Anagnórisis detrás de la ventana

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Porque veo al final de mi rudo camino

que yo fui el arquitecto de mi propio destino;

que, si extraje las mieles o la hiel de las cosas, 

Fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas:

Cuando planté rosales, coseché siempre rosas. 

Estas hermosas palabras las dejó a la postre nuestro poeta mexicano Amado Nervo. Palabras preciosas y precisas que hacen eco en los últimos días. En el mundo corporativo suceden cosas que le servirían de inspiración a todo escritor de narrativa; lo digo por lo que acontece en medio del mundo laboral. Hay quienes están muy cómodos con el trabajo que tienen, otros que ya no soportan a su jefe, pero aguantan lo más que pueden porque están al tope en deudas, y los que simplemente la vida parece que les benefició y entraron a trabajar en ese lugar porque alguien los recomendó.

Sin embargo, parece un cáncer que también se propaga entre los amigos, cuando parece competencia por ver quién sufre más en su matrimonio. En las familias se dice: Soy así porque en mi infancia nadie fue bueno conmigo. Esto último parece letanía entre los jóvenes que justifican sus malas conductas, adjudicando que sus padres son culpables de la vida desordenada que llevan. Estas justificaciones me recuerdan mucho a una palabra de origen griego, anagnórisis, que significa descubrimiento o revelación. En narrativa, es muy utilizada para mostrar que un personaje encuentra en la historia que fue él quien causó el daño, o que el daño causado a otros termina repercutiendo en un daño a sí mismo. Ejemplo de ello es la historia de Edipo rey; la profecía dictaba que él desposaría a su madre y mataría a su padre. Vemos más adelante en la historia que esta profecía se cumple y Edipo, al ver que él mismo había sido el causante de esta catástrofe, decide sacarse los ojos para no mirar el daño.

Un ejemplo más lo tenemos en la Biblia, cuando el profeta Natán va a hablar con el rey David, le cuenta una historia de un hombre rico que, teniendo tanto a manos llenas, decidió quitarle a un hombre pobre la única oveja que tenía. El rey David, indignado ante esta historia, le dice al profeta Natán: Dime quién es tal hombre, merece morir. El profeta Natán lo confronta y dice: Tú eres ese hombre. Definitivamente, la cara de confrontación de David debió ser impactante; no es para menos. Siempre vemos el mal que el otro, es decir, el prójimo, hace, pero pocas veces nos vemos a través de ellos como espejos.

Otro golpe de realidad lo encontré en el ensayo sobre la ceguera del premio Nobel de Literatura José Saramago, cuando la esposa del médico, la única que jamás perdió la vista en esa epidemia de la ceguera, tuvo frente a ella a su esposo, el médico, y a una mujer que acudía a consulta con su esposo antes de perder la vista. En ese momento, estos últimos dos, ciegos, tuvieron un encuentro sexual frente a la esposa del médico. Olvidando que la única que podía ver era la esposa, sin embargo, la actitud de la mujer del médico fue de piedad; sintió tristeza por su esposo, pues sabía que ese engaño no lo hacía para ella, sino un daño para el médico mismo. A pesar de que nuestros ojos ven, somos ciegos, afirma José Saramago en esta novela.

En la vida diaria, todos los días tomamos decisiones; estas tendrán sus consecuencias, buenas o malas, pero habrá una repercusión. Sin embargo, es necesario que aprendamos a asumir éstas; somos nosotros mismos parados frente al espejo que nos evalúa, que califica lo que hicimos bien, que aprueba los buenos actos y reprueba aquellos en que dañamos a otros. No podemos pasar la vida culpando a los demás de la vida que tenemos; todos los días tenemos frente al espejo al verdadero arquitecto de nuestro destino, y que todas las acciones que juzgamos de los otros realmente muestran lo que habita dentro de nosotros. Seamos menos jueces y mas justos, menos criticones y más críticos.