Contingencia
El placer me deja efímera. La ciudad amaneció densa. Aspiro, el smog quita
fuerza. Débil. La ternura fatiga. El cuerpo es una sombra cuando salgo a la calle;
soy angosta; la estrechez alimenta la paranoia.
Mientras la gente mira y sus ojos son toques eléctricos para mi chacal. Tomo el
autobús. Encuentro un asiento al fondo. Me siento, me aferro a mi bolsa y a través
de la ventanilla observo, mi reflejo es flor putrefacta.
Por enésima vez el miedo me roe. Cierro los ojos, soy un pequeño fauno con
zapatillas de ballet y dos pies izquierdos. Busco mi ritmo, la sinfonía de mi cuerpo
es interrumpida por el rechinido de la puerta, dos ladrones, nuestras pertenencias.
Suena mi teléfono, el chasquido de un arma, el cañón sobre la cien. Siento un
líquido correr por mi cuello. Me tiembla el cuerpo. No soy, no soy, no soy. Voy de
regreso, malgasto las horas.
Camino, estoy insegura. Imagino que estoy parada sobre un pie mientras el sol
dibuja un pentagrama en mi cuerpo. Tengo la sensación de que el mar me vomita.
Siento frío, quiero desaparecer porque un golpe de tristeza escupió en mis restos.

