Daniela Herrera Arguedas, Costa Rica, (2005)
Autora del libro Intemperie (2021). Ganadora en Primer Lugar del Premio Nacional Lisímaco Chavarría Palma 2021 en Categoría Juvenil con su poemario Vorágine, gestora cultural, galardonada en los géneros de cuento, teatro y poesía. Participante en distintos festivales, entre ellos destaca el Encuentro de Literatura Hispanoamericana en París. Parte de sus obras fueron seleccionadas para la Antología Los gritos de Medea: Violencia de Género en la poesía feminista Costarricense, Antología del Bicentenario de Centroamérica (Ayame, México). Además, conforma y se desempeña en el taller literario Te doy mi palabra, aunado a diversos espacios de estudio y creación literaria.
SELECCIÓN DE POEMAS
PROFANACIÓN AL SILENCIO
No me mientas
no me digas la verdad
no te quedes callada
no levantes la voz
ni me pidas perdón
Calamaro
Hay circunstancias en las cuales el silencio
es una representación del adagio
el juicio, el purgatorio, el bautizo.
Desnaturalizar tu ausencia con la certeza de un desengaño
como corteza que agoniza en otoño
sepultar el daño en un sueño
tal cual fuese praxis de metonimia, o hedonismo.
Después comprenderás por qué mientras me mirás
mido la hendidura de las telarañas,
la oquedad en las grietas, la purificación de la gotera hasta desvanecerse
es complejo ese imperativo de enfrentarse contra sí mismo,
y pese a la derrota, o pese a la victoria, no satisfacerse.
Acatar tal o cual sentencia, a medio morir, tropismos de adulterio
me aprieto el crucifijo, temo caer de la cruz
los sollozos son el diapasón del poema
oprimía sin cesar la traílla en la carne de su voz.
Respondéme, ¿desafiás al dolor con desvaríos?
Aplicás las palabras como prótesis de tus sentidos seculares
se precipitan los mástiles, creer hasta hacer que te olvido al azar
interpretaré adverbios, alvéolos del verso
me he limitado a indagar el tabú de tu ausencia
cuyo fin será la impunidad de mi dolor, para siempre.
UTOPÍA
Tomé la pluma en mi izquierda como un centurión agita el látigo
lacerante tal cual liberar un tuétano del hueso
a veces es obligatorio sumergir los dedos en la herida, cincelar la cicatriz
cuando la bengala puntual amenace con abrir los ojos, no despertés aún
te escribo oprimiendo el corazón en el puño
oscilando el bisturí como el forense que no puedo evitar ser
y sin embargo, le rompí la punta al lápiz, por frustrar el poema
como quien le amputa la cornamenta al ciervo
oír el latido, aún en lontananza, del can que te acosa con afán de caza.
Casi inerte, como un bedel con su blasón
sin pronunciar vocablos, sin disimular ademanes,
sin ocuparte de acatar interrogantes
te marchaste aquel crepúsculo de abril.
¡Alina, aférrate a la vida, Alina!
Pronunciar tu nombre implica asentarse a la desolación,
es un lince carcomiendo los sesos
ardid de la memoria exiliando el tiempo.
Al funeral intervienen vicarios,
hay desconsuelos que amordazan y otros mientras, punzan la voz
sometiéndola a una encrucijada, sin potestad de olvidar el pasado.
Clamo misericordia en tus tímpanos, vos estremeciéndote me sermoneás con litigios
y me agusanás las manos.
Alina, posiblemente tus manos estén urdiendo golondrinas
en mares con dársenas y desechos.
Te amé, como el vicio de una prostituta.
EUDAIMONIA
Porque eres melancólica y perdida,
y era perdido y lúgubre mi amor; en ti miré el emblema de mi vida
y mi destino, solitaria flor
Gil Carrasco
A Alina Montgomery
Alina, vos tenés el corazón con teclas de acordeón
como si el sollozo musicalizara al latido
alféizar donde se esclarece el equinoccio para no envanecer tus ojos de solsticio
–son un armisticio de nirvana y averno–
hay que adentrarse en tus pupilas
abarcar cada gesto, abandonarse absolutamente.
Otras veces ansiáramos apoltronar,
como a la sombra, marginarlas al menos
increpar la belleza por abrupta e intangible
el ostracismo de lo metafísico, o la irreligiosidad
con la que te arrodillás al atrio.
–¡Alina, Alina!– ¡Levántate corazón!
Acaricié tu pelambrera como quien roza un fósforo hasta extraer la lumbre
nada hubiese que esperanzar
huía de hallar la ausencia
me imponías dos leyes: ni una bofetada, ni una caricia.
Tu cuerpo que de pronto, se apiada de mí,
y entre condescendencias me defiende
otorgándome un tizón de luz que emerge hasta la fiambre de mí.
Até un acervo de papeles al candelabro, como símbolo de cofradía.
Yo que contemplé tus ojos
y te comparé con la compasión de un poema.
He resucitado para verte morir.
IMPLACABLE
Este amor ya sin mí,
te amará siempre
Me despedí de vos el último día que estuve sobria,
te dije adiós mientras dormías.
Pensé escribirte un poema
pero más me valdría arrancarme el alma y arrojarla a la hoguera.
No hay embriaguez en la que no te encuentre
como una expiación abismada al anhelo.
La convulsión de ascenso a la cumbre estiba un cuadrúpedo en el vientre.
Te perdí la noche en que me eximí del suicidio.
Desperdicié tiempo asistiendo a eucaristías
meramente para hurtar el diezmo y el vino
me persigno con la misma mano que trazó un epíteto sobre tu templo corporal
asentía con la cabeza cada penitencia que el sacerdote me impusiera
como cualquier bohemia la sobriedad se me eternizó al cabo de una semana.
El diablo se fricciona las manos entre brasas
hay soledades en las cuales solemnizo mi ebriedad
yo quien ultrajé las implicaciones del romanticismo
heme aquí como la larva condenada a devorar la pestilencia
osar del amor como un lebrel supone ingenuamente que su estirpe es suficiente.
Irónicamente así se siente, exceptuada por un suspiro, una plegaria, un delirio
de quien abandonó a la flor en su lecho.
Ahí en un sarcófago sacrificaré estos versos
se pulverizarán junto a mis huesos
la muerte es irreprimiblemente orgiástica.
Absuelvo mis vilezas
al menos sé que te di un poema, y aunque quise, no me arrepentí.
Marchás languideciendo los angiospermas, adosados sobre la tumba.
¿Cargarás la izquierda de mi cruz?

