De lamesuelas y patrioterapia hay en El vendedor de silencio, de Enrique Serna
Primera de dos partes
Estar frente a Enrique Serna, quien por su aspecto circunspecto, serio, no cree uno que es el autor de El vendedor de silencio, en donde refleja la vida de un periodista que hizo época en el diario Excélsior, Carlos Denegri, el mejor y más vil de los periodistas, calificado así por Julio Scherer García
Carlos Denegri murió en 1970, asesinado por su última esposa, Linda. Quizá la mejor representación de lo escrito por Serna, la da Xavier Velasco, quien al hacer una lectura rápida del libro dice:
Mi historia igual que un dios abstracto que no se reconoce en el espejo, porque es todo impostura y disimulo, escribo estas palabras aún bajo la influencia de El vendedor del silencio.
Una de esas novelas infrecuentes de cuyo sortilegio no es posible escapar, pues en donde pescarlo a uno del cogote, le hace creer con amplio fundamento que su idea de México ha sido sacudida de raíz.
Esta historia de un hombre corrupto y tempestuoso, villano prototípico cuyo retrato cáustico pinta de cuerpo entero a un país imposible, donde hasta la verdad más evidente puede ser suprimida o negociada.
No es la primera vez que Enrique Serna le da genio, figura y épica íntima a un personaje ruin y alevoso, pero si en El seductor de la patria pintó a un Antonio López de Santa Ana grotesco, retorcido y lastimero, su retrato recóndito del periodista Carlos Denegri descubre a un personaje tan extremo, que a más de uno le costará aceptar su calidad de engendro, sintomático del México posrevolucionario donde entre militares, licenciados construyeron un inmenso santuario de bribones, cuya huella no acaba de borrarse. Quién sabe si no siga creciendo.
Es un México próximo el que el autor describe a 50 ó 100 años de distancia, pleno de lamesuelas, felones, enfermos de machismo y aquejado de múltiples complejos que se guarecen al cobijo de la patrioterapia.
No tiene que ir muy lejos el novelista para llevar a cabo una regocijante introspección, experto en el sondeo de las mentes granujas, explorador a un tiempo despiadado y empático de la flaqueza humana.
Enrique Serna nos lleva de viaje por el leonero sol truculento que se oculta en el cráneo del pérfido Denegri y en tal modo es profunda su excavación que incluso los lectores rectos y pudibundos, debe haberlos en alguna parte, no sabrán evitar ciertas complicidades invita a todo, menos a la indulgencia.
Rapaz, desvergonzado, discrofariseo, majadero, indolente y misógino a extremos nauseabundos, algo le queda de entrañable al monstruo que provoca las risotadas recurrentes que nos merecería un pariente del todo impresentable.
Si el Santa Ana de Serna pudo pasar piquero, a este Denegri ególatra y ensimismado le bastan tres jaiboles para ganarse el rango de criminal, aunque lo cierto es que no inventa nada, el verdadero monstruo es el sistema, es más de más y menos que aclimatarse como ningún otro.
Acostumbrado desde la niñez a vivir a la sombra de los privilegios y aceptar como cosa natural la ordeña cotidiana de principios mundiales, en su negocio puta es todo el mundo y no hay otro matiz que la tarifa.
Mención aparte vale el desfile de nombres y prohombres que con gran excepción libran la porqueriza transexenal, afortunadamente para nosotros los que leemos bajo la compulsión de que exhuman negros secretos de familia, hace ya tiempo que la gran mayoría de los involucrados alimenta la flora del camposanto.
De manera que el novelista se da gusto pisando toda suerte de callos otrora prestigiosos, mandatarios, ministros industriales, cantantes, estrellas, literatos, prácticamente todo el who’s who nacional entre Carranza y Echeverría pasan lista en las páginas de El Vendedor del silencio donde el Serna sardónico al que tanto admiramos los lectores, deja pocos calzones sin bajar.
Imposible reírse sin escandalizarse y viceversa.
Podría citar líneas y personajes, pero es tan grande el gozo de hacerlo libro en mano, con la cosquilla propia de quien sigue los trazos de una mano maestra, que dejo este deleite a los beneficiarios del banquete.
Tengo una sola queja y he esperado este medio millón de páginas durante varios años y las leí completas en tres días, no hay derecho, me cai.
Parte del contenido del libro:
Para darles una probada de esta novela, dice Enrique Serna, vamos a hacer una lectura dramatizada de dos fragmentos de una larga conversación que Carlos Denegri tiene con Jorge Piñó Sandoval.
Piñó Sandoval, fue otro periodista importante de la época, que dirigió una revista Presente, que durante su corta vida, porque duró menos de un año, denunció todas las corruptelas de la camarilla de Miguel Alemán, publicando además fotos de las casas que sus ministros estaban construyendo desde el segundo año del sexenio.
