Aurelia, reina de los cielos

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Cuánta era su alegría, cuando se encontraba volando en lo más alto de la montaña. El mundo le parecía tan pequeño, cuando en los cielos se encontraba. La noche se le hacía larga en sus deseos de recorrer el mundo con sus poderosas y hermosas alas.

Pasaron los días y ella seguía disfrutando del regalo maravilloso que la madre naturaleza le otorgaba: Su libertad y el poder volar con sus majestuosas alas a donde nadie más llegaba.

Curiosa y con toda la energía por delante, le gustaba conocer nuevos lugares, llegar cada día más lejos, disfrutar el paisaje, ir de cacería. Pero, sin duda alguna, lo que más le fascinaba, era volar en libertad y dejarse llevar donde su instinto le indicara.

Cierto día, un poco cansada de tanto volar, decidió tomar un descanso, en el árbol más llamativo, alto y frondoso que pudo encontrar. Y así lo hizo. Al instante, su instinto le indicaba que algo estaba mal, fue como si las puertas a lo que más amaba se cerrarán. Y así fue, había caído en una trampa, que los traficantes de aves exóticas habían colocado en el lugar, para posteriormente, venderla en el mercado negro y obtener un dinero.

Una vez, dentro de la jaula, entró en desesperación, pero por más esfuerzos que hizo por escapar, todo fue en vano, lo único que logró, fue maltratar su bello  plumaje y lastimar sus alas.

Lejos de ahí, en una ciudad, se encontraba Cris, un jovencito de unos quince años, a quien en sus ratos libres, le gustaba ver videos de animales exóticos.

Él, se fascinaba de la majestuosidad con que se dotaban dichos animales, le encantaban los matices radiantes de las serpientes, el tamaño inmenso de los leones, los colores vivos de los peces, y de entre tanta fauna, tan maravillosa que se puede admirar por la pantalla del celular, le encantaban las aves, en especial las de presa, águilas, halcones. Cazadores natos que con solo sus alas, sus garras y sus picos pueden hacer lo que para los humanos, sería imposible sin trampas, armas o herramientas…, ¡Cazar!

Después de seguir navegando por el inmenso mar de internet, Cris decidió meterse a un grupo de Facebook, en el que se comercializaban animales de todo tipo. Como todo niño curioso, buscó hasta que encontró algo que ni en sus sueños podía pasar. Una publicación en la que se anunciaba la venta de una hermosa ave, con plumas rojas en su cola, muy cerca del lugar de residencia, lo que le emocionó.

No contaba con muchos ahorros, pero decidió contactar a la persona que se decía dueño del ave y, que por cuestiones de tiempo, no podía atender. Empezó la negociación, y si, el niño lo consiguió, ahora era dueño del ave de sus sueños.

  • Mami, ¿qué opinas de las aves que vuelan tan alto como el cielo?
  • Que son majestuosas, amor.
  • Y tú, papá ¿qué opinas?
  • Qué son asombrosas, porque no conocen límites para volar a donde quieran.

A Cris, se le iluminó la cara.

Al siguiente día, trazó un plan para quedarse solo en casa, y lo consiguió. Llegada la tarde, la familia regresó.

¡Cuál fue su sorpresa! Cuando él, los invita a pasar a su dormitorio y dentro de él, en el lugar que ocupaba el televisor, estaba ella, sorprendida, nerviosa, tal vez asustada. No en una jaula, estaba parada sobre una repisa, erguida, orgullosa, encantadora, imponente. Era Aurelia, con su hermoso plumaje, una cola rojiza brillante, partes inferiores pálidas, una banda de marcas oscuras en el vientre y unas preciosas alas anchas.

La familia estaba desconcertada y a la vez encantada del espectáculo maravilloso que tenían frente a ellos. No en lo alto del cielo, ni en la televisión, la tenían ahí y podían tocarla.

Después de un largo rato de contemplación, vino el interrogatorio.

  • ¿Cómo hiciste para traerla a casa?
  • La compré por internet,  y me la trajeron hasta acá.
  • ¿Cómo fue que la pagaste?
  • Con mis ahorros y también di mi televisión.
  • ¿Sabes lo que acabas de hacer? Contribuiste a privar de la libertad a un ave de altura convirtiéndola en un ave de corral. Debes dejarla ir.

Cris se puso a llorar, pues ya le había tomado cariño, pero finalmente, aceptó dejarla ir.

Salieron de la ciudad en busca de una montaña para darle su libertad, pero Aurelia, no se fue, para lo único que voló, fue para posarse en el hombro de Cris, quien con movimientos, provocaba que volara, pero Aurelia se aferraba al hombro de él y no hizo el menor intento por volar.

Regresaron a casa, Cris se comprometió a poner todo de su parte para que Aurelia estuviera bien.

De una forma increíble, Aurelia estaba libre (dentro de la casa) podía volar donde quisiera, pero su lugar favorito, era el dormitorio de Cris, ahí lo esperaba para que la alimentara cuando salía de la escuela. Le encantaba la carne fresca y posarse en el hombro de su nuevo amigo. Cris la adoraba y ella, parecía que también le había tomado cariño, si alguien quería entrar al dormitorio de él, Aurelia se encargaba de hacer  ruidos raros para impedirlo, pero jamás atacó a nadie. La puerta y las ventanas estaban abiertas, pero nunca hizo el menor intento por salir.

Cierto día, Cris salió a comprar carne para Ella, pero el lugar donde compraba sus provisiones, estaba cerrado, así que compró su comida en otro lugar. Algo tenía esa carne, porque desde ese día, Aurelia se puso mal, triste y no quería comer. Cris, la llevó a unas galleras que tenía cerca de ahí para que tomara aire fresco y en su desesperación, le dijo:

  • Cómete al gallo que quieras, pero no mueras, recupérate, por favor, mi amorosa y fiel Aurelia.

Los gallos, al verla, se sobresaltaron, tenían frente a ellos a su máxima depredadora, que aún enferma, se imponía y les provocaba terror y miedo.

Cris, la metió en una jaula, con la finalidad de que no la molestaran, mientras iba en busca de un veterinario, que para su mala suerte, no encontró.

Triste y cansado, regresó a donde se encontraba su Aurelia de sus cariños y sus ternuras, parecía como si ella lo estuviera esperando. La sacó de la jaula, la puso en sus brazos, ella lo miró a los ojos, exhaló un hondo suspiro y murió. Cris, no podía contener el llanto y su familia tampoco, con lo sucedido. A pesar de que fue un ave de altura, depredadora por naturaleza, jamás hizo daño a nadie, menos aún a Cris, con quién muchas veces se quedaba dormida, sin jaulas ni barrotes de ningún tipo.

Ha pasado mucho tiempo y Cris, aún, no la olvida. Ahora es un hombre, que ama y respeta la naturaleza como a su propia vida y que por nada del mundo volvería a comprar un ave de altura para convertirla en ave de corral y menos, aún… privarla de su libertad.

Moraleja: Sí amas la naturaleza, no prives de su libertad, a las aves de presa.