Alto costo

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Lo más fácil no necesariamente es lo correcto, con el tiempo, todo aquello que no ha significado esfuerzo y trabajo acaba siendo una trampa de la que muy pocos logran salir; cuando nos convencemos de que la ley del menor esfuerzo es lo más pertinente, el costo con el paso del tiempo será muy alto.

Algunas personas tienen muchas ventajas laborales, no checan, tienen flexibilidad en sus horarios o viven bajo el amparo de un contrato colectivo de trabajo leonino, en el que sobresalen todos los derechos, pero se obvian descaradamente las obligaciones.

En estos contextos, lo más fácil es no llegar a tiempo, faltar cuantas veces me plazca o dejar de cumplir con mis responsabilidades, además, con la consciencia de que nada ni nadie puede quitarme esas prerrogativas, ¿estamos conscientes de lo que esto significa en mi interpretación del mundo?

En la educación de los hijos, llevar una vida ordenada resulta muy complicada para muchas personas, porque eso significa tener que hacer sacrificios, anteponer las necesidades de mis vástagos antes que las mías, de alguna manera renunciar a muchos placeres mundanos en aras de brindar atención y cuidado de calidad a quienes dependen totalmente de nosotros.

Lo más fácil es dejarle los niños a la abuela, permitir que tomen sus propias decisiones, aunque tengan 6 años o ceder en cuanto capricho se le ocurre a la ternurita; asumir el rol de padre o madre de familia implica un compromiso al que muchas personas le rehúyen, ¿dejar de ir a mi función de cine semanal por hacer la tarea con mi retoño?, ¡jamás!

Las vidas permisivas acaban por pagar un precio muy alto, todo en la vida significa acción-reacción, lo bueno que sea capaz de construir me redituará en beneficios permanentes, en cambio lo negativo, pasará una factura tan exhaustiva, que una vida entera (o dos) no bastarán para pagarla.

Si esta reflexión no fuera suficiente, hay muchas personas que se asumen como bien chingonas porque con menos entusiasmo y compromiso acaban obteniendo beneficios que los apretados no han conseguido.  Son felices porque tienen un auto nuevo, aunque sus hijos no hayan sido capaces de culminar sus estudios. ¡Vaya congruencia!

Citando al maestro Napoleón, somos lo que hacemos, ni más ni menos, tenemos lo que merecemos; somos lo que hacemos y no hay manera de que nos engañen o nos engañemos. Podremos aparentar, pero jamás ocultar, lo que hayamos hecho mal. En el balance final, nuestra conciencia hablará, ¡salvoconducto será!

Si hoy le miento a mi amigo, mañana dejará de hablarme; si hoy tiro un papel en la calle, mañana alguien dejará un bote de basura en la acera de mi casa; si hoy le vi la cara al vecino, mañana me negará apoyo cuando lo requiera.

La suerte se acaba, y lo que no hayamos sido capaces de construir en nuestros ámbitos personal, profesional o familiar, no permitirá que tengamos espacios para la reflexión. Podré seguir tratando de engañar o engañarme, el ticket que pagaremos será estratosférico.

¿Para qué?

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