Simulación monumental

Views: 1338

La vida, esa tragicomedia que nadie pidió actuar pero todos interpretamos con un entusiasmo digno de un premio oscar,  tiene un talento especial para exhibir nuestras contradicciones. Somos expertos en buscar la paja en el ojo ajeno, aunque en el nuestro haya ya un mueble completo sin armar, con tornillos sueltos y manual extraviado.

Porque claro: nada nos da más sentido de propósito que entrometernos en la vida de los demás porque se constituye en nuestro cardio emocional, nuestra manera de sentir que existimos. Mientras tanto, lo verdaderamente importante, la salud, la coherencia, la paz mental, la congruencia, se quedan esperando turno como paciente resignado en sala de urgencias del ISSSTE.

A la par, todos conocemos a alguien que vive para ayudar; y si no lo conocemos, felicidades: seguramente somos notros mismos. Ahí vamos por la vida, ofreciendo consejos, soluciones, diagnósticos, terapias, bendiciones, limpias energéticas y hasta planes de vida a quien se deje.

Somos una especie de ONG ambulante, pero sin estructura, sin misión clara y, sobre todo, sin la más mínima autoridad moral.

Criticamos al que no se atiende médicamente, al que no se cuida, al que ignora señales de alarma; mientras tanto, coexistimos con una enfermedad que no cuidamos, que tratamos como si fuera un tamagotchi olvidado o cuando nos acordamos.  La ignoramos  cuando estorba y la negamos cuando conviene. Pero eso sí, qué bien se siente señalar al otro, ¿no? Es como una exfoliación del ego.

Ofrecemos grandes ideas sobre cómo vivir, de esas que suenan a TED Talk de madrugada, con música inspiradora y frases que parecen profundas hasta que se leen con luz natural.

Pero muchas existencias son una simulación monumental; una coreografía bien ensayada donde cada paso parece auténtico, pero en realidad es puro reflejo condicionado. Decimos que hay que vivir con propósito, pero pasamos días enteros sobreviviendo en piloto automático.

Hablamos de autocuidado, pero nuestra rutina de salud es un rumor; predicamos la importancia de la verdad, pero nos acomodamos a las propias ficciones como quien se envuelve en una cobija vieja pero cómoda.  Y aun así, ahí vamos repartiendo sabiduría como si fueramos un gurú de bolsillo.

Lo más absurdo es que en un respiro podemos morir. Literalmente, un mal paso, un mal día, un mal órgano, y adiós. Y aun así, gastamos energía en lo que hace el vecino, en lo que dijo la prima, en lo que publicó el compañero, en lo que decidió el desconocido.

Nos distraemos con lo irrelevante porque lo importante da miedo. Porque mirarnos de frente exige valentía, porque aceptar que somos inconsistentes, frágiles y profundamente humanos es más difícil que criticar al prójimo.

La vida es corta, pero nuestras ganas de meternos en vidas ajenas son larguísimas; la existencia es frágil, pero nuestras opiniones sobre cómo deben vivir los demás son indestructibles. Somos incoherentes, pero exigimos coherencia. Somos vulnerables, pero jugamos a ser jueces. Somos finitos, pero actuamos como si tuviéramos tiempo ilimitado para corregir lo que nunca corregimos.

Quizá la ruta más sensata, y la más irónica, sea esta: dejar de salvar y juzgar al mundo y empezar a salvarnos de nosotros mismos.

horroreseducativos@hotmail.com