Berrinche moral

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Saber qué es lo correcto suele tener aristas complejas; cuando la razón se nubla porque no sabemos controlar nuestras emociones y respondemos visceralmente ante los estímulos, la realidad se altera y eso trae consecuencias.

Por ejemplo, hay individuos que, cuando se enojan, no sólo pierden la compostura: pierden la vergüenza. La ética, para ellos, es un mueble decorativo que nada más sirve cuando hay visitas. En cuanto la sangre les hierve, la arrojan por la ventana y se quedan con lo único que realmente veneran: su propia furia.

Son los cruzados del berrinche, esos personajes que creen que su enojo es una forma de iluminación moral, se sienten profetas, pero actúan como verdugos. Y lo más patético es que después se presentan como víctimas heroicas, como mártires institucionales, como guardianes de principios que ellos mismos no comprenden.

La teoría moral ya los tiene estudiados. Jonathan Haidt explica que la razón no guía el juicio ético: solo llega después, como un abogado interno que intenta justificar lo que la emoción ya decidió. Martha Nussbaum, más incisiva, sentencia: El enojo es un deseo de daño, disfrazado de justicia. Y estos sujetos aman el disfraz.

Porque cuando se enfurecen, no buscan verdad: buscan sangre, no buscan justicia: buscan revancha. Y en ese proceso, destruyen reputaciones, manipulan relatos, exageran ofensas y fabrican enemigos imaginarios. Son artesanos del caos emocional, pero se autoproclaman paladines de la ética.

Sería el caso de un colaborador que, herido porque su líder no piensa exactamente como él, decide responder de manera inmadura y pretende boicotear el trabajo en equipo; no piensa, no escucha, no verifica. Sólo descarga su furia como quien vacía ácido sobre una superficie recién pulida. Y luego, para no admitir que actuó como un matón, construye una épica de bolsillo: lo hice por la institución, era necesario, no podía permitirlo.

Leon Festinger lo explicó con su teoría de la disonancia cognitiva: cuando nuestras acciones contradicen nuestros valores, buscamos desesperadamente una narrativa que nos permita seguir viéndonos como personas decentes. El enojo es el mejor cómplice para esa mentira, porque permite que el sujeto se convenza de que su bajeza fue, en realidad, un acto de valentía moral.

Lo que vemos hoy, en escuelas, oficinas, gobiernos y familias, es una epidemia de personas que entregan su ética a cambio del placer inmediato de sentirse con razón. Y ese trueque revela lo que nadie quiere admitir: la moral de muchos solo funciona cuando no están enojados.

El enojo es capaz de transformar a cualquier persona en alguien diferente, nublando la razón al punto de traicionar los propios principios; es un acto de inconsciencia que puede acabar con el trabajo de años.

Porque cuando el enojo se vuelve brújula, la ética se distorsiona y la persona enfurecida no busca certeza, busca alivio; no busca respuestas, busca culpables,  Y en ese proceso, trastoca normas, principios, acuerdos y límites con la convicción delirante de que está actuando por el bien de todos. Es el autoengaño más rentable del mercado emocional: convertir la rabia en argumento.

La pregunta despiadada es esta: ¿cuántos de los que hoy se proclaman defensores de principios no son más que expertos en el berrinche moral?

horroreseducativos@hotmail.com