Boletín Filosófico: El Feminismo como Resistencia ante la Barbarie
Esta semana, el mundo nos ofrece un panorama desolador que, sin embargo, refuerza con una claridad brutal la vigencia y la necesidad imperiosa del feminismo (siempre necesario), no como una moda intelectual, ni como una batalla ganada, sino como la trinchera fundamental contra la violencia sistémica, la explotación y el borramiento de la humanidad de las mujeres. Porque el patriarcado no es un fantasma del pasado, es una tecnología de poder que se adapta, se recicla y se reinventa. En tiempos de guerra, utiliza la violación como arma; en tiempos de paz, utiliza la precariedad como látigo; en tiempos de crisis, utiliza la necesidad como moneda de cambio; y en todos los tiempos, utiliza la indiferencia como cómplice. Cada una de estas noticias nos confronta con una pregunta incómoda: ¿cuánto vale realmente la vida de una mujer en el tablero geopolítico del siglo XXI?
Las noticias que conforman este boletín son engranajes de una misma maquinaria de opresión que se reproduce en distintos contextos, pero con un mismo objetivo: cosificar, dominar y controlar el cuerpo y la vida de las mujeres.
Para esto tomaré tres casos atroces.
- La Hipocresía del «ayuda» y la violencia sexual como arma de doble filo Comenzamos con una noticia que hiere la conciencia en su doble traición. La conocidísima organización Médicos Sin Fronteras (MSF), símbolo global de la ayuda humanitaria, se ha visto envuelta en un escándalo de proporciones éticas mayúsculas. Una investigación interna reveló que su propio personal y contratistas fueron sujetos de 59 denuncias por abuso sexual, explotación y acoso contra mujeres y niñas refugiadas sudanesas en el este de Chad (BBC, 2026). La mecánica del abuso era perversa y pragmática, porque se ofrecía comida o trabajo a cambio de sexo, convirtiendo la necesidad más básica en un arma de dominación. Lo que hace este caso particularmente atroz además de la violación es el contexto de vulnerabilidad absoluta. Estas mujeres huían de una guerra civil donde la violencia sexual ya ha sido documentada como un arma de guerra, al cruzar la frontera, esperaban encontrar refugio y terminaron siendo víctimas de quienes debían protegerlas. Como bien señaló el informe interno de MSF, este patrón de explotación podría equivaler a «trata sexual» y las víctimas temían que, al hablar, se les retuviera la ayuda vital (BBC, 2026). Es la codificación de la mujer como un recurso, un botín, una mercancía que se intercambia incluso en los espacios que, en teoría, son santuarios de la humanidad.
Y sin embargo, esta no es una conducta nueva, ya en años anteriores, organismos como la propia MSF habían documentado patrones similares en la región. Un informe de 2024 desde Sudán relataba cómo la violencia sexual se ejercía «allí mismo, en la carretera, en público» (Doctors Without Borders, 2024), y una investigación en Chad descubrió la explotación sistemática por parte del personal humanitario (Al Jazeera, 2026). La repetición de este ciclo demuestra que la vulnerabilidad de las mujeres en crisis es monetizada y
explotada por los mismos sistemas que deberían desmantelarla. El feminismo hoy denuncia esta hipocresía: la caridad sin justicia de género es sólo otra forma de violencia.
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El Borramiento Sistemático: Afganistán y la memoria corta del mundo
La segunda noticia nos lleva a Afganistán, donde la comunidad internacional ha sido testigo cómplice de un proceso de aniquilación de los derechos de las mujeres. Desde 2024, la ONU ha documentado cómo las mujeres afganas han sido sistemáticamente «borradas» de la vida pública (UN News, 2024). Esta no es una noticia nueva, (vaya que no) es la consolidación de un horror. Un artículo reciente de The Diplomat titulado «Afghanistan’s Women Erased» (2026) describe con precisión quirúrgica esta realidad: “se les ha negado la educación, el trabajo, la participación política y hasta su propia voz en público. Es la puesta en práctica de una ideología que concibe a la mujer como un ser invisible, sin derechos propios.”
Este caso es paradigmático para la reflexión filosófica porque nos muestra cómo los derechos humanos son, en última instancia, contingentes. No son un logro irreversible, sino un frágil acuerdo social que puede ser demolido por una crisis política o religiosa. Como bien advirtió Simone de Beauvoir: «No olviden jamás que bastará una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres vuelvan a ser cuestionados. Estos derechos nunca se dan por adquiridos». Afganistán es la prueba fehaciente de esta advertencia, pues, es un problema «lejano», sino un espejo de lo que puede suceder cuando el derecho de las mujeres se vuelve «negociable» (OpenGlobalRights, 2026). El feminismo, por tanto, es la memoria activa que se niega a olvidar y a normalizar este retroceso.
