Alas y buen viento

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Liderar implica una montaña rusa de vivencias y emociones. Uno genera vínculos con sus colegas, con quienes son parte del team: almuerzos que se alargan, risas en medio del caos, lágrimas discretas en el pasillo, abrazos que no estaban en la descripción del puesto. Muchas veces, el trabajo se vuelve ese lugar donde pasas la vida… o donde la vida se te pasa sin darte cuenta.

Hace unos días pensaba en los siguientes pasos, en el camino que uno quiere elegir, en lo que significa crecer. Y, sin querer, terminé pensando en la amistad.

Porque hay algo que no se dice tanto en el mundo corporativo: nos involucramos. Más de lo que admitimos. Más de lo que conviene, a veces.

No puedo escribir esto sin tocar lo personal. Hace unos días, mi cómplice —mi compañero entrañable, el que conocía la versión más real de todo— me dijo que quería hacer algo distinto. Que había aprendido mucho, pero que le tocaba volar.

Y ahí pasa algo curioso.

Te alegras. Pero también se te rompe algo.

Porque sí, formar parte del crecimiento de alguien es valioso. Es, en teoría, uno de los grandes objetivos del liderazgo. Pero cuando ese crecimiento implica que ya no esté en tu equipo, la teoría se vuelve bastante más incómoda.

Te quedas en silencio. Procesando.

Entendiendo que lo hiciste bien… pero que igual duele.

Y entonces aparece esa conversación larga, esa donde mezclas lo profesional con lo humano, donde intentas ser líder… sin dejar de ser persona.

Tal vez cuando lean esto ya no seamos equipo. Y está bien.

Porque hay algo que el mundo corporativo no termina de asumir: los vínculos no son KPI, pero sostienen todo.

No están en el organigrama. No se miden en resultados trimestrales.
Pero son los que hacen que alguien se quede un poco más, que dé un poco más, que confíe.

Y aquí viene la parte incómoda: muchas organizaciones hablan de equipo, pero gestionan personas como piezas intercambiables. Se promueve el “somos familia”… hasta que alguien decide irse y entonces se vuelve “recurso”.

Ahí se nota la diferencia entre cultura y discurso.

Porque cuando alguien se va, no solo se pierde talento. Se rompe una dinámica. Se reconfigura un espacio. Se cierra una etapa.

Y el líder tiene que sostener eso sin dramatizar… pero sin deshumanizar.

Ahora, un tip —de esos que no vienen en los manuales, pero se dicen bonito en LinkedIn—:

Celebra las salidas como celebras los ingresos.

Suena elegante, ¿no? Muy de liderazgo evolucionado.

Pero hacerlo de verdad implica algo más incómodo: implica no tomártelo personal.
Implica no retener desde el ego. implica aceptar que tu rol no es que se queden… sino que crezcan.

Y sí, a veces crecer es irse.

El liderazgo que presume retención eterna suele estar más cerca del control que del desarrollo.

Porque nadie debería sentirse culpable por querer algo distinto.

Ni tú, por haber sido parte de su proceso. Ni esa persona, por elegir otro camino.

Al final, lo que queda no es el tiempo compartido en un equipo, sino la calidad del vínculo que construyeron mientras estuvieron ahí.

Porque los equipos cambian. Las estructuras se mueven. Los roles se redefinen.

Pero hay algo que trasciende: las personas que coincidieron contigo en un momento donde todo estaba pasando.

Y eso —aunque el mundo corporativo no lo mida— es de lo más real que hay.

Así que sí.

Alas y buen viento.

No como frase bonita de despedida, sino como recordatorio de que liderar también es aprender a soltar… sin dejar de valorar lo que fue.