Agonía social
La construcción de las sociedades pasa por muchas aristas; al final del camino se trata de buscar los elementos necesarios para funcionar dentro de un marco de armonía y compromiso, en el que teóricamente satisfacemos nuestras necesidades considerando al otro en nuestra toma de decisiones.
Con el paso del tiempo, esas primeras comunidades en sinergia, con un fin común, dispuestas a lo que fuese por salvaguardar ciertos rituales y conductas, han desaparecido a grado tal que hoy lo que tenemos son muchos individuos, incapaces de sumarse a un grupo de trabajo porque no tienen la voluntad para hacerlo.
Se supone que los seres humanos tenemos la capacidad de aprender cosas, y que los golpes del entorno ofrecen la enseñanza necesaria para buscar una ruta formativa encaminada a descubrir la mejor versión de nosotros mismos; no obstante, la Historia ha dado muestras de que lejos de aprender, como cangrejos vamos hacia atrás, en una absurda reconstrucción del mundo.
En términos pedagógicos, si no hay modificación de la conducta, no hay aprendizaje; no es casualidad que se diga que el ser humano es el único animal que tropieza con la misma piedra dos, tres, siete veces.
Esa falta de aprendizaje tiene consecuencias concretas; un mundo lleno de individualismo en el que se busca la trascendencia, aunque éste provenga de la desgracia del otro, en muchos de los casos de manera incongruente o, de menos, poco veraz.
No se puede hablar de lo que no se sabe o de lo que no se conoce, ¿Cuántas personas, incluso dirigiendo espacios de formación, hablan de la cohesión familiar, del deber ser en casa, cuando ellos mismos han fracasado en la conformación de una célula familiar sólida? Desde la teoría, todo es sencillo; nada como alinear teoría y práctica para obtener buenos resultados.
Tanto teorizar, querer dictar cátedra desde las interpretaciones, nos está llevando a una agonía social que comienza a rendir frutos y no de la mejor manera.
Peor aún, hay quienes incluso sobreviviendo situaciones fuertes como una enfermedad que parecía terminal, accidentes cardiovasculares, accidentes automovilísticos o alguna situación traumática de impacto, no fueron capaces de aprender nada y lejos de asumir una postura noble frente al entorno, se empeñan en mostrar comportamientos que en nada favorecen la adherencia social.
Otros tantos se asumen expertos de todo, probablemente porque en su lógica es mejor buscar un distractor antes que permitir que los ojos comiencen a mirarme, en esa actitud, opino de lo que otros pagan de colegiatura, aunque mis hijos vayan a espacios públicos; hablo de la trayectoria del otro, aunque yo no tenga más que un solo referente en cien años; cuestiono las decisiones de los demás, aunque el mundo entero sepa que nunca enfrento mis problemas.
Esta agonía social genera contrasentidos importantes; la gente no busca justicia, exige venganza; el formador no disfruta su trabajo, lo padece; las buenas personas no encuentran satisfacción en su hacer, sólo críticas y agresiones.
Con todo y todo, la esperanza debe morir al último; hagamos un esfuerzo, si no por buscar un mundo mejor, al menos por no fastidiar al de enfrente, con una visión de vida más consistente.
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