Collado del ser mismo, segundo movimiento

Views: 444

Oficialmente es 2026. En los tan pequeños días, la geopolítica ha sacudido por lo menos, a muchas más personas, dejándolas al menos en qué pensar y reflexionar. Sudan, Venezuela-EE.UU, la amenaza a Groenlandia y la permanente Palestina, distintas cartografías que se fracturan bajo el peso de la Historia con mayúscula. Y yo, aquí, inscrita en ese mismo tejido histórico, pero habitando la paradoja de quien, en medio del estruendo de los discursos anticolonialistas y la deconstrucción de fronteras, encuentra su pensamiento político erosionado por una ontología personal hecha escombros. Lo lamento, sí, en el sentido heideggeriano del care que se vuelve hacia sí mismo. 

Mi distimia no es un apoliticismo, sino la condición material de un pensamiento encapsulado, ánforas selladas en un mar interior cuyas corrientes son también corrientes históricas. Prometo solo esto, mantenerme pensativa, habitante de un territorio sin coordenadas, pero desde el cual se observa, necesariamente, el mundo.

Verdades sin lengua o con mucha

Quisiera poder tener la palabra perfecta en la lengua siempre y recitarla.

Porque cuando siento que no la tengo, prefiero callarme, silenciada cómo una fosa. 

Aunque tengo una advertencia, este silencio no es vacío. Es una tumba activa donde entierro partes de mí misma, porque el mundo o mi propia mente no parecen tener un molde para ellas, no hay recompensa en este silencio, solo el eco de lo que no se dijo, magullando por dentro, como una música atonal que nadie reconoce pero que resuena en cada célula.

No existe mí liberación o mí exilio, sino mi liberación en el exilio de esta lengua que no me contiene y no hay recompensa para este silencio magullado.

La complejidad me golpea las piernas, llenándolas de moretones que no sé explicar después.

¡Ah!, este dolor,  que no viene de un golpe visible, sino de tropezar una y otra vez con la complejidad de existir, de amar, de dudar. Son mis moretones del alma, no se explican con historias sencillas, son la huella de una batalla interna contra fantasmas y a un futuro que se desmorona antes de nacer, llevo la cartografía de mis caídas pintada en la piel invisible. Llevo, sí, una cartografía de caídas en la piel invisible, y es la misma piel que cubre a quienes, en otras latitudes, caen bajo el peso de otras violencias. La textura es distinta, la gramática del dolor, común.

La presión es constante, una cefalea ontológica, mi cabeza lucha por permanecer anclada al cuerpo que la sostiene y que ella misma agoniza, porque todo este dolor me va gangrenando y ya no lo soporto…

Uso está metáfora nada inocente, pues es la alegoría de un malestar que, como señala Fisher, ha sido privatizado, medicalizado, arrancado de su contexto político. “La depresión”, escribió, “es la forma que adopta el realismo capitalista en el sujeto”.

No aspiro a resistir esta batalla sin vencedor, aspiro a desmantelar su lógica binaria, porque, lector, no soy solo el campo, los ejércitos y la civil atrapada, soy también la cartógrafa que, desde la trinchera, traza mapas de la derrota, quisiera poder doblar mi cuerpo en cuatro o seis por un momento y dejar de pensar. 

¡Ya!

Porque, te digo lector, no quiero huir del dolor, quiero que el dolor deje de ser el arquitecto de cada uno de mis pensamientos, quiero plegarme, hacerme pequeña, desaparecer de la tiranía de mi propia mente. 

No quiero escape, quiero calma, la calma que no es indiferencia, sino tregua, ese espacio entre dos notas donde la música respira.

Ya no puedo construir felicidad solo conmigo, porque tengo la cabeza podrida.

Y está es mí rendición (no derrota) honesta, la herramienta con la que construyo mi realidad está dañada y reconocerlo no es abdicar, es el primer acto de un realismo desgarrado.

El software corrupto

La mente como software corrupto es mí otra metáfora precisa de la subjetividad en esta era tecnocapitalista.

A veces pienso en mí mente cómo un software, uno corrupto que se repite en bucle, tantas mineimedades danzantes que me ahorcan y me dicen fuerte que  soy suficiente, esto nunca se resolverá. Y de antemano sabemos que contra un software corrupto, la fuerza de voluntad (ese fetiche del individualismo liberal) no sirve, solo un reinicio profundo…

Se requiere un reinicio desde el código fuente. Pero las preguntas serían ¿Dónde está el programador? ¿Acaso no es la cultura, la historia, la economía política, ese programador difuso? ¿Y el manual? Tal vez no exista, y su escritura sea la tarea común,

Aspiro a vivir mucho, hasta el final, incluso con este código lleno de bucles infinitos y errores de sintaxis, aspiro a encontrar, no la perfección, sino una versión que no se trabe al intentar amar, al intentar pensar, al intentar simplemente ser en un mundo que también se descompone.

No puedo dejar de preguntarme cada vez que escribo de mí misma (véanse las disculpas al inicio) porque escribir de uno mismo ¿es un acto individualista? En la tradición del journal intime, quizás, sí, pero existe otra tradición, la que va de Agustín a Rousseau, de Kierkegaard a María Zambrano, donde la introspección radical es un método de indagación sobre lo humano. Mi colapso no es un planeta aislado; es un microcosmos de un colapso mayor, analizar mis ruinas, cartografiar mis moretones, es un acto de traducción para buscar el punto isomórfico donde la fractura personal encuentra eco en la fractura social.

Y sin embargo, aquí está mi columna, este espacio que es mío, donde no debo explicar a más países, donde puedo dejar que la filosofía personal (esta misma) respire con sus propias reglas, con su lenguaje que es solo la honestidad vestida de gala. Este es mi hogar para lo que no tiene lugar, mi desfogue álgido, la confesión del cansancio mental, la geopolítica de las propias ruinas. 

Hoy, los conflictos del mundo tienen sus analistas, yo analizo el mío, no como huida, sino como reconocimiento de que el sujeto es el primer territorio por liberar. 

Escribir el segundo movimiento de un colapso desde la fosa activa es un acto de fe materialista, lo enterrado, a veces, germina. Y su germinación puede, acaso, alterar la química del suelo común.

Comparto un fragmento del gran poema imperfecto hecho canción, del código por reescribir entre todos. Gracias por leerme, mientras intento, como Silvio urge, encontrar los adjetivos para este naufragio íntimo que es, irremediablemente, también colectivo. Porque la historia, al fin, la escriben los hombres (Mujeres), pero la escriben con las palabras que encuentran, y a veces, las encuentran cavando en sus propias ruinas..

“Compañeros poetas

Tomando en cuenta los últimos sucesos

En la poesía, quisiera preguntar

Me urge

¿Qué tipo de adjetivos se deben usar

Para hacer el poema de un barco?

Sin que se haga sentimental, fuera de la vanguardia

O evidente panfleto

(…)

Compañeros de historia,

Tomando en cuenta lo implacable

Que debe ser la verdad, quisiera preguntar

Me urge tanto,

¿Qué debiera decir, qué fronteras debo respetar?

Si alguien roba comida

Y después da la vida, ¿qué hacer?

¿Hasta donde debemos practicar las verdades?

¿Hasta donde sabemos?

Que escriban, pues, la historia, su historia

Los hombres.”