Cultura cívica

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“Ayudar al que lo necesita no sólo es parte del deber, sino de la felicidad”

José Martí

 

Caminamos en la senda de una nueva misión: idealizar, reivindicar e incluso rehumanizar al humano, tarea poco convencional en un mundo donde uno de los temas más recurrentes es la garantía y respeto de los derechos humanos. ¿Qué derechos se defenderán? Cuando aún no se han dilucidado nuestras responsabilidades, cuando el ser humano va perdiendo con el paso de su historia, su propia humanización.

Estamos inmersos en una constante sinrazón de pensamientos entre lo que se debe y no se debe hacer, entre lo que implican nuestros derechos, lo que deben ser las obligaciones de quienes nos rodean, la degradación del medio ambiente y la responsabilidad de las autoridades gubernamentales y las empresas transnacionales quien al final dilapidan los recursos naturales.

Un zigzagueante ir y venir de esquirlas con responsabilidades lanzadas a diestra y siniestra evitando todo nuestro universo personal, una educación que se recarga en las instituciones públicas y que parece; se ha puesto un velo en la solidaridad y corresponsabilidad de lo que se enseña en casa, somos un hachón de humo, que lleva el vaho de su aroma a otras latitudes que no son las nuestras.

Hace algunos días en nuestra columna oratoria epistolar; hacíamos referencia sobre algunas reflexiones en torno a lo que pasa en el mundo, como nuestro actuar está siendo concientizado y normalizado sin preocuparnos por las consecuencias negativas y adversas que en algunos casos esto puede acarrear; vivimos inmersos en el descredito social y la bancarrota de ideales, estamos dejando de creer en nosotros mismos y en el potencial que tenemos para poder transformar nuestro entorno.

Con nostalgia añoramos el caminar por una ciudad tranquila, libre del ajetreo cotidiano, en donde los ciudadanos puedan confraternizar con un espíritu de tolerancia, respeto, corresponsabilidad y sin duda de plena solidaridad; en donde no se normalice la detestable conducta desplegada cuando desafortunadamente es asaltado un transeúnte y la mejor respuesta sea grabar el momento vía nuestra cámara de telefonía celular y replicarlo en internet o en el mejor de los casos se haga una “transmisión en vivo”; necesitamos una sociedad en donde no sea normal ver a ciudadanos pelearse a golpes haciendo apuestas desafiantes; una estancia en donde los que pregonan la defensa de los derechos para las personas con capacidades diferentes no sean los primeros que ocupan su espacio de aparcamiento pues no hay donde más estacionarse.

El tiempo y la nostalgia nos invade, ahora es normal (aunque no debería ser así) la violencia en las calles, hombres o mujeres maltratándose físicamente unos a otros, mientras “los otros” deciden no meterse porque “no es su problema”; los valores se ven como una moda pasajera, insultos y confrontación en redes sociales es cotidiano, normalizado e indebidamente “tolerado”, los automovilistas buscan aventajar en sus recorridos carreteros, sin importar si el de enfrente va formado o no, prevalece así el espíritu de ventaja de los intereses propios por encima de los demás.

Seguramente apreciable lector, al leer estas líneas podrás identificar conductas que son nocivas para nuestra convivencia pero que se han vuelto cotidianas en la época del mundo moderno y digital, ¿a qué se debe esto? Hemos dejado de lado normas que resultan para algunos obsoletas o limitativas y hemos adquirido nuevos usos y costumbres que no ayudan a nuestro fortalecimiento y humanización.

Hace tiempo que ha dejado de practicarse la cultura cívica entre nuestra sociedad, desde la norma de conducta apegada a la ley, que refleja como único objetivo el bien común, hasta la participación activa en la construcción real de una democracia; en donde todos los sectores sociales tengan voz y voto, nos hemos desentendido de la vida política para ceder nuestra voluntad a los que tiene la convicción de opinar, hemos cedido nuestra voz a quienes deciden no hacer uso de la propia.

El respeto como valor fundamental de la cultura cívica se ha desdibujado, los hijos ahora se han convertido en los tiranos de los padres, los adultos mayores ahora llevan como lastre su edad, pues pareciera que su experiencia de vida es un mal que les calcina; hemos perdido el respeto hacía el humano y lo hemos traslapado en algunos casos; hacía otros animales, estamos perdiendo las áreas verdes de sana convivencia, para en su lugar edificar tiendas de conveniencia.

La identidad por los valores y símbolos patrios se ha dilapidado, nuestros héroes han dejado de ser ídolos para convertirse en villanos, nuestra bandera ondea rasgada (literalmente) y nuestro himno nacional (muestra de patriotismo) ha sufrido múltiples arreglos improvisados, pues hemos llegado a confundirlo en eventos públicos.

Para tener cultura cívica se requiere ser un buen ciudadano, y eso se va forjando día a día en casa, haciendo respetar las normas básicas de conducta social, reconociendo mis propios derechos y los derechos de los demás, hagamos que en nuestra vida cotidiana mejores ciudadanos hagan un mejor gobierno, haciendo el bien como premisa fundamental de nuestra vida.

Es necesario que a las nuevas generaciones se les eduque e instruya sobre la importancia y trascendencia de practicar la cultura cívica; seamos ciudadanos de valor y compromiso en nuestra familia, en nuestra comunidad, nuestro país y sobre todo con nosotros mismos.