Alcoholerías toluqueñas

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es la neta de un tiempo (principios de los 60).

Aquí va una probada.

Había una perfecta corrección entre la gente y su entorno. Pueblote, más que ciudad, nos conocíamos todos contochos; o te hallabas al cuate de la escuela, o al cuñado o con quien jugaste fut. Lo malo fue que hasta después comenzaron los ladiesbar con lugares de lujo: El Napoleón: Alfombrado, con sillones cómodos y de buen gusto, pista y ventanales dando a El portal. Ideal para ir con una dama.

Y al revés. Fotografía en tu mente una cantina de barriada con piso de tierra cuya única gracia era una sinfonola que dejaba salir la quejumbre de Julio Jaramillo: no puedo verte triste porque me mata tu carita de… y eso aunque el figón estuviera frente a la Alameda, como El Torito que solo te vendía chumiates llamados así toritos que eran copitas de zarza o prodigiosa con alcohol.

Un localito, junto a los helados La Presumida que casi no se veía. Debo decir que con $20, si veinte pesotes, salías rebotando.

Pululaban las cantinas de toda laya y también las pulquerías: En Filisola, en Heredia o junto a lo que ahora es la Escuela de Bellas Artes, una tradicional: El Lagarto que tenía un Satanás de cabeza.

Ah, pero el paraíso estaba en El Carmen. Ya anoté El Colorado y súmele otras ocho sin dejar en el tintero su música.

Las pulquerías eran el sitio adhoc para los conjuntos norteños, que no desmerecían hoy con Ramón Ayala o Los grupos inflados por la TV.

Aquellos grupos ¡Tocaban fino! Viniendo de los pueblos cercanos destilaban arte en el tocar y alegría contagiosa en el actuar: acordeón bajo sexto, redova y voz:

Un Domingo a Modesta encontré por las calles lucidas de Iguala y me dijo me vine a pasear en el tren desde Tetecala.

El corrido de Modesta Ayala alegraba los tímpanos de los fuereños que los viernes venían a vender al tianguis.

Y juntito, ahí mismo en El Carmen estaba la enorme Cervecería La Fiesta, que verdaderamente era una fiesta de gusto: Las bolas de cerveza de barril venían desbordando espuma de mar.

DE BARRIL, RICA CERVEZA

EN “LA FIESTA” CHUPABAS

Y AL TACO DE PLAZA

CON ESPUMA DE MAR BAJABAS

DE BARRIL, RICA CERVEZA

EN “LA FIESTA” CHUPABAS

Y AL TACO DE PLAZA

CON ESPUMA DE MAR BAJABAS

      

                                              

Y en las paredes del local te podías quedar las horas viendo a equipos de beis, de fut, a boxeadores famosos.

Y los viernes, llegaba el Mariachi Sinaloa y arráncate con el mariachazo que se aventaba las de José Alfredo Jiménez como Dios Manda.

La Fiesta era conciliábulo toluco que reunía con la espumosa cheve al nunca bien ponderado taco de plaza:

En un cazuelón de barro indiscriminamente y con una cuchara de madera moviendo, revolviendo, ibas reuniendo manjares: nopalitos hervidos, barbacoa, chilitos curados, chicharrón, aguacate, pápalo, requesón, queso de rancho, acociles y hasta guajes…

Revuelve y revuelve en la cazuela… mmh… alimento de los dioses.

Una tortilla hecha a mano y el cucharón de madera servía generosa porción.

Y a bajártelo con una catrina.

¿Y en la noche?

Toda la zona de El Carmen, el virtual centro toluco junto con El portal en la noche era otra cosmovisión. Era… como decir como el corazón negro de la ciudad.

No como el corazón negro, era el negro corazón de Tolucópolis, en donde vivían y convivían los llamados teporochos: hez social, anotó un espantado toluco. Saliendo del infierno me hallé con una entrevista que transcribo:

–Ya logré lo que quería: no sé, pero en pocos días, horas, no sé me voy a ir ¿Adónde? Pus de este pinche mundo mi escritor. Ya estoy vomitando sangre, mi higadote hinchado me sale por arriba del cinturón y mi corazón toc, toc a veces se quiere parar, por eso lo llamé a usté mi cuate escritor para que vaya tomando nota y ora sí que me inmortalice… ¿o no? Que quienes luego lean digan unos, ¡que pendejo! y otros, ah chirrión este güey vivió en la recia, sea como sea ya he muerto un chingo de veces, he visto el infierno cara a cara y en las crudotas locas, no chingues, de veras que ves al diablo. Pero digo y póngale crudotas locotas, no cruditas pendejas de oficinistas de sábado en la noche, crudotas de 15 días de pedas: sin comer, de acostarte donde sea de que ni la Cruz Roja o la julia de los polis quieran subirte, de resguardarte con trabajos de la fría lluvia, de orinarte en los pantalones y a veces cagarte… oiga mi escritor me está grabando en su celular, ¿no que iba a ir anotando? ¿que le siga?… ¿qué le estaba diciendo?             

– ¿Qué andabas hasta cagando? ¿sí?

…Y así, era el otro mundo de Tolucópolis, el alucinante, escondido universito de una enigmática ciudad.

(Fragmento del libro Próximo)