Cepillar la historia a contrapelo: memoria y amnesia

Views: 733

Cuando las agujas del reloj marcaron la medianoche de este martes 24, el calendario nos entregará una fecha que, en Argentina, no es una más. El martes 24 de marzo, la tierra misma parece contener el aliento, no es un feriado más, no es un día de descanso, es un feriado inamovible, es el Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia. Pero para entender la profundidad de esta conmemoración, para sentir el peso de la consigna Nunca Más (asignado) no como un eco lejano sino más bien como una orden vigente, debemos ensanchar la mirada. Porque lo que ocurrió en Argentina entre 1976 y 1983 no fue una anomalía aislada, sino una de las condensaciones más brutales de un patrón que sacudió a nuestra América Latina.

América Latina, desde mediados del siglo XX, fue el laboratorio donde las élites conservadoras, en alianza con los aparatos militares entrenados en la Escuela de las Américas y bajo la doctrina de la seguridad nacional impuesta por Estados Unidos en el contexto de la Guerra Fría, decidieron que la respuesta a la movilización popular y la demanda de derechos no sería la política, sino la aniquilación. Es decir, no se trataba solo de derrocar gobiernos; se trataba de instaurar un terrorismo de Estado que disciplinara a las sociedades enteras (o con la religión, un tema muy interesante del que anhelo escribir pronto).

Perú, mi país, lo vivió con la dictadura de Francisco Morales Bermúdez, que si bien tuvo un rostro menos explícitamente sanguinario que sus pares del Cono Sur, no por ello dejó de perseguir, torturar y exiliar a quienes soñaban con una patria más justa, fue ese gobierno el que, paradójicamente, convocó a la Asamblea Constituyente de 1978, un gesto de apertura controlada que no borra las sombras de los fusilamientos en el Morro Solar ni el exilio de miles.

Chile, nuestra hermana, vivió la herida fundacional con el 11 de septiembre de 1973, dónde la Unidad Popular de Salvador Allende, la vía democrática al socialismo, fue aplastada por las bombas de la Fuerza Aérea sobre La Moneda. La dictadura de Augusto Pinochet se convirtió en el modelo de la muerte y, el Estadio Nacional convertido en campo de concentración (recordemos a Víctor Jara y muchos más), la Caravana de la Muerte, el Plan Cóndor como articulación regional del odio, fue en Chile donde se perfeccionó la lógica del desaparecido, no el muerto que se puede llorar, sino el ausente que perpetúa el terror. Incluso mientras escribo esto, pienso en Kast, el presidente actual, de quién ya escribí una columna y vuelvo a afirmar que la democracia es frágil porque la memoria lo es.

Uso este ejercicio de memoria latinoamericano, para continuar…

En ese contexto de sangre y sometimiento regional, el 24 de marzo de 1976, Argentina fue sometida a la dictadura cívico-militar más larga y sistemática de su historia. Las Fuerzas Armadas, con el apoyo de amplios sectores del poder económico, de la iglesia conservadora y de una parte de la sociedad civil que miró para otro lado, secuestraron no solo al gobierno constitucional de Isabel Perón, no, sino que también a la posibilidad misma del futuro. Instauraron un terror que operó con una maquinaria burocrática del horror, allí, los centros clandestinos de detención (la ESMA, el Olimpo, la Perla, entre 300 más) donde los cuerpos eran despojados de su identidad, torturados, arrojados al río o al mar desde aviones.

 

Y con el fin de entender que lo cualitativo se enquista en la cultura, historia, cómo explica Ortega y Gasset, menciono entonces la cifra: 30.000 desaparecidos, esa es la cifra que la lucha de los organismos de derechos humanos elevó como emblema de una ausencia.

Pero si hay un hecho que sintetiza la esencia criminal de aquel proyecto, un hecho que nos interpela como latinoamericanos, como jóvenes, como seres pensantes, lo que personalmente me llevó a investigar, y además existen varios fotogramas en la web, es la  Noche de los Lápices.

¿Qué pasó?

Corría el año 1976. 

Septiembre

La dictadura tenía apenas seis meses de vida, pero ya mostraba sus garras. Un grupo de estudiantes secundarios de la ciudad de La Plata, militantes de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES), reclamaban por el boleto estudiantil, no pedían la revolución, ni derramaban sangre roja, pedían un boleto de colectivo más barato para poder ir a la escuela. La respuesta del Estado terrorista fue el secuestro, la tortura y la desaparición de diez de ellos. Entre esos jóvenes estudiantes secundarios militantes de la UES se encontraban Claudia Falcone (16 años), Francisco López Muntaner (16 años), María Clara Ciocchini (18 años), Horacio Ungaro (17 años), Daniel Racero (18 años) y Claudio de Acha (18 años). Gustavo Calotti fue llevado el 8 de septiembre. Emilce Moller y Patricia Miranda fueron secuestradas el 17 de septiembre, mientras que Pablo Diaz el 21 de septiembre. Sus cuerpos fueron destrozados, sus sueños, interrumpidos. El crimen no fue solo físico; fue simbólico (doblemente) la dictadura declaró la guerra a la juventud, a su capacidad de pensar, de organizarse, de existir.

