“Base de mis soledades” Breve bosquejo de El Pana

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Rodolfo Rodríguez González recibió, a lo largo de su carrera, varios nombres: El último romántico del toreo, El Brujo de Apizaco, pero ninguno tan cargado de simbolismo y leyenda como el de El Pana. Este no tenía nada que ver con su típica acepción amical. No. El Pana lo recibe del oficio que su familia le heredase y del que él elegiría renegar para hacerse torero: la panadería. Nació en 1952 en Apizaco, ciudad ferrocarrilera del Estado de Tlaxcala y su leyenda como torero, sólo puede ser comprendida buscando una sensibilidad despuntada y forjada por él mismo, en momentos de enorme dolor, que triangularon entre la lucha contra quienes idiotizaron la fiesta en su país; los oscuros callejones de las adicciones; y las idas y venidas a las celdas de la guardia civil. 

No se puede olvidar el diente que le faltaba en la parte izquierda de la boca. Su larguísima coleta natural de torero antiguo. Mucho menos su eterno puro con el que llegaba a la plaza entre los dientes, subido en una calesa antigua de aquellas tan aparatosas y que tanto ponían de los nervios a los empresarios de La México. Y, ni se hable de su huelga de hambre fuera de La México en 2007, cuando se atrincheró en las afueras de la plaza para pedir una despedida digna a la inaudita edad de 55 años encima. En la enorme pancarta al lado de la que se sentó y que hizo el mismo, se podía leer: YO SOY EL PANA UN TORERO POR HAMBRE NO POR VANIDAD ESTOY EN HUELGA D’HAMBRE HASTA QUE ME DEN UNA OPORTUNIDAD. Él mismo lo decía: Soy un excelente rotulista. Llenó 5 veces La México y su cuerpo contaba con más de 20 cornadas que exhibía con honor como si fueran medallas. Y aun cuando aquí, en cierto sentido, lo estamos haciendo, lo justo es, pues, decir que El Pana era simplemente un torero indescriptible.

Estuvo encarcelado incontables veces: ninguna, que sepa, por otra cosa que no sea saltar de espontáneo al ruedo en La México para pedir las incontables oportunidades que le eran negadas, o para alzar la voz por las coyunturas políticas con las que estaba en desacuerdo. No se olvide cuando, protestando por unos ensayos nucleares llevados a cabo en Francia que habían traído consecuencias fatales en Colima en forma de tsunamis, saltó al ruedo de la plaza con la muleta pintada. El planeta lo tenemos prestado, fue lo que dijo al respecto. Y si no era por cosas de este tipo, era salaba simplemente porque su vena romántica se lo imponía: no le faltó valor para saltarle de espontáneo torease quien torease, fuera Paco Camino, El Cordobés o cualquier novillero de turno.

Pese a todo, finalmente, un 7 de enero de 2007, finalmente, la empresa que por aquél entonces regentaba La México le dio la tarde de su despedida: toros de Garfias para El Pana, Serafín Marín y Ricardo Rivera. 20,000 fieles aficionados asistieron –una cantidad minúscula para la capacidad de La México, que sin embargo daba a entender que El Pana era un torero de culto y no de masas–. En su lote cayeron Conquistador y el legendario Rey Mago.  Hizo el paseíllo como quiso, con el puro en la boca y con el capote de paseo sin liar, con una serpentina colgándole del zapato y con el mayor desparpajo que pudo por cada paso. Sabía, que, muy seguramente, no volvería a pisar aquel ruedo. Nuevamente: hizo lo que quiso: revivió suertes de los años 40 ya muertas por aquél entonces; puso sus famosos pares de las calafias y, antes de firmar la que sería su obra cumbre, brindó de la forma más legendaria que recuerda toda la historia taurina de México.

 La faena de muleta, por si no estuviese pagada ya la entrada con todo aquello, fue francamente mayúscula. El Pana y Rey Mago se entendieron casi instantáneamente. Nadie en México ha tentado tantos toros de embestida lenta como El Pana. Bravura y fondo no le faltaba al ejemplar. Llegaron los derechazos y los naturales que pararon el tiempo de aquella tarde injusta. Estaba fuera de sí. Todo lo que hizo le salió bien. Las series iban subiendo en intensidad y todos los trincherazos que diera aquella tarde son, simplemente, cuadros que forman parte de la historia del toreo en su más amplia acepción. No falló con los aceros y se le concedieron dos justísimas orejas. 

Nada tenía sentido y no tenía por qué tenerlo. Un torero con 28 años de alternativa revivía la fiesta en México con maneras de hace casi 70 años atrás. Como él mismo decía, se salió de sí mismo, se abandonó, ya no había peligro ni toro, sólo una eterna borrachera. Un aficionado, le dijo: Pana, ahora que Dios te ha puesto una bandeja de plata para que comas de ella, no le vayas a escupir en la cara llevándote esa copa a la boca. Y sin embargo varias veces lo hice, dijo sobre esto casi al final de su vida. Aquel día lo llamó hasta el Presidente para felicitarlo. La salida en hombros, inolvidable. Su despedida, un fin de raza; una resurrección, dijo muchas veces al respecto. Su obra cumbre, el día de su despedida. Y su leyenda, un caso que bien merece hondo estudio por ejemplificar aquello extraño que significa vivir como torero.