron con fuerza al ataúd.

El movimiento fue suave, pero lo percibí grotesco, en mi mente vi la imagen de un diablero aventando un costal de papas a su carro de carga.

Pensé que la vida termina arrojada en una bolsa de polietileno y almacenada en un ataúd de madera.

En un santiamén arrancaron la carroza, se perdieron.

 

Sé que tardarán algunas horas para preparar el cuerpo. Los vivos vestirán de luto y alistarán sus almas para la ausencia eterna.

En tanto, el cadáver reposará unas horas, el café circulará en la estancia, los recuerdos serán susurros convertidos en las lágrimas.

La resignación llegará… ¿A tiempo?

Yo, testigo silencioso de un suceso que no debí de haber percibido.

 

26/septiembre/2016