Aliens y carne, notas sobre una existencia femenina

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La carne vivida, más acá de los estereotipos

Ser mujer, para mí, no es una esencia, no es la delicadeza impuesta, ni la intuición mística ni la eterna sonrisa sacrificial. Es, en primer lugar, una conciencia situada en un cuerpo históricamente significado. 

Es despertar en una carne que, antes de ser propia, ha sido narrada por otros, como territorio de conquista, vasija de reproducción, símbolo de la naturaleza, objeto de deseo, ¡Un útero con patente!. La feminidad que habito no se hizo repitiendo estereotipos, sino desgarrándolos en la costura, aprendí a serlo en la tensión entre lo que se esperaba de mí y lo que mi cuerpo insistía en decir, en el enojo que no podía mostrar, en la pedagogía del silencio que se nos enseña temprano, callar para ser queridas, contener para ser aceptadas, resistir sin nombrarlo.

Es descubrir, muy temprano, que tu experiencia es a la vez íntima y colectiva, que ese primer acoso en la calle, esa mirada que te desarma, esa corrección sobre tu tono de voz, no son incidentes aislados, sino ritos de pasaje en una sociedad que te observa, te mide y te juzga desde una mirada que no es la tuya. La percepción es un velo entre una y el mundo, un filtro que colorea cada interacción.

 

Ser mujer es, en parte, tener siempre un doble: 

la que soy 

la que soy vista siendo.

Para esta columna, quiero hablar de un poderoso texto que he estado leyendo llamado Aliens & Anorexia de Chris Kraus, porque éste se vuelve un faro incómodo y brillante. Kraus no habla de ser mujer como una categoría estable, sino como una condición de extrañeza radical, comparable a la anorexia (como rechazo a incorporar un orden simbólico nutricional/social) o a la sensación de ser un alien. La feminidad, sugiere, puede ser una especie de estrategia de desidentificación, un ponerse en huelga contra los significados preasignados. La anorexia, en su lectura, no es solo un trastorno, sino un acto extremo de rechazo a ser incorporada a un sistema (familiar, social, patriarcal) que se alimenta de una. Ser mujer, entonces, podría parecerse a ese gesto, a un esfuerzo por no ser digerida por el relato hegemónico, manteniendo una extrañeza lúcida y a veces dolorosa.

Geografías de la resistencia y la represión

Si la experiencia íntima está marcada por esa negociación somática, al dar el salto a lo político el panorama se fragmenta en un caleidoscopio de violencias y resistencias específicas. La condición de mujer se conjuga entonces con otras categorías (cómo clase, raza, nación, colonialismo) no para sumar opresiones, sino para multiplicarlas en un álgebra del dolor y la potencia

En Perú, ser mujer es habitar una de las tasas más altas de violencia feminicida de América Latina. Es saber que la justicia será lenta, que te preguntarán qué llevabas puesto, que tu muerte, si ocurre, será una nota roja más, pero, es también, y aquí la paradoja, ser parte de un país con una tradición poderosa de organización feminista popular, de ollas comunes lideradas por mujeres, de resiliencia comunitaria que sostiene la vida en los márgenes del Estado.

En Sudán, en Gaza, ser mujer es cargar con la guerra en el cuerpo de manera singular, es parir en sótanos bajo bombas, es convertirse en refugiada con hijos a cuestas, es ver la violencia política multiplicarse en violencia doméstica. Es también, como muestran las mujeres kurdas de Rojava, poder convertir la lucha anticolonial y por la autonomía en una revolución de género, construyendo desde lo bélico hasta lo social una democracia donde la liberación de la mujer es pilar central.

En Irán, ser mujer es vivir bajo una teocracia que ha hecho de tu cuerpo un campo de batalla política, donde el hiyab obligatorio no es un mero código de vestimenta, sino la materialización en tela de la subyugación estatal, y donde, sin embargo, la resistencia más potente (desde la Revolución Femenina desatada tras la muerte de Mahsa Amini) ha tenido rostro y cabello de mujer, coreando Mujer, Vida, Libertad.

Pero, ¿Qué une estas geografías? 

La constatación de que el cuerpo de la mujer es el primer territorio que todo poder autoritario busca dominar y controlar su reproducción, su movilidad, su apariencia, su deseo, es por eso que la lucha feminista no es un apéndice de la lucha política, es su corazón mismo. Como intuía Rosa Luxemburgo, la gran  revolucionaria para quien la causa socialista era inseparable de una furiosa autonomía personal y crítica (ella, la mujer indómita que sus camaradas hombres a veces encontraban demasiado intensa, demasiado intelectual). Para Luxemburgo, el socialismo no era una mera redistribución económica, sino la posibilidad de una vida plena, intelectual y afectiva, algo que para una mujer de su tiempo –y aún del nuestro– era en sí un acto revolucionario.