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La Biopolítica del Capital: Úteros desechables en la India
El tercer vértice de esta semana es una noticia que, aunque ha vuelto a la luz recientemente, tiene años de historia. Me refiero a la práctica, en los campos de caña de azúcar de la India, de someter a trabajadoras a histerectomías forzadas o inducidas para que «puedan trabajar mejor». Un artículo de The Guardian (2025) denuncia la indignación por esta práctica que aún persiste, y un reportaje de Al Jazeera de 2019 ya la calificaba como una crisis donde las agricultoras se quedaban «sin útero para aumentar la productividad».
Esta es la manifestación más cruda y literal del capitalismo salvaje, la reducción del cuerpo de la mujer a una herramienta de producción. El útero, símbolo de su capacidad reproductiva, es visto como un estorbo, un lastre que debe ser extirpado para maximizar el rendimiento en el trabajo. La lógica es tan brutal como simple, y es siguiente, la menstruación disminuye la productividad, la gestación es una «pérdida de tiempo», por lo que la solución más «eficiente» es la mutilación quirúrgica. Organizaciones como el International Institute for Environment and Development (IIED) han
vinculado esta crisis de histerectomías con el cambio climático y la precarización laboral, mostrando cómo las mujeres son las primeras en pagar el costo de un sistema extractivo (IIED, 2026).
Esta práctica, que se extiende por décadas como documenta The New York Times (2024) o More to Her Story, no es un crimen pasional, es una biopolítica perversa donde el Estado y el mercado convergen para administrar la vida de las mujeres en función del beneficio económico. Es el cuerpo femenino como campo de batalla de un sistema que solo valora la productividad. El feminismo, aquí, se alza para decir que la libertad no puede ser solo formal; debe ser material, y debe incluir el derecho a la integridad y la autonomía sobre el propio cuerpo frente a las lógicas depredadoras del capital.
- El largo camino hacia el reconocimiento, genocidio en Palestina
Para terminar, el «plus» de este boletín es una noticia que, si bien es reciente, confirma una realidad que las voces feministas y de derechos humanos llevan años denunciando. La ONU, tres años después del inicio del recrudecimiento del conflicto, ha calificado las acciones de Israel en Palestina como genocidio (BBC, 2026). Este reconocimiento, aunque tardío y meramente declarativo, es un hito en el derecho internacional. ¿Por qué es relevante para una columna feminista? Porque, como en todos los conflictos, las mujeres palestinas han sido víctimas de una violencia específica, de una doble opresión (como advertía Luxemburgo) la del ocupante y la de su propia estructura social patriarcal. El genocidio no es solo la aniquilación física de un pueblo, sino también la destrucción de su tejido social, donde las mujeres juegan un rol fundamental.
El hecho de que la comunidad internacional haya tardado tanto en usar esta palabra es sintomático de la jerarquía de los dolores que aún impera en el mundo. La vida de las mujeres en Sudán, Afganistán, India o Palestina parece tener un valor desigual, una importancia menor en el tablero geopolítico. El feminismo viene a romper con esta lógica, a sostener que todas las vidas importan y que la opresión de las mujeres es un indicador clave de la salud moral de una sociedad.
Coda: Feminismo como el «Nunca Más» del presente
Frente a este panorama, la conclusión es ineludible: el feminismo no es una opción, es una necesidad ontológica y política. No se trata de «ir demasiado lejos», como a veces se escucha, sino de constatar que no hemos llegado ni a la mitad del camino. Mientras haya una mujer sudanesa violada por quien le da comida, una mujer afgana borrada de la existencia, una trabajadora india mutilada por el capital, o una
mujer palestina masacrada bajo el silencio cómplice del mundo, el feminismo será la resistencia activa a la barbarie.
Como nos recordó la actriz Sheryl Lee Ralph: «El hecho de que tengas derechos hoy no significa que los tendrás mañana«. Esta frase, en conjunción con la advertencia de Beauvoir, nos obliga a abandonar cualquier atisbo de complacencia. El feminismo es el ejercicio constante de la memoria histórica, la crítica inmisericorde al poder y la construcción diaria de un mundo donde la libertad no sea un privilegio efímero, sino una condición inalienable de la existencia. No hay análisis político ni económico que pueda prescindir de esta mirada sin caer en la abstracción y la complicidad. El grito de las mujeres en Sudán, Afganistán, India y Palestina es el mismo: el de una humanidad que se niega a ser silenciada, explotada o borrada. Escucharlo y actuar en consecuencia es la tarea más urgente de nuestro tiempo.
