AMPOLLAS
Las ampollas en la memoria son dolor. No una incomodidad: dolor.
No me impiden continuar, pero me acompañan mientras avanzo. A veces molestan tanto que me despiertan en mitad de la noche. Despierto, pienso… y entonces aparece otra ampolla. Y otra. Y muchas más. Hay días en que seguir caminando resulta un poco más difícil que ayer.
Hay cosas que no puedo cambiar. ¿De qué sirve pensar tanto? ¿Qué se hace con una ampolla? ¿Y con muchas? Quizá dejarlas sanar. Permitir que la piel se haga gruesa para poder seguir andando.
Tengo una memoria llena de callos. A veces duelen con cada roce y entonces me recuerdan que hubo una herida; pero también que seguí caminando.
¿Por qué la gente se hace adicta al dolor? Quizás lo que los motiva a volver sea la esperanza de que esta vez no duela o el miedo de soltar o la costumbre de seguir.
No paramos cuando aparece la primera rozadura. Seguimos, seguimos, seguimos… hasta que nace una ampolla. Entonces la ampolla se revienta y sangra, y nosotros seguimos, seguimos, seguimos, seguimos… hasta que aparece otra y otra. Seguimos… hasta que la piel aprende a defenderse y se convierte en callo.
La piel se nos va haciendo dura, cada vez más dura; pero un callo no significa que ya no exista el dolor; significa que hemos aprendido a caminar con él.
Entonces llega una nueva fricción. Otra y otra y la herida vuelve a abrirse. Y justo ahí, aunque parezca imposible de creer, la piel puede volver a sanar; poco a poco recupera su suavidad. A veces necesita ayuda: limpiar, cuidar, humectar, proteger. También necesita descanso.
La memoria corporal y la memoria emocional no son distintas. Ambas necesitan sus ungüentos, sus polvitos sanadores, la paciencia del tiempo. Necesitan menos fricción y más cuidado.
Quizá sanar no sea endurecerse para siempre, sino permitirnos nuevamente sentir sin rompernos, ni herirnos.

