¡Auge efímero! Semilla de la grandeza del Rock Uruguayo

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En esta ocasión quiero abrir con una promesa: Hoy dedicaremos estas líneas a comentar de manera breve acerca de Fernando Santullo, un  músico uruguayo, a quien considero un buen amigo de quien conocí su faceta mexicanizada por el efecto de la migración por las dictaduras latinoamericanas  o mejor dicho,  su faceta uruguaya libertaria, en fin, como sea, la idea es que en esta espacio se presenta  la voz de Fernando y su transformación en L-Mental.

 

Lo conocí en la escuela que cursé la secundaria y el bachillerato. El que escribe, siempre procurando hacer amistades con las generaciones mayores. Él me llevaría tres o cuatro años escolares, pero quiero pensar que la conversación rockera de las bandas sesenteras y setenteras, el basquetbol, por supuesto el pesobol, es decir, el fútbol (utilizando como balón una moneda de un peso, pateando de forma irreverente al cura Hidalgo) eran entre pares. También, por ahí, los chascarridos en el patio haciendo referencia, entre otros, al sobrenombre del gran maestro Gabriel Orozco, el Pájaro, claro, el aludido sin saberlo, hasta que lo supo en alguna de esas conversaciones, si no mal recuerdo, por cortesía de quien les narra estas palabras; y cómo olvidar las conversaciones futboleras con los profesores Aurelio Fernández y Arturo Noyola.

 

En fin, así como éstas, muchas otras historias que me recuerdan a Fernando Santullo, quien ahora puedo decir se convirtió en un gran artista, y me parece que en un  opinólogo del futbol y otros temas, que por cierto, en ocasiones sigo por las redes sociales.

 

Dicho esto, no he comentado aún acerca de la promesa que menciono en la primera línea. Se trata de lo siguiente: hablaré un poco de lo que circula por los rincones de las redes sobre el gran músico en que se convirtió  Santullo, pero esto sólo para llamar la atención sobre la faceta artística y musical, y en un futuro no muy lejano, en este mismo espacio les cuente la historia  por él mismo.

 

De acuerdo con los medios electrónicos, nos encontramos que la banda urugaya liderada por Santuyo tiene aquel momento de auge en la segunda mitad de los años noventa, que aunque aparentemente fue efímero, al estar tan solitaria la escena en las causas del rock, bastaron dos discos de El Peyote Asesino, para abrir la senda a la explosión de este género en el Uruguay. Así es que fueron años denostados por el progresismo; es decir el auge del neoliberalismo, el predominio del Peñarol en el futból, de celulares que comenzaban por ahí a aparecer, y claro está, el rock uruguayo que llegaba a cuentagotas. Por ahí en una entrevista a L-Mental a la pregunta de ser la semilla que explotó comenta lo siguiente: ¡como que eso es mucha responsabilidad! Hicimos lo que nos tocó hacer en ese momento. Una de las cosas que estuvo buena del Peyote es que nunca hubo una intención de trascender, en el sentido de dejar un legado artístico. Nunca nos gustó esa responsabilidad y eso nos dio libertad para hacer música. Respecto a la semilla que se deja comenta que da en dos aspectos, uno tiene que ver con cierta búsqueda de profesionalismo. Con la búsqueda de cierta perfección técnica y de sonido, unos mínimos al menos. De grabar un disco con todos los recursos disponibles (…) otra parte que tiene que ver con cierto eclecticismo que permitió o habilitó a que la escena uruguaya se diversificara. El hip hop era una parte, el funk, el rap. Ojo, no digo que en Uruguay eso sea producto de El Peyote; eso venía de Eduardo Mateo y un montón de gente que mezclaba Beatles con Bossa Nova.

 

Sin duda estamos hablando de un icono de escena del rock uruguayo. Inclusive podriamos decir de cuaquiera de sus presentaciones en vivo que el sonido es perfectamente equilibrado y el despliegue de luces está acorde a lo que la banda, fueron los complementos fundamentales y necesarios para una actuación impecable. El hecho de que se sepa lo que El Peyote brindará ya de antemano, es un desafío que la banda tiene con su público, y que superan con cada presentación.

 

Nadie puede salir defraudado, ninguno de los rockeros sobre o frente al escenario, cuando el mismo Santullo exclamaba: si ahí abajo disfrutaron la mitad de lo que nosotros lo hicimos acá arriba, la misión está cumplida. En una versión más moderna, en un regreso de la banda en el Uruguay, la rola nos gritaba El delicado hocico de los líderes políticos escupe sólo mentiras. Cerdos pintados para la televisión, se dan la mano o pelean según la ocasión, como rezaba la letra de Tanta parla, claro en una versión modificada. Escrita hace muchos años, la letra parece estar más vigente ahora que antes.

 

Por cierto, no presenté formalmente,  El Peyote Asesino se trata de una banda de rock uruguayo de hip-hop, rap y funk que se formó a mediados de 1994 en Montevideo y debutó el 28 de agosto de ese mismo año en el desaparecido pub El perro azul. Su estilo combina metal, funk duro, y rap, lo que era bastante atípico en la escena del rock uruguayo de esa época. La formación original de la banda era L. Mental  (Fernando Santullo) en la voz, Daniel Benia en bajo, Juan Campodónico en guitarra y Roberto Rodino en batería. El nombre de la banda se remite al cactus alucinógeno que utilizan los indígenas huicholes mexicanos en sus rituales. Sin embargo, también refiere a una tira cómica de culto mexicana, El Santos (historieta), que toma sarcásticamente elementos de la subcultura hippie.

Un personaje de esa tira es El Peyote Asesino, luchador, transgresor y nada místico. Ya para su segunda presentación, en Big Bang, El Peyote estaba completo: se sumaron Pepe Canedo en batería y Carlos Casacuberta en voz y guitarra. A esa aparición seguirían otras como el Encuentro de Arte Joven La Movida y varias en el circuito underground montevideano. Traían pues un sonido no convencional, letras corrosivas e irreverentes, algunos mexicanismos y guitarras distorsionadas eran parte del cóctel de El Peyote. Cuando se les ha pedido que definan su estilo alguna vez dijeron que hacían rap blanco. ¿La influencia de los Beastie Boys se notaba?

 

Termino estas líneas con un remate de L-Mental que seguramente quedó inscrito producto de alguna entrevista; al principio nos decían que nos queríamos hacer los mexicanos. ¡Yo no me quería hacer el mexicano! ¡Viví diez años en México! Hice parte de la escuela, liceo y bachillerato. Juan y Carlos (Casacuberta) también vivieron allá. Aparte, yo había vuelto a ir después por dos años y había visto la escena mexicana de principios de los 90: Café Tacuba, Maldita Vecindad, Caifanes. Santaolalla ya había agarrado a Café Tacuba. Fue descubrir que se podía hacer un rock latinoamericano contemporáneo en tiempo real. Esa influencia sí estuvo en El Peyote, que desde Uruguay se podía hacer un rock que recogiera influencias del momento.