Escucho ya las voces del conformismo, las mismas de siempre, las que nos dicen que «no hay que exagerar», que «las cosas están mejorando», que «el feminismo ya ha ido demasiado lejos». Esas voces son el eco de una cobardía intelectual que prefiere mirar hacia otro lado antes que enfrentar la verdad incómoda: que la civilización que hemos construido se sostiene sobre los cuerpos explotados de las mujeres. Desde los campos de caña de azúcar en India hasta los campos de refugiados en Chad, desde las calles de Kabul hasta las ruinas de Gaza, el mensaje es el mismo: la vida de las mujeres es desechable, es transaccional, es un costo que el sistema está dispuesto a pagar.
Pero hay algo que el sistema no ha logrado calcular, y es la potencia de la indignación organizada. Porque cada violación en un campamento humanitario, cada derecho arrebatado en Afganistán, cada útero extirpado en India, cada vida palestina masacrada bajo el silencio cómplice de la comunidad internacional, es un ladrillo más en el muro de la conciencia colectiva. Y los muros, por altos que sean, siempre terminan cayendo. Como Rosa Luxemburgo nos enseñó, la historia avanza por caminos impredecibles, pero su dirección es siempre la de la emancipación humana. «La libertad es siempre la libertad del que piensa diferente», decía. Y hoy, la libertad de las mujeres es la libertad de toda la humanidad. No puede haber democracia sin mujeres libres, no puede haber justicia social sin justicia de género, no puede haber paz sin el fin de la violencia contra las mujeres. El feminismo no es una causa sectorial, es la causa de todas las causas, el prisma a través del cual se refractan todas las demás luchas.
Por eso, esta columna no termina con un llamado a la reflexión, sino con una convocatoria a la acción. No se trata de sentir compasión por las mujeres de Sudán, Afganistán, India o Palestina. Se trata de reconocer que su lucha es nuestra lucha, que su dolor es nuestro dolor, y que su liberación es nuestra liberación. El feminismo no es un destino, es un camino. Y en ese camino, no hay lugar para la neutralidad. O estamos del lado de las mujeres o estamos del lado de sus verdugos. No hay término medio. El mundo que queremos construir no es un mundo donde las
mujeres tengan «más derechos» dentro de un sistema que sigue siendo fundamentalmente opresivo. Es un mundo donde el sistema mismo sea transformado, donde la lógica de la explotación, la dominación y la violencia sea reemplazada por la lógica del cuidado, la cooperación y la libertad. Ese mundo no es una utopía ingenua, es una necesidad histórica. Y como todas las necesidades históricas, será realizado por la fuerza de quienes se niegan a aceptar lo inaceptable.
Así que, compañeras y compañeros, no nos engañemos con el optimismo ingenuo de los que creen que el progreso es inevitable. El progreso no es un regalo de la historia, es una conquista de los pueblos, y la conquista de la libertad de las mujeres es, quizás, la batalla más decisiva de nuestro tiempo. Porque en ella no solo está en juego el futuro de las mujeres, sino el futuro de la humanidad misma. Como decía la gran Rosa: «La revolución no es un acto, es un proceso«. Y el proceso de la liberación femenina es la revolución de todas las revoluciones.
Por todas las mujeres de Sudán, Afganistán, India, Perú , México, Colombia, Palestina y de cada parte del mundo. Porque ninguna es libre hasta que todas lo sean, y porque la libertad, como el fuego, no se implora, se enciende.
Breves referencias
BBC News. (2026, June 15). MSF staff abused Sudanese refugees in sex-for-food scandal.
Doctors Without Borders. Sudan: «They beat us and they raped us right there on the road, in public» (2024).
Al Jazeera. (2026, June 13). Doctors Without Borders investigation finds exploitation by staff in Chad.
UN News. (2024, August). Afghanistan: Women’s rights erased, UN report finds. The Diplomat. (2026, June). Afghanistan’s Women Erased.
OpenGlobalRights. (2026). When Women’s Rights Become Negotiable: Afghanistan and Global Human Rights.
The Guardian. (2025, June 12). Outrage as sugar cane workers in India still being pushed into having hysterectomies.
Al Jazeera. (2019, July 24). Indian female farmers going womb-less to boost productivity.
International Institute for Environment and Development (IIED). (2026). The climate change link to hysterectomy crisis among Indian sugar workers.
More to Her Story. (2026). In India’s Sugarcane Belt, Thousands of Women Workers Undergo Forced Hysterectomies.
The New York Times. (2024, March 24). In India’s Sugar Cane Fields, Child Labor and Hysterectomies.
BBC News. (2026). UN labels Israel’s actions in Palestine as genocide.

