Cultura en la palabra

Views: 642

¡La patria está en peligro! ¡Mexicanos, alerta!

¡Antes que verla herida y que llorarla muerta,

todo por nuestra noble y heroica Patria, dad!

Horacio Zúñiga

Lucida claridad del pensamiento, la palabra es el pebetero que inunda de luz la vida de la humanidad, le muestra su cultura, su sensibilidad; si hay algo que enorgullece al mexicano, es su cultura; esa mezcla de colores, que en la historia se fueron pincelando. Somos el resultado de lo que nuestros antepasados han construido en el venero de su existencia, por tanto; el mexicano es la cosmovisión de sus antepasados, la construcción de su presente y el anhelo sobre el cuál se deposita la esperanza de las nuevas generaciones.

Cultura: palabra en libertad hecha memoria; bajo ese tintero de pensamientos libertarios, encontramos la vida de mujeres y hombres que han conjugado el verbo con la acción para  lograr trascender, edificando realidades y postulando su legado universal, para que este sea apreciado por quienes continuamos encrespando la espiral de ideales y buscamos engrandecer a nuestra patria; haciendo de nuestras palabras un escudo de arrebol que ponga la simiente por donde habremos de avanzar.

De esa talla de hombres surgen personajes señeros como Octavio Irineo Paz Lozano, el hombre de letras que se deletrea mientras los demás le leen; el mexicano que se imbuye en la mente de sus paisanos y reconstruye el epígrafe de sus pensamientos, haciendo con ella un laberinto de orfandad. Porqué el lenguaje mexicano se ha magnificado con la obtención, por uno de sus hijos; del máximo galardón de la lengua: el Premio Nobel de Literatura.

En efecto, Octavio Paz, hereda la idea de libertad; una libertad que no queda atada a la palabra, pues ella misma ha sembrado sus alas y las ha perfumado de algarabía para llegar fugaz hasta los anchos campos de las estrellas, en donde los espíritus de los escritores transforman la realidad en una bella quimera que seduce a los lectores, y les otorga un pincel particular para recrear su obra y hacer que los libros sean extensiones del su propio pensamiento.

Un gesto verdaderamente pulcro y a la vez inverosímil fue la declaración que públicamente hiciera Octavio Paz en una entrevista al manifestar: “Siempre tuve miedo a la palabra hablada”; es insoslayable no sorprenderse al escuchar una manifestación de este tipo, en un hombre que domina el bello arte de la palabra escrita y que sabe fluir en el contexto de una conversación; pero como ocurre en ocasiones, no todo el que escribe sabe hablar correctamente.

Aunque no es de extrañarse que dada su condición de intelectual y poeta, el joven Octavio figure en lo más altos escenarios dirigiendo un mensaje de manera verbal; en sus años mozos participaba en los certámenes de Oratoria y más aún, compartiendo de manera efímera el micrófono centellante de las ideas con un joven orador que un tiempo después dirigía los rumbos de la nación mexicana, nos referimos al “presidente orador” Adolfo López Mateos; anécdota que mediante la crónica sabemos tuvo cabida en el hoy parque “Simón Bolívar”, justo a un costado del edificio histórico de Rectoría, en la ciudad de Toluca.

Que privilegio tener parte del memorial donde a la postre se reunieron para hablar por México y Latinoamérica dos personajes centrales de la historia nacional: un premio Nobel de Literatura y un presidente de la República Mexicana, Octavio y Adolfo; personajes de intelecto suculento que desde sus trincheras edificaron el paraninfo de la idea sobre la mexicanidad y una cultura que aún en nuestros días y pese a todo, sigue brillando en el plano nacional.

Así, entendemos que la palabra lleva edificada en su simiente el mote de cultura que inunda a la humanidad, que se convierte en faro que alumbra, en hachón que no humea; es la palabra un suave remanso que calma la sed de conocimiento del perdido, es esperanza , pues a través de la palabra el hombre se reedifica.

Sabemos del valor y portento que tiene la palabra, del vigor que construye en quien se apropia de ella, de la sacramental esencia de la humanidad cuando nuestra voz prorrumpe el silencio para acrisolar el sonido las ideas que han de aguijonear a las almas combatientes; la palabra es acción en potencia, un ciclón de ideas, un ave vocinglera de esperanza, un escudo de defensa ante la iniquidad y la injusticia, una llama que consume la indiferencia, es el más grande regalo que de lo alto nos ha sido entregado,  en el principio era el verbo y el verbo se encarnó para habitar entre nosotros según el evangelio en labios de San Juan.

Así pletórico de añoranzas, sediento de acción, el verbo se apodera de almas rebeldes para defender las causas justas, por eso distinguimos en el verbo de nuestros prohombres los discursos que fueron cincelados en la pared de la inmortalidad, porque representan una época, muchas causas, un sitial de armas combativas contra los tartamudos de conciencia. En ese faro que alumbra tienen su cúspide las voces del maestro Horacio Salvador Zúñiga Anaya, José Muñoz Cota, Isidro Fabela Alfaro, Ignacio Ramírez Calzada, Ignacio Manuel Altamirano, Adolfo López Mateos, Carlos Alberto Madrazo Becerra, Ricardo Flores Magón, Belisario Domínguez Palencia y muchos connotados mexicanos; quienes ocuparon la palabra convertida en diosa a través de la oratoria, para ejercer la política y pernoctar bajo el amparo de la cultura universal, incendiando los campos de combate para desatar tempestades, pero también para sanear el corazón herido de una Nación.

Cultura y palabra van de la mano, no se entendería la una sin la otra, por eso; es necesario que en los tiempos de necesidad social, hagamos de la palabra: el arte orfébrico con el que enjoyamos las respuestas de la sociedad, el instrumento de combate para vencer el velo de los tartamudos de conciencia, el pebetero que lleve la luz al necesitado, la alforja que conduzca en sus odres la sabia con la que el pueblo conozca la verdad; para ello, debemos construir y deconstruir la pulcritud de la palabra, dando cuerpo solido al razonamiento, argumentando de manera certera cada una de nuestras ideas, respaldando nuestros discursos en el ejemplo de aquellos que han surcado el horizonte, edificando cada palabra con la acción, haciendo que cultura y palabra den voz al ocaso y respuesta al sosiego.

Hagamos fuego con la palabra e iluminemos la conciencia nacional, desempólvenos las imágenes de luz,  hagamos que los guerreros se levanten de sus tumbas, aprendamos de ellos y depositemos una corona de laurel a quienes, como faro, anclaron la cultura y la palabra en la raigambre nacional para despertar de nuestro letargo.