Daniela Herrera Arguedas, Costa Rica, (2005)

Views: 1627

Autora del libro Intemperie (2021). Ganadora en Primer Lugar del Premio Nacional Lisímaco Chavarría Palma 2021 en Categoría Juvenil con su poemario Vorágine, gestora cultural, galardonada en los géneros de cuento, teatro y poesía. Participante en distintos festivales, entre ellos destaca el Encuentro de Literatura Hispanoamericana en París. Parte de sus obras fueron seleccionadas para la Antología Los gritos de Medea: Violencia de Género en la poesía feminista Costarricense, Antología del Bicentenario de Centroamérica (Ayame, México). Además, conforma y se desempeña en el taller literario Te doy mi palabra, aunado a diversos espacios de estudio y creación literaria.

 

SELECCIÓN DE POEMAS

PROFANACIÓN AL SILENCIO

No me mientas

no me digas la verdad

no te quedes callada

no levantes la voz

ni me pidas perdón

Calamaro

 

 

Hay circunstancias en las cuales el silencio

es una representación del adagio

el juicio, el purgatorio, el bautizo.

Desnaturalizar tu ausencia con la certeza de un desengaño

como corteza que agoniza en otoño

sepultar el daño en un sueño

tal cual fuese praxis de metonimia, o hedonismo.

Después comprenderás por qué mientras me mirás

mido la hendidura de las telarañas,

la oquedad en las grietas, la purificación de la gotera hasta desvanecerse

es complejo ese imperativo de enfrentarse contra sí mismo,

y pese a la derrota, o pese a la victoria, no satisfacerse.

Acatar tal o cual sentencia, a medio morir, tropismos de adulterio

me aprieto el crucifijo, temo caer de la cruz

los sollozos son el diapasón del poema

oprimía sin cesar la traílla en la carne de su voz.

Respondéme, ¿desafiás al dolor con desvaríos?

Aplicás las palabras como prótesis de tus sentidos seculares

se precipitan los mástiles, creer hasta hacer que te olvido al azar

interpretaré adverbios, alvéolos del verso

me he limitado a indagar el tabú de tu ausencia

cuyo fin será la impunidad de mi dolor, para siempre.

UTOPÍA

Tomé la pluma en mi izquierda como un centurión agita el látigo

lacerante tal cual liberar un tuétano del hueso

a veces es obligatorio sumergir los dedos en la herida, cincelar la cicatriz

cuando la bengala puntual amenace con abrir los ojos, no despertés aún

te escribo oprimiendo el corazón en el puño

oscilando el bisturí como el forense que no puedo evitar ser

y sin embargo, le rompí la punta al lápiz, por frustrar el poema

como quien le amputa la cornamenta al ciervo

oír el latido, aún en lontananza, del can que te acosa con afán de caza.

Casi inerte, como un bedel con su blasón

sin pronunciar vocablos, sin disimular ademanes,

sin ocuparte de acatar interrogantes

te marchaste aquel crepúsculo de abril.

¡Alina, aférrate a la vida, Alina!

Pronunciar tu nombre implica asentarse a la desolación,

es un lince carcomiendo los sesos

ardid de la memoria exiliando el tiempo.

Al funeral intervienen vicarios,

hay desconsuelos que amordazan y otros mientras, punzan la voz

sometiéndola a una encrucijada, sin potestad de olvidar el pasado.

Clamo misericordia en tus tímpanos, vos estremeciéndote me sermoneás con litigios

y me agusanás las manos.

Alina, posiblemente tus manos estén urdiendo golondrinas

en mares con dársenas y desechos.

Te amé, como el vicio de una prostituta.

EUDAIMONIA

Porque eres melancólica y perdida,

y era perdido y lúgubre mi amor; en ti miré el emblema de mi vida

y mi destino, solitaria flor

Gil Carrasco

A Alina Montgomery

 

Alina, vos tenés el corazón con teclas de acordeón

como si el sollozo musicalizara al latido

alféizar donde se esclarece el equinoccio para no envanecer tus ojos de solsticio

–son un armisticio de nirvana y averno–

hay que adentrarse en tus pupilas

abarcar cada gesto, abandonarse absolutamente.

Otras veces ansiáramos apoltronar,

como a la sombra, marginarlas al menos

increpar la belleza por abrupta e intangible

el ostracismo de lo metafísico, o la irreligiosidad

con la que te arrodillás al atrio.

–¡Alina, Alina!– ¡Levántate corazón!

Acaricié tu pelambrera como quien roza un fósforo hasta extraer la lumbre

nada hubiese que esperanzar

huía de hallar la ausencia

me imponías dos leyes: ni una bofetada, ni una caricia.

Tu cuerpo que de pronto, se apiada de mí,

y entre condescendencias me defiende

otorgándome un tizón de luz que emerge hasta la fiambre de mí.

Até un acervo de papeles al candelabro, como símbolo de cofradía.

Yo que contemplé tus ojos

y te comparé con la compasión de un poema.

He resucitado para verte morir.

IMPLACABLE

Este amor ya sin mí,

te amará siempre

Me despedí de vos el último día que estuve sobria,

te dije adiós mientras dormías.

Pensé escribirte un poema

pero más me valdría arrancarme el alma y arrojarla a la hoguera.

No hay embriaguez en la que no te encuentre

como una expiación abismada al anhelo.

La convulsión de ascenso a la cumbre estiba un cuadrúpedo en el vientre.

Te perdí la noche en que me eximí del suicidio.

Desperdicié tiempo asistiendo a eucaristías

meramente para hurtar el diezmo y el vino

me persigno con la misma mano que trazó un epíteto sobre tu templo corporal

asentía con la cabeza cada penitencia que el sacerdote me impusiera

como cualquier bohemia la sobriedad se me eternizó al cabo de una semana.

El diablo se fricciona las manos entre brasas

hay soledades en las cuales solemnizo mi ebriedad

yo quien ultrajé las implicaciones del romanticismo

heme aquí como la larva condenada a devorar la pestilencia

osar del amor como un lebrel supone ingenuamente que su estirpe es suficiente.

Irónicamente así se siente, exceptuada por un suspiro, una plegaria, un delirio

de quien abandonó a la flor en su lecho.

Ahí en un sarcófago sacrificaré estos versos

se pulverizarán junto a mis huesos

la muerte es irreprimiblemente orgiástica.

Absuelvo mis vilezas

al menos sé que te di un poema, y aunque quise, no me arrepentí.

Marchás languideciendo los angiospermas, adosados sobre la tumba.

¿Cargarás la izquierda de mi cruz?