De la trascendencia justa por encima del egoísmo

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Las personas son individuos humanos concretos que se distinguen como unidades funcionales y de contenido, dueños de sus propios procesos psicológicos que son vivenciados con distintos niveles de autoconciencia, pero que funcionan en un contexto sociocultural que conlleva normas, valores y un sistema de instituciones en un marco de esferas de actividades sociales, en los que asumen responsabilidades y compromisos ciudadanos, manifiestan roles desde una posición social y así construyen sus proyectos de vida generando diversas relaciones interpersonales. Así es que el sentido de vida personal carece de contenido real si es limitado al ámbito existencial exclusivamente, pues la persona difícilmente podrá estar insertada en su propia subjetividad, inclusive habría que decir que está es una co-construcción del ente social con el ser personal.

 

Tomando en cuenta lo dicho, sería importante que la persona hiciera un análisis para diseñar su sentido de vida, que parta de la autonomía y la praxis social, pero también haciendo frente a la alienación, a las posibilidades de autorrealización. Se trata de que lo social y lo cultural pasen de ser dimensiones externas para convertirse en configuraciones subjetivas de la persona en tanto sujeto individual.

 

Sin embargo, es de señalarse el absurdo de una existencia que no es, sino que se hace frente a los seres mundanos que son y no existen o no se hacen. Porque para hacerse a sí mismo se requiere un punto de partida, a saber, el ser. Esto es que si la persona no es antes de actuar, no podría elegirse o existir. Es verdad que el hombre es el único ser del mundo consciente y libre dada su espiritualidad y que puede elegir la orientación de la acción hacia los fines que propuso para modificar su propio ser o aquello que ha puesto a su alcance. Así que sólo la persona es capaz de hacerse en tanto generador de mundo. Es decir el ser humano perfecciona a sabiendas y libremente su propio ser y el de las cosas. Pero tal hacerse tiene un punto de partida, que es el propio ser que elige o actúa, sin el cual no hay sentido en la autoelección existencial. Este crearse no tiene sentido sin el ser que se actualiza, sin el ser propio y sin el ser de las cosas, según los casos. Además está cuestión de la  existencia humana tiene un carácter moral, de tal suerte que no es lo mismo elegirse a sí mismo para la justicia, el darse de sí, que para la injusticia y el egoísmo. Pretender negar este hecho sería equivalente a negar la misma humanidad existencial en la acción de lo humano. Sin embargo este carácter moral, de bondad o maldad, propio de la actividad libre humana no tienen sentido, si no se da en tanto la elección de un valor moral trascendente, es decir, darse de sí en la acción justa.

 

Hay que tener en cuenta lo que Heidegger y sobre todo de Sartre apuntan sobre la existencia humana y la elección de darse en sí en el sentido de que no admiten ningún valor trascendente a la existencia misma, sino que hacen depender el valor de la propia elección existencial, son esencialmente amorales. La moral de aquellos que hablan es enteramente equívoca y nada tiene que ver con la moral del sentido común. Reiteramos que el hombre con su espíritu es el único, en tanto generador de mundo, de tener el privilegio de perfeccionarse de manera consciente y libre eligiendo los medios, encauzando hacia la trascendencia su darse en sí, su bien elegido. Así es que está en sus manos y es su responsabilidad generar su propia grandeza y personalidad o la destrucción de ésta y su miseria, y la conquista de su destino temporal y eterno ya que es en la acción de lo humano que con su inteligencia trasciende lo individual fenoménico y aprehende el ser en cuanto tal en su ámbito infinito, esto es, con su voluntad trasciende todo bien concreto y apetece necesariamente el bien en sí, lo que podríamos llamar felicidad, lo que ningún bien concreto puede realizar, y que por eso mismo se es libre para desearlos o inclusive oponerse a ellos. Pero también es verdad que el hombre no es pura elección desde la nada absoluta, sino desde la nada de una determinada perfección de que su ser carece.

