De la Isla al Therian, el secuestro (autoinfligido)
Ya la carga política pesa aquí, al costado, en mí país, Perú, el pasado 17 de febrero se destituyó al ex presidente José Jeri, ¿Lo más curioso? Desde las últimas elecciones en 2022, llevamos hasta ahora cuatro presidentes! Contando al de este momento, que es José María Balcazar, para nada absuelto de calamidades. Pero, ese análisis lo dejo para la siguiente semana (prometido), porque ahora quiero redactar algo que me aqueja más, e iniciaré con una pregunta: ¿Nos distraen los algoritmos o nos distraemos nosotros?
La escena contemporánea del debate público es un tejido en movimiento, activado por pulsos de indignación y por momentos de pasmo colectivo, hace apenas unas semanas, las revelaciones y el debate en torno a Jeffrey Epstein sacudieron plataformas, titulares y foros, salieron datos filtrados, conexiones con élites políticas, preguntas sobre justicia y responsabilidad, todo ello ocupó la agenda pública, era de lo más buscado en las redes sociales. Pero repentinamente, el foco cambió, y de la gravedad explícita de crimen y poder, saltamos a discusiones sobre subculturas como los therian, fenómenos marginales y teorías de identidad que, a ver, aunque legítimos en su propia esfera, carecen de la urgencia ética y política de las primeras noticias.
Vuelvo a aclarar que la pregunta no es si el fenómeno therian es digno de estudio antropológico o de comprensión empática; la cuestión, la verdaderamente inquietante, es la sincronía. Esa precisión de relojero con la que un tema sustituye a otro en la plaza pública digital. Y es inevitable cuestionarnos: ¿Es casualidad que cuando la presión sobre las élites globales alcanza un punto de ebullición cuando las filtraciones judiciales de Epstein amenazan con salpicar nombres hasta ahora intocables, el algoritmo decida, –con la sabiduría de un viejo editor de periódicos amarillistas –, que es hora de hablar de si un adolescente puede identificarse como un lobo?
Y aquí entra otra pregunta: ¿Es esto una manipulación consciente del discurso? ¿Un ardid algorítmico para desviar nuestra atención de lo que realmente importa? O quizá, mirado con honestidad filosófica, ¿es un reflejo de quiénes somos como colectividad en la era digital?
No seamos ingenuos, lo que estamos presenciando no es un simple cambio de tendencia (no podríamos ser tan ingenuos, no ahora), este ardid algorítmico es un mecanismo que controla la opinión pública tan antiguo como la propia demagogia, pero refinado por la ingeniería digital, y lo peor es que no se necesita un gran evento traumático para doblegar a la sociedad; basta con una sobrecarga de estímulos vacíos para anestesiarla, una teoría del shock aplicada a la información cotidiana.
Las estadísticas de búsqueda y menciones en plataformas como Google Trends o X (antes Twitter), Tikotk, son un electrocardiograma de nuestra ansiedad colectiva, porque en ellos se observa cómo los picos de interés por las revelaciones de Epstein o los movimientos geopolíticos son sistemáticamente aplanados por olas de viralidad efímera, es lo que los teóricos de la comunicación denominan agenda-setting (o teoría de la fijación de la agenda) en su fase más perversa, lo que sucede aquí, es que ya no son los medios quienes te dicen qué pensar, sino el algoritmo quien decide de qué tienes la oportunidad de hablar.
Pero cabe recalcar –con mucha lucidez– que el espacio en donde se rigen estas búsquedas no es sólo un espacio estático, no son simplemente plataformas neutrales, en realidad son entornos profundamente estructurados, es lo que en distintos estudios se llama, capitalismo algorítmico, el cual es un sistema de retroalimentación que aprende de nuestros clics, de nuestro tiempo de permanencia, de nuestra ira y de nuestra risa. Si el sistema ha descubierto que es más rentable alimentarnos de identidades therian que de justicia para las víctimas de Epstein, es porque nosotros, con nuestro comportamiento colectivo, hemos votado. Hemos votado con la única moneda que las plataformas aceptan, nuestra atención.
Esto no está allí por casualidad, la monetización y la economía de la atención requieren que el contenido sea atractivo, no necesariamente verdadero o importante, la literatura en comunicación lo llama economía de la atención, lo que es el diseño de sistemas que priorizan compromiso emocional, marginan matices y empujan hacia lo sensacionalista (¡vaya novedad!).
Un estudio publicado por la American Association for the Advancement of Science señala que en ese ambiente, la gente es menos capaz de discernir la verdad cuando está inmersa en las dinámicas de redes.
