Aída de Francesco Verdi: Sobre lo que Occidente dice que es Oriente. (Primera Parte)

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Comencemos con los aspectos a nivel interpretativo de Aída, la ópera, estrenada en 1871 que el compositor italiano Giuseppe Fortunino Francesco Verdi creó para El Cairo. Hay que advertir que desde el instante de su estreno, se convirtió en una obra de impresionante popularidad, se convirtió en una de las óperas con más representaciones en su haber. Sin embargo, su espacio interpretativo crítico ha profundizado hasta las últimas décadas del siglo XX, en una buena medida por el gran trabajo iniciado por Edward Said. Así es que es importante tener clara su interpretación, en el sentido de que colocó a Aída en un nivel reflexivo, en un debate que relaciona cultura, imperialismo y orientalismo. Así, logró se extendiera el debate generando una multiplicidad de interpretaciones en torno a la obra. 

A partir de estos argumentos de Said, fue posible analizar en una primera instancia, el rol del egiptólogo francés Auguste Mariette en el proceso de producción de la ópera, permitiendo ahondar así en la relación entre la Egiptología y el imperialismo de finales del siglo XIX; por otro lado. Sin embargo por el mismo impacto de estas reflexiones también será importante considerar las variadas que se elaboraron como respuesta a los planteamientos de Said.  Ahora es posible dimensionar la verdadera complejidad del género operístico que, por sus propias características distintivas permite una multiplicidad interpretativa convirtiéndose en un diseñador cultural de impresionantes dimensiones. Ahora bien, una de las premisas de éste para realizar un análisis tiene que ver con una importante carga ideológica, en nuestro caso específico de Aída hablamos de una carga asociada a su funcionalidad para satisfacer los requerimientos de la cultura europea del siglo XIX. 

De esta manera tendríamos enfrente a un nosotros europeo, la ópera presentaría un otro oriental que se mostraría como un lugar esencialmente exótico, distante y antiguo en el cual los europeos pueden desplegar sus exhibiciones de fuerza. Podríamos decir que Said va más allá de constituir a Oriente como una entidad ontológica y epistemológica contrapuesta a Occidente, se define como su alteridad, es decir el orientalismo es una institución colectiva que se relaciona con Oriente, relación que consiste en hacer declaraciones sobre él, adoptar posturas con respecto a él, describirlo, enseñarlo, colonizarlo y decidir sobre él; en resumen, el orientalismo es un estilo occidental que pretende dominar, reestructurar y tener autoridad sobre Oriente. Lo relevante acá es que este estilo orientalista crea a Oriente, esto es que construye una representación sobre lo que Oriente es y sobre lo que define a lo oriental. Que este Oriente orientalista no se corresponde con el Oriente real. Así es que para Said lo que sucede es que Oriente, como categoría aplicable para definir y caracterizar al mundo oriental real, está conformado por y es el resultado del accionar de relaciones de poder y dominación que permitieron a Occidente caracterizar al Oriente real

Entonces la relevancia de esto en Aída al construir un discurso y una representación del Egipto antiguo y, por extensión, del contemporáneo, es que participa activamente en la conformación de un Oriente orientalizado, un Oriente dispuesto para el placer operístico en los públicos europeos y occidentales de la ópera, esto implica un Oriente construido para reforzar lo que Occidente afirma que es Oriente.

Hay que considerar entonces el contexto en el que Aida surge como un vestigio del último romanticismo. Sucede en una época marcadamente materialista, en la que el positivismo filosófico, los éxitos científicos, los movimientos sociales de raíz socialista, el realismo y el naturalismo en las bellas artes y en la literatura resumían el signo de los nuevos tiempos, sin embargo contrasta con la elección del espacio histórico de la acción dramática, el Egipto de los faraones, cuya fascinación despegaba alto. La coincidencia de su composición con el descubrimiento arqueológico de la civilización faraónica favoreció la obsesión de que el Egipto de Aida debía ser tan fidedigno como fuera posible. Entonces, está claro que aquel espacio del drama, que para los románticos tenía un valor instrumental, era el espejo en el que se expresaba la emoción, acabó convirtiéndose en el objetivo mismo de la representación. 

Una locura promovida por la voluntad del jedive de Egipto al solicitar una ópera inspirada en su país que diera a conocer internacionalmente la nueva Ópera de El Cairo;  ello a partir de la intervención del prestigioso egiptólogo francés Auguste Mariette, a quien habían encargado diseñar un argumento inspirado en la supuesta costumbre de los antiguos egipcios de enterrar vivos a los traidores a la patria. Sin embargo, dado la extravagante egyptierie que invadió el diseño, la arquitectura, la moda femenina, el mobiliario burgués e incluso los servicios de mesa de las grandes mansiones; y también por la voluntad del propio Verdi de dotar a la obra de un pintoresco color local cuyo mejor ejemplo serían las trompetas que el compositor haría construir para la marcha triunfal del segundo acto, instrumentos largos y rectos de sonido estridente, alejados de las trompetas habituales de las orquestas del siglo XIX.