 

Ahora bien, hay que estar presentes con algunas distinciones para comprender la acción de lo humano en la elección del darse de sí, de la trascendencia justa por encima del egoísmo. Hay que decir que el ser no es sólo existir biológicamente. Es lo que vamos eligiendo, la personalidad, y lo que aspiramos a ser, el fin superior: la alegría de la felicidad o la plenitud personal en tanto propósito de existencia. Es algo que está relacionado con las motivaciones profundas de logro, de ser, de libertad. En donde están implícitos los compromisos de propósito de existencia con los precios a pagar y esfuerzos que conlleve. Recordemos que el juicio, el señalar y voltear a ver a los demás. Cuando hemos elegido la miseria es la más grande de las justificaciones y habremos fracasado en la elección del darse de sí. Ahora bien, si hemos hablado de la acción de lo humano, está implícito el hablar de un resultado. Sin embargo el hacer es como pegar unos ladrillos, hablar con alguien, atender a un cliente, poner a funcionar una máquina, escribir una estrofa, preparar un pastel de chocolate, jugar un partido de fútbol. No es necesariamente algo material. Es el hacer en general, lo más básico como tarea que se realiza casi de forma inconsciente y repetitiva.

 

Así es que lo que buscamos para ser congruentes con nuestra elección y dar un sentido de justicia en el darse de sí tenemos que hablar del trascender, de otra manera no tendría sentido nuestra elección, estaríamos hablando solamente de un mecanismo de amor de robot mecánico, hay que darle sentido con el amor propio del ser entregándose en . Se trata entonces de salir de nuestro yo para ir hacia los otros, más allá de cada uno y más arriba de cada uno, el darse nos lleva a los otros, al encuentro y al diálogo y consecuentemente a dar, servir, a la solidaridad, al compromiso y la confianza. Así es como evocamos y ampliamos  a nuestro ser espiritual que hace posible vivir a los otros e incluso mirar hacia Dios. Así es que debemos mirar más allá del fruto mundano del tener dinero, cosas materiales u otro tipo de resultado que no son más que mecanismo como hay miles para la materialización de la acción de lo humano. Esto es porque tampoco tendría sentido hablar de darse en sí, sí no es en tanto lo humano. Sin embargo, además de cosas, yo puedo tener sentimientos, conocimientos o virtudes, que tampoco debo de confundir con el ser en sí ya que no son parte de él, también son elementos que he elegido tener en el darse en sí. Lo que no tengo no lo puedo ofrecer.

 

Sin embargo es muy importante distinguir el ser del tener. Cuando la generosidad se pierde, y el tener es amo y señor, vale la expresión: Esta persona es tan pobre que lo único que tiene es dinero. Pero cuando la generosidad preside y guía el pensamiento y la vida, tiene sentido un comportamiento como el de la Madre Teresa de Calcuta quien, al decirle alguien: Lo que usted está haciendo yo no lo haría ni por un millón de dólares, reaccionó diciendo: Yo tampoco lo haría por ninguna suma. La acción de lo humano es dar, donar, entregarse a los demás, para ofrecerles el don de lo mejor de sí mismo. Sin perder lo que tiene, sino logrando mucho más, reforzando su haber interior. En torno al tener se genera una actitud egoísta, centrada en la búsqueda del dinero, el poder y el placer que, impulsada por el consumismo, genera una ética individualista que sólo logra conjugar el yo. Este se encierra en sí mismo. Y a la larga lo rodean la tristeza y la soledad. Pero en torno al ser se genera una actitud generosa que busca el dar, el servicio, la solidaridad, y por encima del individuo y del yo, surge el nosotros, los individuos humanos de los que hablamos al iniciar este texto. Así se abre paso a la noción de comunidad que construimos entre todos, y a la que contribuimos siendo lo que somos, tendiendo ser mejores y, sobre todo, aprendiendo a dar y servir constantemente. De una ética individualista pasamos a una ética personalista y comunitaria.

 

El dar duele en tanto un desprendimiento, duele mucho y es cuando apenas comenzamos a dar. Pero la persona no se rebaja, se dignifica. El servicio es una forma de trascendencia, que nos saca de nuestro yo, para llegar hasta los demás. Como también una forma de trascender es ser amigo y expresarse solidariamente o ser socialmente responsable. No se trata de servir de acuerdo a con ciertas técnicas. Sólo siendo auténticos podemos servir. Se convierte en nuestra forma de acción de lo humano. Se convierte en una forma de actuar que es una forma de ser. Como no recordar Hakuna Matata en la pantalla grande, una metáfora de vida. Se trata entonces de un elegir darse en sí en tanto la palabra en acción que crea, es una tarea en la que nadie me puede sustituir. Nadie puede vivir por mí mismo o asumir mis propios ideales. En ese sentido se puede decir que yo seré lo que elija ser y de manera responsable seré el único artesano de mi triunfo o de mi fracaso y por ello elijo el darse de sí para nosotros.