CUBANÍA Y OBRA LITERARIA
Cintio Vitier, poeta cuya expresión llega al siglo XXI con la belleza y fuerza de la tradición poética de Cuba. Es también otro escritor que retorna al pasado para comprender al hombre que realiza la proeza de vida en su patria: Cuba, y en la otra que tanto le dio en éxitos y sufrimientos: México. Nos dice Vitier sobre el tema La interiorización de la naturaleza: paisaje, patria, alma: Heredia en un pequeño ensayo que resume la belleza de la poesía herediana en aquellos tiempos que el paisaje era paisaje, reino de la naturaleza, y las batallas por la patria lo era ante el colonialismo sin ambages. Escribe el poeta Cintio Vitier: Por los dones líricos, la cultura y la sensibilidad patriótica, José María Heredia (1803-1839) es nuestro primer poeta cabal. Su formación clásica y moderna y su diversidad de intereses, unidas a un temperamento ardiente y una inteligencia clara y ordenada, le dan la calidad enteriza, el porte y la entonación del gran poeta, del hombre que encarna y expresa bellamente las aspiraciones de su pueblo. El poeta y ensayista nacido en 1921, que recibe el Premio de la Fundación Octavio Paz, es voz objetiva de la valoración de quien es padre de las letras cubanas y toluqueñas. Su texto, se dice en el que leo, aparece en el libro Lo cubano en la poesía, publicado en La Habana en el año de 1970. Dentro del siglo XX, y comprueba que los alcances de José María van cada vez más yendo hacia el futuro para consolidar las literaturas de los diversos países que conforman el gran mar de las letras hispanoamericanas en lo que representa 500 años de la lengua castellana en suelo americano. Y en particular los últimos dos siglos en que dejar las cadenas del imperio español nos llevó también a quedarnos con el oro del idioma que tanto nos señala el poeta Pablo Neruda, cuando escribe de lo que se llevaron los imperialistas españoles, y que fue lo que nos dejaron de positivo.
Las letras de Vitier son de respeto y ternura para el siempre exilado Heredia: Esa profunda y delicada identificación entre su intimidad y sus ideales, entre su vida emocional y sus convicciones políticas, es lo que hace de Heredia, sin disputa, el primer lírico de la patria, el primer vivificador poético de la nación como necesidad del alma. Más bello no se puede decir de quien con sus obras hace hablar a sus letras, para dejar posteridad histórica en varios campos de la vida en Cuba y en México. La lectura de los tres discursos dichos en la Plaza Mayor de Toluca, hoy de los Mártires, por aquellos ciudadanos sacrificados durante la guerra contra los españoles entre 1810 y 1821, tiempo de duración de la lucha por la Independencia, lo que se logra con el Abrazo de Acatempan y la firma del Acta que se hace entre el 28 y 29 de septiembre de 1821. Cuatro discursos, el primero dicho en Tlalpan, entonces capital del recién nacido Estado de México, ese enorme territorio que pasa por todo el sur del país y el centro de la República. Cintio Vitier escribe: José María Chacón y Calvo, el crítico que más ha estudiado la figura, le señala dos tipos de influencia: la neoclásica y prerrománticas españolas: Meléndez, Jovellanos, Quintana, muy especialmente Cienfuegos; y las románticas difusas: Ossian, Millevoye, Byron. Dice también que le caracteriza, como a Meléndez, en su poesía civil, el tono oratorio. Le señala, en suma, falta de espíritu lírico. Los malos críticos de Heredia no señalan por principio la riqueza de sus lecturas. No es un escritor que haya leído poco, que haya estudiado poco. De su tiempo en América Latina es un ciudadano de cultura extensa, variada, admirable, polifacética. Eso le permite escribir del paisaje, es decir del patrimonio natural, por lo que se convierte en maestro de generaciones que después podemos resumirlas en el poeta chileno Pablo Neruda, que en su poemario Canto General, sigue las huellas no sólo del poeta de América, el norteamericano Walt Whitman, sino la voz muy nuestra del cubano que expresa su admiración ante la belleza de los paisajes, tanto como su admiración a las construcciones que desde la época prehispánica deja huella que a propios y extraños sorprende por la belleza de sus formas, por la escultura que en su tamaño comprueba la riqueza de olmecas, toltecas, mayas y aztecas con todas las variedades que queramos reconocer en el patrimonio indígena del México que deja estupefactos a quienes lo visitan.
