Codificando el amor
La vida de las personas en el ámbito digital abre una nueva serie de posibilidades de actuación que obliga a que el derecho explore con mayor profundidad la naturaleza humana a fin de que los preceptos mantengan la civilización con base en los valores predominantes de una sociedad, razón por la cual, si bien las primeras aproximaciones que se generan para la creación de una Constitución o Carta Magna que incorpore los derechos digitales, y, ésta a su vez empiece a generar una serie de cánones implícitos de entendimiento y práctica universal que haga de las interacciones en el ciberespacio un espacio seguro para las relaciones humanas y el desenvolvimiento de su personalidad acorde a las necesidades de un nuevo estado y nivel de consciencia.
Es ahí cuando, para tener un acercamiento con los supuestos y fenómenos que pretendemos conocer para estar en la posibilidad de describirlo y a la vez regularlo, se vuelve necesario identificar las características de las personas en el entorno digital, y, a partir del conocimiento del yo digital para explorar las características existentes entre las relaciones que se dan entre los diversos objetos que interactúan en el ciberespacio y los significados que se les atribuyen en la creación de un metalenguaje que refleja los ámbitos tangibles, intangibles y neutras de la realidad a través de la percepción humana; es decir, que en el ciberespacio y los diversos metaversos, la traslación de la interpretación de los medios físicos eventualmente generan en su totalidad un espacio virtual neutro que sólo adquiere significado en función de lo que la programación le atribuya en una realidad difusa en la que lo que se aprecia solamente existe en función de lo que se asocia a él, por lo que, en principio para conformar la identidad digital se vuelve necesario establecer una serie de condiciones básicas que describan a una persona y abran la cartera de posibilidades que se abren a partir de su vinculación con el entorno digital, de manera similar a los atributos que una persona puede desarrollar a partir de las posibilidades que le brinda la vida.
En ese entendido, empezaremos a alternar realidades descubriendo diversas singularidades existentes en el mundo real como parte de la labor de su traslación al ámbito digital y viceversa, entre las cuales, cabe señalar que nos enfrentamos hacia un escenario que hoy en día se ha complejizado a través de la inserción dentro de esos entornos digitales de diversos componentes no humanos como la automatización, la robótica, la analítica masiva de datos, las estructuras rígidas de determinados componentes a través de las cadenas de bloques, las brechas computacionales a partir de la diferencia de capacidades de procesamiento de datos y la prospectiva de la computación cuántica, y, posiblemente el elemento más disruptor del ciberentorno, como lo es sin duda, la inteligencia artificial, que no solamente se traduce como funcionalidad, sino componente que puede integrar todo ante, inclusive, la ausencia de componentes humanos.
Ahora bien, una vez esbozada la complejidad de la traslación de la realidad física observable por seres humanos hacia el ámbito digital (porque como componente adicional que hace compleja la interacción en el ciberespacio es la representación de la realidad a partir de las percepciones de animales e inclusive, plantas y demás expresiones de vida), es dable aproximarnos a una aparente mayor complejidad de la descripción de la realidad personal a través de los pensamientos y sentimientos de las personas, que en principio es susceptible de ser representada a través de los diversos algoritmos descriptivos e interactivos a través de la inteligencia artificial, y que, también son susceptibles de ser descritos y conocidos mediante algunas analogías entre las figuras existentes en la realidad y las que han sido creadas en los entornos virtuales, como sería el caso de avatares o personajes que, para su funcionamiento vienen programados con determinadas habilidades.
Por ende, si el perfil trasladado de una persona en el ámbito digital puede equipararse al perfil de un avatar o de un personaje de un videojuego, vemos que, con independencia de la complejidad que pudiera consistir su descripción o su comprensión, la posibilidad tecnológica que hoy nos brindan tecnologías como Neuralink con la carga de la memoria de las personas en un dispositivo digital, puede ser uno de los primeros pasos para que la mente, consciencia y emociones de las personas, con o sin la asistencia de algoritmos de inteligencia artificial, puedan ser almacenadas y reproducidas a través de códigos computacionales, que a su vez, como lo hemos señalado deben contar con una doble perspectiva para su codificación: la técnica y la legal.
Ahora, si regresando al ámbito físico en la serie de creencias y valores de lo humano en torno a la individualidad como componente de existencia, y, al amor, como la principal motivación de las relaciones humanas y afectivas entre unas y otros ¿qué es lo que sucede cuando todas y todos somos susceptibles de ser codificados en torno a nuestros gustos e intereses? Y que, inclusive, bajo estos parámetros somos susceptibles de ser descifrados en función de nuestras creencias, al punto que el entorno digital nos brinde la posibilidad de crearnos un algoritmo afín a nosotros, y que, inclusive pueda ser ajustable para la mejora en nuestros intereses dinámicos, en vez de proporcionarnos una serie de opciones con las cuales nosotros elijamos hacer match o con los cuales existe una compatibilidad amplia.
En ese sentido, así como en el entorno físico y sus fuerzas físicas y metafísicas hacen que la vida se abra espacio a través de las relaciones humanas, las cuales a su vez, las creencias relacionadas con el amor abren una serie de posibilidades en torno a las motivaciones que dan lugar a la evolución y sustentabilidad humana; recordando que todo lo que existe en el ciberespacio es susceptible de ser modificado en función de los significados que se le pretendan atribuir conforme los códigos y algoritmos creados en un espacio determinado, que, vale la pena señalar, cada vez más se integran de forma comprehensiva de manera híbrida entre los entornos físico y digital, se hace necesario desentrañar los elementos de la identidad humana en el ciberespacio y determinar aquellos que deben ser objeto de codificación y aquéllos que no, o, en caso de que inclusive las emociones y el principal motivador como lo es el amor, puedan y deban ser gestionados como parte de la virtualidad, el camino que se elija debe ser aquél que nos permita seguir subsistiendo con base en dicho amor.
Ello, puesto que considerando el disruptor que, como se ha señalado previamente como lo es la inteligencia artificial, es susceptible de controlar a los seres humanos a partir de sus emociones, al punto en el cual, si logramos trasladar perfiles virtualizados ¿qué nos garantiza que la atribución de significado que se le brinda al entorno digital no es utilizado para manipular, y mucho más, para dominar? Ello al punto en el cual, películas de ciencia ficción como Matrix, no sean, sino una expresión ingenua de los verdaderos alcances que la algoritmización del amor puede crear en la realidad de las personas, fenómeno que ya ha empezado a ser utilizado de manera empírica a través de los apegos que sienten las personas unas de otras a través de sus comunicaciones en mensajería instantánea que han diversificado la sensibilidad y conexión unos de otros, o, la estandarización de las expectativas humanas que han dado lugar a estafas y engaños a través de medios digitales mediante técnicas de ingeniería social, o, apegos a elementos inmateriales que han surgido en la realidad y ciencia ficción a partir de seres humanos que desarrollan afecto por diversas entidades e inteligencias, que van desde el ámbito de seres no humanos hasta el vínculo con dispositivos inteligentes y no inteligentes. Hasta la próxima.

