Celebrando la vida
“Ojalá pudiésemos meter el espíritu de la Navidad
en jarros y abrir uno cada mes del año.”
Harlan Miller
En el dintel del tiempo no hay época más sutil, alegre, vivaracha, reflexiva, emotiva y a la vez tan festiva como la de la Natividad: época del año que empieza en el calendario litúrgico con el adviento y que trae consigo un sinfín de colores y aromas, que lo mismo estremecen nuestro ser que nos acurrucan suave y benevolentemente con nuestra misma historia, con nuestros recuerdos, y con los seres que han dejado de existir físicamente para rodearse de paz, de luz y esperanza en una mejor vida.
Y es que el mexicano, según dice el común de la gente; es fiestero y lo único que necesita es un motivo o un pretexto para celebrar, basta la llegada en el calendario de la hoja de diciembre para que el ambiente empiece a cambiar y que haya ilusión, nostalgia y la espera de los momentos que han de formar parte de nuestro caminar. Diciembre es una época de renuevo y en todo el país pareciera que no solamente cambia el clima, también nuestra visión.
Atrás queda la lucha aguerrida por defender los propios ideales, pues en el aire fluye una densa capa de luz que nos lleva a la vereda del perdón, del hermanamiento, de la convivencia que rebasa fronteras, de suspiros que detienen su paso para irradiar con el vaho de su existencia la calma y la prudencia que no es tan común justipreciar en otras épocas del año; salvo notoriamente en la conocida como “Semana Santa”, donde la quietud impera y las hojas de la introspección anidan en nuestro jardín.
Particularmente la época decembrina nos unge de un toque luminoso de cambio en nuestro sentir y nuestro pensar, existe luz por sinfines de lugares y es que si algo define a la época decembrina es que en los hogares mexicanos, indistintamente de las clases sociales; existen luces de múltiples colores que nos invitan a vivir estas fechas en gracia con nuestro propio ser y con alegría; esta es la época en la que según la ley laboral se reparte el aguinaldo, que no es más que un regalo o estipendio con el que se pretende se cubran los gastos que generan las reuniones propias de estas fechas, curiosidades de la vida: en las tradicionales posadas mexicanas se repartían aguinaldos o colaciones que eran compuestos por frutas y dulces propios de la época, mismos que hacían el deleite de niños y no tan niños.
La verbena mexicana se extiende a representar a través de imágenes el espíritu navideño o decembrino, copos de nieve, piñatas, bastones navideños, renos, trineos, muñecos de nieve, estrellas, arboles de navidad, calcetines o botas para dulces, esferas, caramelos, entre muchas otras; representan el espíritu de nostalgia que embarga en el ambiente.
Dualidad presente y sempiterna: el tener en un rincón del alma la añoranza del recuerdo, la esperanza de tener un mundo mejor y por otro lado; una emoción de fiesta, de alegría, de regocijo, en muchas casas algarabía por reunirse con los seres más queridos y en otras latitudes tristeza y desconsuelo pues no se tiene con quien compartir las fechas; mientras en algunos lugares faltan sillas para recibir a los invitados en otras hay sillas vacías ocupadas por los espíritus de aquellos quienes han partido al mundo de la inmortalidad; en ciertos rincones hay lágrimas y sollozo al evocar las notas del pasado y en otras risas, alegría y paz por la dicha que proviene las fechas decembrinas.
Mar de emociones y riachuelo que nos conecta a los veneros de la fraternidad, ese es el espíritu decembrino; el que nos incita a los actos buenos, pareciera que sobre nosotros a caído un velo de sentimientos que nos opaca la vista y no nos deja apreciar la realidad de los problemas cotidianos que aquejan a nuestra nación, en algunos casos se habla de tregua, de apaciguamiento, de solidaridad; tantas voces que dibujan la realidad mexicana, lo cierto es que diversos estratos de la sociedad, creyentes o no creyentes; se reúnen y paradójicamente celebran estas fechas con júbilo sin igual.
Recuerda amigo lector: que estas fechas son para compartir, que no hay mejor momento que este para hermanarnos, para construir con hechos esos buenos anhelos, hagamos de la palabra una realidad, démosle el cobijo de esperanza y de meta; hagamos que nuestras mejores notas sean las de ver un México a la altura de sus ciudadanos, que unidos en torno a la piñata desembocan en la alegría de ver que lo malo se nubla y que en la sonrisa de un niño, hay una esperanza por ver un mundo mejor, un país más fuerte y vigoroso; no por nada son los niños aquellos seres que metafóricamente se han utilizado para representar un renuevo en las fechas calendario.
No importan rincones ni latitudes, luces destellantes o ardientes como las producidas por las luminarias y fogatas que en varios rincones del país se organizan para mitigar los énfasis del clima; si es con la familia ampliada o en la otredad del recuerdo, las fechas decembrinas nos incitan a seguir creyendo en la vida, con sus altas y sus bajas, con su lucha y su apatía, hay más dicha en dar antes que en recibir como dicta la manera franciscana; sin importar si hay regalos materiales, los mejores regalos son los momentos que vivimos, la posibilidad de cíclicamente levantar el vuelo y surcar nuevos horizontes, despertar en el alba de nuestra vida y ver como el sol con ciega esperanza, nos vuelve a iluminar.
Por tanto, estas fechas son el mejor recuerdo de que celebramos la vida y que en ello no hay ideologías sino bondades, que si bien hoy avizoramos dificultades, debemos guardar de este incesante incienso decembrino para aromatizar los doce meses de un nuevo ciclo que esta próximo.
Amigo lector: nunca olvides la causa que te reúne en torno a la mesa. ¡Felices fiestas!