Imaginemos que la capital de la Nueva España y a partir del 29 de septiembre de 1821 se llama México era el lugar más esplendoroso de toda la América conocida. Ese es el contexto que conoce Heredia y por ello sus ojos iluminados describen tales bellezas para decir lo grande que es el territorio que visita por primera vez. Dice al respecto Vitier: Cuando Heredia escribe sus primeras poesías importantes, en México, Cuba y los Estados Unidos, ya los dioses y las divinidades agrestes han desaparecido casi completamente de nuestros campos, o vagan por ellos como fantasmas vacíos. Con él comienza un nuevo mito, el de la libertad, que va a derramar su luz romántica sobre la naturaleza cubana durante todo el siglo XIX. Una poesía cosmogónica es la de José María Heredia, en ese sentido no es cultura etnocéntrica, sino aquellos que hemos heredado de las raíces de nuestras múltiples culturas indígenas.
Recordemos que el altiplano de América, en el centro de lo que hoy es México está poblada por más de 54 idiomas indígenas, lo que representa una macropoblación de cientos de miles de habitantes que iba desde el norte llegando a Nayarit y Jalisco, y hacia el sur, al llegar hasta El Salvador, Honduras y Nicaragua. Es decir, un territorio enorme pleno de expresiones de culturas que aún hoy, sorprenden por su riqueza y aportaciones a la humanidad, que no sólo a América. El estudio de la historia de la poesía Cubana, le permite a Cintio Vitier decir: de los poetas recogidos en El laúd del desterrado (Nueva York, 1858) junto a Miguel Tourbe Tolón, José Agustín Quintero; Pedro Santacilia, Pedro Ángel Castellón, Juan Clemente Zenea y Leopoldo Turla, Heredia es el primero, el más famoso y el más influyente. Bellas palabras, llenas de sabiduría, que nos hablan de un cubano que por su preparación logró y muy lejos ser: poeta, orador, ensayista, crítico, editor, promotor de las letras y la cultura. No citemos de nuevo que además es participante decidido de la política democrática y ética de aquel siglo iluminado y pleno de oscuras sombras.
Cuántos escritores tienen Cuba en ese siglo, buscan dar su voz para fundar la patria de las letras propias y no aquellas que copian aún a Europa porque su pequeña cultura no les da para sorprenderse como si sucede con José María Heredia, que al cantar Al Niágara no está pensando en escribir como lo hace el español de la península Ibérica o el francés de la ciudad de las luces llamada París. Cuando escribe Al Teocalli de Cholula o hace su Oda Al Niágara lo hace con los pies en ese lugar, y respetando, palabra fundamental en todo poeta, el territorio que ve, sea éste el realismo ante sus ojos y sus demás sentidos, sea en el campo de la metafísica que permite a Pablo Neruda hacer su Residencia en tierra, su mejor libro según el dicho del propio poeta. Poeta del exilio, como pocos en nuestra historia reciente de dos siglos de independencia en la mayoría de los países latinoamericanos. Escribe Vitier: Como se ve por sus poemas y más aún por sus cartas (en las que revela el tormento que para él significa el idioma inglés), sufrió profundamente el destierro en Nueva York, ciudad de la que tuvo que escapar en 1823, contando sólo veinte años. Pensemos en el poeta de tierras tropicales, al que sus Palmas, su Sol y sus Playas con sus mares, le hacen falta tanto como el pan que come a diario. Poeta desterrado de nueva cuenta, ahora por motivos políticos en su deseo de independencia para su patria que no ha de ver libre. Sus pulmones no están hechos para los inviernos que ve a futuro viviendo en esa zona que es cuna de la libertad estadounidense y tierra de exilio permanente. Su viaje a México, es lo que le permite, por lo tanto, estar cerca de su Isla, el amor de sus amores. Ha de vivir el cielo y el infierno de una vez.