Para Luxemburgo, el comunismo no podía ser la mera toma del Estado, sino la transformación radical de la vida cotidiana, afectiva y sensorial. En su correspondencia con Clara Zetkin, insiste: La revolución será femenina o no será, entendiendo femenina no como esencia, sino como la atención a lo reproductivo, lo comunitario, lo no-productivo que el capitalismo desprecia. 

La extrañeza como potencia, sobre aliens, anoréxicas y comunistas

Regreso a Kraus, porque su genialidad en Aliens & Anorexia está en vincular la experiencia de la feminidad radical –la de la artista, la escritora marginal, la que rechaza el guión– con la de la anoréxica y la del alien, todas son figuras liminares que se resisten a la asimilación, la anoréxica rechaza el alimento/orden; la alien rechaza la pertenencia/planeta; la mujer que piensa su feminidad más allá del mandato rechaza el significado preempacado.

En este sentido, ser mujer puede ser abrazar estratégicamente esa extrañeza alienígena, pero no como un destierro, sino como un punto de observación crítico. Desde ahí, la experiencia colectiva es un archivo compartido de tácticas para navegar, resistir y rehacer un mundo que constantemente nos quiere fijas, digeridas, silenciadas.

La mujer kurda que empuña un rifle y practica la copresidencia en Rojava, la joven iraní que quema su velo, la comunera peruana que defiende su territorio, la intelectual como Luxemburgo que exige que la revolución sea también emocional e intelectual, la anoréxica de Kraus que hace de su cuerpo un manifiesto mudo… todas son, en distintos grados, alienígenas en un sistema que no las contiene. Su no es el primer acto político.

Y vuelvo con Luxemburgo, no como la mártir socialista, sino como el alien de la Segunda Internacional, piensen un poco en ella, judía, polaca, mujer, coja, intelectualmente desbordante. Nunca encajó, su famosa carta desde la cárcel, donde describe con ternura científica a un escarabajo, revela su mirada alienígena capaz de ver la revolución en lo microscópico, lo natural, lo no-humano

Hoy, cuando se intenta reducir la experiencia femenina a identidades vacías o a representaciones simbólicas sin materialidad, volver a Luxemburgo es recordar que la emancipación no es decorativa, que no basta con nombrar a las mujeres, hay que transformar las condiciones que hacen que ser mujer sea, en tantos lugares, una forma constante de vulnerabilidad.

Coda alienígena 

Escribir esta columna, pensar esta condición, es un ejercicio de habitar la grieta entre la carne propia y el significado impuesto; entre el dolor íntimo y la rabia política; entre Perú y Gaza; entre el manifiesto y el cuerpo que lo escribe.

Ser mujer, en última instancia, es estar siempre en traducción, entre el lenguaje de lo vivido y el lenguaje del poder. Es una identidad que, paradójicamente, nos convoca a desidentificarnos de sus moldes. Y la tarea aquí que les dejo no es la de definir la feminidad, sino practicarla como un saber situado, una resistencia corpórea y una imaginación radical que, como soñaban Luxemburgo y como escribe Kraus, nos permita no solo sobrevivir al mundo, sino reescribirlo desde nuestra extrañeza lúcida y necesaria.

Y quizá –y sólo quizá– por eso escribir como mujer sigue siendo un gesto político, incluso cuando no se lo propone, pero ojo, no porque toda escritura femenina sea militante, sino porque poner el cuerpo en las palabras es negarse a ser solo objeto de discurso, es afirmar que la experiencia femenina no necesita permiso para pensarse a sí misma.

Entonces, ¿cómo ser mujer después de esta travesía por lo alien, lo anoréxico y lo comunista heterodoxo?

Propongo una política de la inasimilabilidad, no el orgullo identitario, sino la voluntad estratégica de no-ser-digerida.

Ser mujer, entonces, podría ser esto:

Aprovechar estratégicamente la posición de extrañeza que el sistema nos asigna para convertirla en un observatorio móvil desde el cual criticar todas las categorías, incluidas las propias y no se trata de encontrar nuestra esencia, sino de practicar un éxodo constante de los significados preasignados. Como escribió la poeta Cecilia Vicuña: Lo que el poder llama “dispersión”, es nuestra constelación.

Canibalizamos la categoría mujer, (referencia a Viveiros de Castro) la digerimos con nuestras enzimas históricas particulares, y excretamos multiplicidades que el sistema no puede metabolizar. 

Nos hacemos indigestas. 

Nos hacemos extrañas 

incluso para nosotras mismas, porque en la fidelidad a esa extrañeza reside la posibilidad de escuchar, por fin, a las que fueron silenciadas para que nuestro relato sonara claro.

Desde esta grieta (sí, ¡siempre hay grietas!) donde soy y no soy lo que nombran, tecleo, rayo, gasto papel, pero no para resolver la paradoja, sino para honrar su fecundidad incómoda. Porque en un mundo que quiere digestión rápida, la indigestión puede ser un acto de insurrección epistemológica. Y a veces, para cambiar el mundo, primero hay que volverse incomprensible para él.