Conmiseración

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Del latín commiseratio, funciona como otra especie de compasión, dolerse del dolor de alguien. Piedad o clemencia pueden ser otros homónimos. Pocas fuentes disponibles tratan el tema, importantísimo para la reflexión y la caridad.

Quienes sufren penalidades van provocando cierto enternecimiento, muestran su mal ajeno, una tautología: repiten sus pensamientos en la obviedad, redundantes, profundamente verdaderos, pues no hacen más que reafirmarse a sí mismos. Entre la contradicción y la contingencia, dichos sujetos no avanzan en información, resultan improcedentes excepto para la piedad del amor al prójimo, lo que implica brindarles justicia. 

Como podemos ver, no es una virtud completa la victimización, pero sí la conmiseración. En general todo se refiere a la pasión ajena, cuánto de nosotros mismos podemos donar al Otro, padecer por el Otro, de nuestra vocación existencial.

¿Y todo esto para qué? Para construir una misma realidad, más allá de la misericordia cristiana, comprender que sin la conmiseración no podemos ayudarnos ni ayudar a nadie. Lograr reunir esta dimensión humana, la emoción que surge entre dos, inseparable de la razón, sin otro objetivo o ética que ayudarse.

Las verdades reveladas por Descartes como Pasiones del Alma, pasiones que son acciones al mismo tiempo, de la voluntad, percepciones o conocimientos que ya se encuentran en nosotros y que nos llevan a juzgar entre lo útil y lo inútil sólo conducen al deterioro de la persona, a la tristeza, una languidez desagradable porque procede de pensar que se carece de algo. La simpatía, por su parte, puede ser el origen de la compasión. 

Ver sufrir de un mal a quien no se cree merecedor de ello, es el primer detonante de la conmiseración, por eso, Descartes y su optimismo nos dice que aun sabiendo que nosotros no podemos llegar a tales o cuales males, no podemos evitar sentir compasión por quienes sí los sufren.

El bien, el amor al sí mismo se convierten en acción compasiva, haz el bien sin mirar a quien, como si lo estuviéramos haciendo a nosotros mismos, lo cual genera satisfacción al pensar que se hace el bien, volviendo al amor propio que ahora se transforma en generosidad.

Para Spinoza, la conmiseración es el estremecer del sufrimiento de Otro, tristeza surgida por el daño de Otro: Nos compadecemos no sólo de la cosa que hemos amado, sino también de aquella por la que antes no sentíamos ningún afecto, con tal que la consideremos semejante a nosotros.

Librar de la miseria a Otro es benevolencia, pero debe ser también razón, porque si nos dejamos llevar por las pasiones ajenas, sin un filtro, no se provocará un bien legítimo, al contrario, pueden envilecerse las intenciones y aparecer diversas pasiones como la envidia o la sinrazón.

Por lo pronto, baste con condolerse un poco, preguntar si acaso: – ¿Cómo te sientes hoy?