¿Qué significa recordar esto hoy, 24 de marzo de 2026? En un mundo que gira vertiginosamente hacia la posverdad, donde los discursos del odio vuelven a normalizarse y las recetas autoritarias se disfrazan de orden, libertad, familia, la memoria se vuelve un acto de insurgencia filosófica. Recordar no es un ejercicio arqueológico; ni una cosa pueril, y lo voy a sintetizar en una frase que interpela mis pensamientos, es, como escribió una vez Walter Benjamin en la séptima tesis sobre la filosofía de la historia, cepillar la historia a contrapelo. Con esto, se refiere a negarse a aceptar el relato de los vencedores, de ellos que intentaron justificar el terror como una guerra contra la subversión. Es sostener, con la lucidez que la banalidad del mal no reside sólo (ni) en los monstruos, porque está además en la burocracia, en la obediencia debida, en la complicidad silenciosa de quienes firmaron órdenes de allanamiento o simplemente no vieron nada.

El filósofo Emmanuel Levinas nos enseñó que la ética comienza en el rostro del otro. La dictadura, en su maquinaria de desaparición, intentó borrar ese rostro, nos dijo: No hay otro, solo cuerpos desechables. La memoria, por el contrario, es ese ejercicio obstinado de devolverle el rostro a cada víctima, es pronunciar sus nombres, escribirlos, recordarlos, y no porque no dejo ir el pasado, y lo digo de manera obstinada, pero firme, es saber que detrás de la cifra de 30,000 hay historias truncadas, hay madres que aún buscan, hay nietos recuperados por la incansable lucha de las Abuelas de Plaza de Mayo que, con su pañuelo blanco en la cabeza, enseñaron al mundo que la identidad es un derecho humano fundamental.

Recordar el 24 de marzo, con sus lápices y sus estudiantes, es una advertencia filosófica sobre la fragilidad de la democracia, porque la democracia no es un estado natural, no es un regalo que se obtiene para siempre; es una construcción diaria, una tensión permanente entre la voluntad de poder y la defensa de los derechos. Pero, cuando la democracia se vacía de contenido, cuando se reduce a un mero formalismo electoral, ¡el autoritarismo encuentra su caldo de cultivo! La consigna Nunca Más no es solo un rechazo al pasado; es un principio activo que nos obliga a detectar en el presente los gérmenes de aquel horror, la estigmatización del disenso, la persecución al pensamiento crítico, la concentración de la riqueza que excluye, la criminalización de la protesta social, el desprecio por la juventud que se organiza.

Para quienes creemos en la necesidad de una transformación profunda, con un corazón que late a la izquierda de la historia, la memoria es nuestra brújula. No una memoria estática, monumento de bronce otorgado por alguien, sino una memoria dialéctica. Como sostenía el filósofo y educador brasileño Paulo Freire, La pedagogía del oprimido no puede olvidar sus cicatrices, porque ellas son el punto de partida para la liberación. Recordar a los compañeros desaparecidos, recordar a los estudiantes de La Plata, es tomar conciencia de que el derecho a soñar se conquistó con sangre, y que abandonarlo sería la peor de las traiciones.

Hoy, cuando las derechas en la región, continente, planeta, resurgen con discursos que relativizan las dictaduras, cuando se habla de memoria completa para equiparar la violencia terrorista con la violencia del Estado, el acto de salir a la calle hoy y siempre, es un acto de resistencia ontológica. Es decir, de alguna forma que nos negamos a dejar de existir como sujetos políticos, es afirmar que el pasado no está cerrado, porque mientras haya un apropiador viviendo con la identidad robada, mientras haya un represor jubilado de lujo, mientras haya un centro clandestino convertido en un edificio público sin señalizar, la historia sigue abierta, exigiendo justicia.

La lucha por la memoria es colectiva o no es. Por eso, esta columna no es un monólogo, sino una invitación a la acción. El 24 de marzo, las plazas de Argentina se llenarán de pañuelos blancos, de carteles que dicen 30,000 razones, de jóvenes que, aunque no vivieron aquella noche de 1976, entienden que aquella lucha es también suya. Como latinoamericanos, como peruanos, cómo mexicanos que también tenemos fosas comunes que exhumar y verdades que develar (en Perú nuestra propia Comisión de la Verdad y Reconciliación nos dejó el espejo incómodo de los años ochenta y noventa), nos hermanamos en esta fecha.

Recordar es, en el fondo, un acto de amor, de nombrar en muchos actos distinguidos aunque sean mentales, eso es lo que se debe buscar, donde la palabra justicia no sea un ideal abstracto sino una realidad cotidiana. Hoy, más que nunca, debemos entender que el Nunca Más es una tarea inacabada. Mientras haya un solo desaparecido sin encontrar, mientras haya un solo genocida condenado a la impunidad, mientras la desigualdad social reproduzca las condiciones de exclusión que alimentaron la violencia, la consigna sigue vigente. No recordamos por odio; ni porque nos aferramos al pasado, se recuerda para que nunca, jamás, la oscuridad tenga la última palabra.

Que el 24 de marzo nos encuentre en las calles, en las escuelas, en las universidades, en los barrios, en el trabajo. Que la filosofía no sea un ejercicio de torre de marfil, sino una herramienta para desarmar los discursos del odio, y que la escritura sea bella, sí, pero que sea ante todo un acto de militancia por la vida. 

Nunca Más. Hoy y siempre.

Breve bibliografía y fuentes consultadas:

– CONADEP (Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas). (1984). Nunca Más. Eudeba.

– Benjamin, Walter. (1940). Tesis sobre la filosofía de la historia. En Discursos interrumpidos I. Taurus.

Freire, Paulo. (1970). Pedagogía del oprimido. Siglo XXI.

Levinas, Emmanuel. (1961). Totalidad e infinito.

Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR). Perú. (2003). 

Abuelas de Plaza de Mayo. (2025). Informe sobre la restitución de la identidad. Publicación anual.

Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS). (2025). Informe sobre la situación de los derechos humanos en Argentina.