Cuenta final

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El nivel de violencia que vemos todos los días es inaceptable; ciudades enteras están aterradas por la familiaridad con la que tienen que soportar asaltos, bloqueos, quemas, asesinatos, ajustes de cuentas y demás barbaridades de entes que, porque han olvidado por completo su lado humano, no reparan en ejecutar cuanta tropelía se les ocurre.

Socialmente hemos sido tan permisivos, tan egoístas, que sin darnos cuenta hemos dejado crecer la irracionalidad a niveles jamás imaginados; y aún con toda la evidencia a la vista, con todos los testimonios de decenas de miles de personas que han sufrido algún ilícito en manos de un chamaco, seguimos sin entender que todo se circunscribe a lo que hacemos o dejamos de hacer como padres, como formadores.

Seguimos teniendo progenitores que, porque se les hace muy cool, presumen ser amigos de sus hijos; nada más disparatado, en voz de Ernesto Sábato, novelista argentino, es un error o una mala definición de la palabra amistad; la amistad es entre iguales y el padre no es igual al hijo. El padre es mucho más o mucho menos que un amigo, no es un igual, es una jerarquía que ayuda al chico cuando se desarrolla al poder apoyarse en alguien más fuerte. La relación padre hijo debe ser severa, pero afectuosa, y no es una contradicción, es una circunstancia complementaria.

Es decir, el niño debe crecer con límites, con la directriz perfectamente delimitada por un adulto que, en ese deber ser, le puede orientar sobre aquello que es pertinente o no desde todo punto de vista.

Estas muestras de insensatez favorecen en el menor la sensación de que no pasa nada, que suele ser reforzada cuando, ante la mala conducta del infante o ante su sentir, el propio adulto legitima su accionar y le limita, de tajo, de la posibilidad de asumir las consecuencias de las decisiones que toma.

En esa necesidad de buscar protección a toda costa para nuestros retoños, caemos incluso en actos ilícitos que, por usos y costumbres, no se atienden legalmente. Somos inflexibles con el otro, pero exigimos consideraciones para con nosotros, ¡faltaba más!

¿Creería usted que hay padres capaces de solicitar a las instituciones educativas que sus hijos no estén con tal o cual compañero porque, sin juicio de por medio, le han etiquetado de conflictivo?  Peor aún, lo hacen por escrito dejando evidencia de su intolerancia, su bajo criterio y su flagrante deseo discriminatorio, sancionado por nuestras leyes.

Esos estudiantes blindados, con el tiempo, son incapaces de enfrentarse al mundo y esperan que sus padres les sigan resolviendo la vida; el mensaje es contundente, siempre me puedo salir con la mía.

Esos jovencitos se transforman en juniors que, si atropellan a alguien, papito evita que los lleven al bote; si violan a una compañera, aludirán que fue consensuado; si golpean a un profesor, estarán convencidos de que lo merecía porque no les gustaba su método.

Esa omisión en la ruta, ese dejar ser, nos ha costado muy, pero muy caro; no hay quien les ponga un alto. Se han documentado casos en los que los padres de algún raterillo abatido tras un asalto frustrado claman por justicia porque su angelito sólo robaba y no merecía que lo mataran.

La descomposición social está peor que nunca; la violencia está imparable.  Quienes tenemos hijos debemos abrazarlos todos los días, no sabemos si los volveremos a ver por la tarde; estamos en la cuenta final de lo que alguna vez fue una sociedad armónica.

horroreseducativos@hotmail.com