Lo que trato de explicar es que en otras palabras, el algoritmo no decide por nosotros en un sentido conspirativo absoluto, pero modela nuestras prioridades cognitivas, es decir, lo que vemos, cuánto tiempo lo vemos, qué emociones se estimulan, esas métricas calculadas transforman nuestro paisaje mental, o bueno, nuestra arquitectura mental. Así que si tuviéramos que usar una metáfora, veámoslo así: el algoritmo no es neutral, es el jardinero que poda el jardín del debate público para que nunca crezca un árbol que dé sombra a los poderosos.
Y el gran riesgo que veo, es la creación de una falsa dicotomía, una en la que nos quieran hacer creer que debemos elegir entre dos cosas:
- O nos preocupamos por las identidades alternativas de la generación Z.
- O nos preocupamos por la justicia social y la corrupción sistémica.
¿Es esto acaso posible?
Y la trampa funciona (y funciona muy bien) porque nosotros, la masa, caemos en ella, nos enzarzamos en debates estériles sobre si tal o cual tendencia es un invento de la modernidad líquida, mientras las cloacas del estado permanecen inexploradas. Nos indignamos más con un chico que ladra en un parque que con un magnate que violaba menores en una isla privada. Hemos desplazado la rabia, y esa es la victoria definitiva del sistema, convertir la potencial energía revolucionaria en chismorreo sociológico.
¿Por qué somos tan líquidos?
Aquí llegamos a la raíz filosófica, creo yo, no se trata nada más de algoritmos ajenos que nos controlan, sino de una fragilidad humana más profunda, somos seres que se conforman como sujetos a través de la atención, ya sea lo que escogemos enfocar, nombrar y discutir. Nuestra sociabilidad digital produce una narración colectiva, pero no siempre una narración ética.
Hay una tensión ontológica entre lo que merece atención (por su gravedad ética, como injusticias, violencia, sufrimiento humano) y lo que capta atención (lo sorprendente, lo extraño o lo emocionalmente estimulante). Somos animales que, como decía Nietzsche, se aferran a lo sensacional porque nos promete una descarga emocional rápida, una confirmación de identidad o pertenecía, lo llamemos tendencia, viralidad o cultura pop.
Y esa es la liquidez (sí, véase la referencia Baumeana) de la que hablo, porque los algoritmos no inventaron nuestras tendencias; simplemente las explotan.
Esto por lo tanto nos obliga a una pregunta más radical, ¿somos cómplices de nuestra propia distracción?
No basta culpar a plataformas o empresas tecnológicas, en un paradigma democrático, la atención pública es el recurso más escaso y, a la vez, el más vital para la responsabilidad colectiva.
La teoría de la agenda setting, que ha sido central en estudios de medios muestra que los medios moldean la opinión pública no imponiendo qué pensar, sino sobre qué pensar. En ese sentido, cuando temas urgentes dejan de aparecer en nuestros feeds, demuestra una falla civilizatoria, no solo técnica, cómo se podría pensar.
Coda: ¡A recuperar el juicio!
No se trata de demonizar los mecanismos tecnológicos, ni de caer en teorías de conspiración sin base, sino de reconocer la lógica que opera bajo el tejido de nuestra atención, no podemos ser ajenos a la realidad que vivimos, una cultura donde lo impactante confunde a veces con lo importante, donde podemos pasar de una devastación geopolítica a un fenómeno subcultural con la misma facilidad porque así lo determinan métricas de enganche.
Nosotros, la gente, elegimos de qué hablar y qué olvidar, pero esa elección no ocurre en el vacío; ocurre en un campo de batalla emocional y digital minado de señuelos.
Pero ojo, no se trata de vivir en una indignación perpetua ni de negar la pluralidad cultural, se trata de proporción.
Así que la próxima vez que sientas la irrefrenable necesidad de opinar sobre la última tendencia viral que parece haber surgido de la nada para ocuparlo todo, detente un segundo. Pregúntate: ¿de qué estoy eligiendo no hablar hoy? Porque la libertad de elegir nuestro foco de atención es quizás una de esas últimas trincheras de la soberanía popular. Y la estamos abandonando voluntariamente, un scroll cada vez.
Algunas fuentes:
Más información sobre Agenda-Setting https://www.ebsco.com/research-starters/communication-and-mass-media/agenda-setting-theory
Claire E. Robertson, Kareena S. del Rosario, Jay J. Van Bavel. (2024) Inside the funhouse mirror factory: How social media distorts perceptions of norms,
Current Opinion in Psychology,
Volume 60.

