Cirquero por una tarde
Como viejo caleidoscopio, cuyas figuras fulgurantes se diluyen en el tiempo, recuerdo cuando íbamos a la escuela primaria, y no me crean, que teníamos un curioso y difícil horario: de 9:00 am a 13:00 hrs. Íbamos a yantar (comer) y de nuevo regresar de 15:00 a 17:00 de la tarde.
Toluca era un pueblote y contaba con baldíos de respetable dimensión, existiendo uno, enorme, que llegaba de Independencia a Lerdo: sitio ideal para que un circo pequeño como el Unión ahí cupiera
¡Qué Tiempos! Los circos en su efímera visita tenían un encanto mágico: enanitos, animales como camellos y leones; payasos, bellas amazonas y sobre todo quienes se jugaban la vida en los trapecios, en la cúpula del circo, los volantineros que cortaban la respiración. Cierto que tenían malla protectora, pero uh!, que espectáculo.
Al salir de la escuela por las tardes, las lonas nos jalaban y a las 17:15 se escuchaban las indicaciones para realizar ciertas cabriolas y los roces como fierros chocando. Eran los acróbatas que ensayaban.
Juan y yo, cotorreábamos sobre lo chingón que fue Magallanes, pues la Seño Nené, dejaba para el final de la larga función didáctica, la gesta histórica, por cierto contada con inigualable amenidad.
Al estar frente a las lonas del circo le pregunté a Juan ¿Entramos? Al fin la función es hasta las siete.
No repetí la propuesta y eso sin saber que el buen Jhony tenía alma de cirquero.
¡Juega el pollo!
Los faldones de las lonas no fueron problema y subrepticiamente nos introducimos y oooh, arriba los volantineros, nadaban en el aire pasándose con las manos de uno a otro.
El jefe de pista nos vio con nuestras mochilas y creo que le caímos vaciado porque en lugar de corrernos nos llamó a su vera.
Es cierto que los ojos hablan, que el cuerpo sorprendido feliz, exhala cierto halo, pues lo cierto es que el gordo feliz, de casaca roja, le dijo a Juan: ¿Quieres ver que se siente subirse por la escalerilla?
No tuvo que repetirlo, Juan dejó ipso facto la mochila en el suelo y fue a subir por la escalerilla como de cordón de lazos gruesos de colores.
Pas, pas, por ahí va el cabrón. El gordo y yo creíamos que eran tres, cuatro escalas pero no, Juan se siguió. O no entendió o se enamoró del encanto y en menos que lo cuento llegó hasta la tabla cuadrada de hasta arriba que en ese momento estaba vacía. Ahí donde quedaban estáticos los trapecistas. De pronto después de hacer cabriolas en el aire, llegó uno junto a Juan un volantinero y quién sabe qué le dijo, sí lo supe después, le dijo que si quería hacer el número. La sonrisa de mi cuate indicó que sí.
Abajo ni el maestro de ceremonias ni yo lo creíamos. Llegó el volantin y el trapecista cargo a Juan y ¡Vuelale! Ahí van. Llegando al encuentro con su compañero soltó a mi cuate y este firmemente se unió con manos y brazos con el receptor. Una parábola que me pareció que soñaba: ver a Juan sólo en el aire, contorsionándose como cuando daba una chilena en el patio de la Lázaro y sin miedo, se tomó de las manos del otro volantinero y ambos fueron a parar al cuadrado banquillo de enfrente.
¡Oooh! Pero no acabó la cosa ahí. Cierto que como dije abajo había malla protectora, pero este pinche Juan pidió el columpio. Se lo mandaron y el solo se lanzó a la aventura aérea claro sabiendo que él que venía frente a él lo iba a tomar.
Yo me imaginaba que tocaban lejanamente el vals Danubio Azul, mientras Juan llegó puntual y se unió a los 2 trapecistas que lo esperaban.
El gordo de rojo, con la cara blanca de miedo y feliz al mismo tiempo me dijo:
– Tu cuate es gente de circo? Yo lo veía arriba pequeñito, con sus zapatos de suela de llanta y el uniforme de la ¡Lázaro! bromeando con los volantineros! Y cuando bajó en son de triunfo el gordo de rojo –por cierto uno de los dos gerentes del circo lo llamó–.
– Cabrón chavo. Sí la haces… ¿te gusta?
– Simón. Colorado y feliz respondió Juan.
– Mira, hoy y mañana son nuestras últimas funciones y luego vamos a Zitácuaro, Tráeme a tus papás que quiero hablar con ellos.
– Oorale… ¡Simón!
– Si es mañana mejor. Y al mismo tiempo les gritó a los que volaban:
– ¡A ver ensayen dos vueltas! Ya vieron a este chavo. Púlanse.
Al salir del circo vimos que ya preparaban la inminente función. El anunciador pregonaba.
¡El Circo Unión los
espera! Vengan a
la magia del circo.
Precios módicos
Palcos 10 pesos
Gradas 3 baros!
¡Ya nos vamos!
Y Juan con una sonrisota y yo llegamos a su cantera, vulgo vecindad y que llega corriendo con su mamá que estaba en el lavadero:
– ¡Otra vez te dejaron castigado!
– No… perate. El señor del circo que está quiere hablar contigo y con mi jefe. Creo que me quieren contratar.
– Ah chingá… ora hasta cirquero. Y tu pinche muchacho sonsacador –me dijo– ya vete a tu casa.
– Cir-quero… ¡Métase a hacer la tarea! Y me dijo a mí, – y tú que haces ahí paradote cabrón sonsacador.
En el Cine Municipal habían pasado El espectáculo más grande del Mundo y yo me imaginé a Juan ya adulto como El Gran Sebastián y con esa imagen me dormí.
Al otro día en el recreo que me dice Juan: Mi jefe hasta se encabronó conmigo, que porqué chingá estoy pensando irme, ¿es cierto?, me dijo.
– Sí papa, si no pregúntale a Raúl y vas a ver como si es cierto, pero luego me hizo llorar y creo que igual él lloró.
– Ándale te creo, pero si tú te vas, ¿Qué haríamos sin ti, mijo? Si tú eres por lo que estoy.
Y de tristeza, ni Juan ni yo le entramos al partidito del equipo del salón que por cierto ese día perdió por goliza.
A los tres días, desde lejos, vimos como desclavaban las lonas, como metían al leoncito y a los enanitos meter unas cajas porque toda la trouppe se iba a recorrer el mundo de Dios.
Y al otro día, ¡Con que tristeza, Juan y yo, veíamos el terrenote vacío!, bueno ni tanto, porque quedaban listones, una borla de gorritas de payaso revueltos con una que otra caca de camello y unos anuncios tirados.
¡Qué tiempos aquellos señor Don Simón! Como decía en sus películas Don Joaquín Pardavé.
FIN

