Buscando venganza
Vivimos tiempos inquietantes, que no quepa la más mínima duda; lo acontencido el pasado martes en la Ciudad de México, culminando con la muerte de dos personas muy cercanas a la Jefa de Gobierno, es muestra de la barbarie con la que tenemos que convivir todos los días.
Pero se trata de un tema anclado desde hace años en nuestro contexto; basta observar cualquier noticia de actualidad, revisar las redes sociales o escuchar conversaciones cotidianas para notar un patrón alarmante: ante cualquier conflicto, agravio o desacuerdo, la respuesta inmediata parece ser la venganza, llevada a su máxima expresión.
¿De qué hablamos?, de reacciones viscerales que han desplazado al diálogo, la reflexión y la búsqueda de justicia racional; esta tendencia, cada vez más común, evidencia una pérdida profunda de civilidad y una erosión del tejido social que nos unía bajo ciertas normas de respeto, tolerancia y sentido común.
Lo más preocupante es la naturalización de la violencia como mecanismo de resolución, porque no sólo sucede con grupos de malandros, también sucede con hombres y mujeres normales, que en su rol de padres de familia, jefes, compañeros, amigos o conocidos, buscan quien la pague, por el puro placer de mostrar cierto poder.
En lugar de ponderar consecuencias o buscar soluciones, muchas personas actúan impulsivamente, como si vengarse fuera no sólo legítimo, sino necesario; esta mentalidad ha llevado a escenas cada vez más frecuentes de linchamientos, ajustes de cuentas y homicidios justificados por frases tan perturbadoras como se lo merecía o yo haría lo mismo. Matar, antes visto como el límite último de lo impensable, se ha convertido en un acto que algunos defienden con sorprendente facilidad.
Esta irracionalidad colectiva está siendo alimentada por la frustración, la desconfianza en las instituciones y una cultura del ojo por ojo amplificada por medios sensacionalistas y redes sociales donde el juicio se hace instantáneo y sin derecho a réplica. En lugar de construir puentes, muchos prefieren encender antorchas; en vez de buscar justicia, buscan revancha. La empatía cede ante el odio y la serenidad ante el grito.
Frente a esta realidad, es urgente recuperar la conciencia; recordar que somos seres humanos, no máquinas de reacción, que la civilización no consiste solo en tener leyes, sino en vivir de acuerdo a principios de humanidad y respeto.
No podemos permitir que el miedo o la rabia justifiquen actos irreparables, la madurez social implica saber esperar, discernir, analizar antes de actuar. No todo se resuelve con castigo inmediato y mucho menos con violencia.
Debemos reaprender la serenidad como virtud, la capacidad de frenar antes de actuar, de pensar en las consecuencias, de ponernos en el lugar del otro. Esto no significa aceptar la impunidad ni ignorar el dolor, sino canalizarlo con responsabilidad.
Sólo una sociedad que valora la vida y se rige por la razón, y no por la venganza, puede aspirar a la paz duradera.
Hoy, más que nunca, necesitamos líderes, ciudadanos y educadores que siembren conciencia y autocontrol; de seguir por este camino de irracionalidad y odio, corremos el riesgo de perder no nada más la civilidad, sino nuestra propia humanidad.
Agredir sin razón, sembrar rumores maliciosos, justificarnos por todo antes que asumir responsabilidades y hacer un uso excesivo del poder, son condicionantes que explican por qué tan podrida nuestra sociedad. ¿Queremos seguir siendo parte de lo mismo?