Desgraciadamente a Piñó le cortaron el suministro de papel, le destruyeron la imprenta donde hacia esta revista y se tuve que exiliar a Buenos Aires, es el ejemplo de un periodista que trató de abrir un espacio a la libertad de expresión y que fue aplastado por el régimen.
A mí me pareció importante incluirlo dentro de esta novela, porque quise mostrar que no todo fue tan negro en el periodismo mexicano de esa época.
Hay dos personajes en mi libro que son un antíntesis de Denegri, él y Julio Scherer quien fue un personaje importante en el derrumbe de Carlos Denegri, cuando él llegó a la dirección del Excélsior con la idea de limpiar el periódico de elementos indeseables que a él le avergonzaba tener en esas páginas.
El fragmento que vamos a leer, ocurre después de que Denegri participa en un homenaje que le rinden a Rodrigo de Llano quien fue director del Excélsior durante 30 años y formó una mancuerna con Carlos Denegri quien era su consentido en el periódico, su reportero estrella, le daba constantemente las ocho columnas.
Estamos hablando del periódico más leído de México en ese tiempo que tenía tirajes superiores a los 100 mil ejemplares que en la actualidad no tiene ningún periódico.
El texto de referencia:
Cinco años después de la muerte de Rodrigo de Llano, en un auditorio se reúnen Julio Sherer y Denegri, hablando de este señor.
Mientras están hablando de él, Denegri ve que entra al auditorio Jorge Piñó Sandoval quien después de haber sido su amigo, porque él lo llevó al Excélsior siguieron trayectorias diferentes porque Piñó nunca estuvo de acuerdo con el merceranismo de Carlos Denegri.
De hecho lo ha estado evitando, porque varias veces le habló Jorge Piñó a su oficina y él le decía a la secretaria que dijera que no estaba.
Después de ese homenaje, Denegri tiene pensando irse a tomar un trago con dos amigos que están ahí presentes, que son Manuel Mejido y Enrique Loubet Junior, reporteros importantes del Excélsior de aquella época; pero como Denegri es un tipo que tiene muy mala copa y ellos ya lo saben, los dos que escurren el bulto para no irse a beber con él, creo que eso les pasa mucho a los alcohólicos agresivos, llega el momento en que se quedan sin amigos.
Entonces para Denegri de pronto se le acerca al final de este homenaje Jorge Piñó Sandoval y es su oportunidad de tener alguien con quien emborracharse.
-Qué sorpresa Jorgito cuántos años sin vernos, te estuve buscando por teléfono, pero nunca estás en tu oficina.
– ¿Le dejaste recado a mi secretaria?
– Por supuesto.
– Qué raro, Evelia no me lo pasó.
– Como sólo te juntas con banqueros y ministros, ha de pensar que soy una persona que no vale la pena.
-Cómo crees Jorge siempre estoy disponible para los buenos amigos. Le voy a dar un jalón de orejas a esa tarada.
-Quisiera hablarte en privado Carlos, vine a pedirte un favor personal.
*Era un deleite ver al mesías del periodismo, al campeón de las denuncias demoledoras, rebajar al papel de pedigüeño, si le guardaba rencores se los tendría que tragar y por lo tanto no tenía motivo alguno para temerle.
Había encontrado por fin, al compañero de farra que tanto andaba buscando.
-Qué te parece si nos vamos a echar un trago, para hablar con calma.
*Se lo tomaron en el Tío Pepe, una vetusta cantina de la calle de Dolores, con gabinetes de caoba carcomidos por la polilla, espejos biselados con manchas negras y un larga barra barnizada con laca carmesí, atendida por un anciano, don Chucho que los reconoció al entrar.
Había dos o tres grupitos de parroquianos jugando al dominó y por fortuna la rockola guardaba silencio.
Ambos frecuentaban esa cantina en su juventud, cuando reporteaban como leones, sometidos a un ritmo de trabajo inmisericorde y descargaban ahí las tensiones de sus jornadas agotadoras.
Denegri nunca recalaba y hay cantinas de medio pelo, pero le pareció el escenario ideal para evocar los viejos tiempos con un jaibol en la mano.
– Ahora sí explica mejor ¿para qué me necesitas?
– Una tía muy querida es dueña de unos terrenitos en Fresnillo y el presidente municipal del pueblo, un cacique ladrón se los quiere quitar a la mala con chicanas legaloides.
Tiene de su lado los jueces y si la opinión pública no los presiona, puede provocar el despojo, mi tía es viuda y esos terrenos son su único patrimonio.
¿Podrías defenderla en tu columna?
-Faltaba más, hay que ayudar a esa pobre mujer, pasado mañana sale mi artículo y te prometo que ese rufián renuncia a su puesto o mejor dicho, lo renuncian.
Sólo tengo una duda Jorge, tú eres cuatísimo de un montón de periodistas, Renato Leduc, José Alvarado, Martinez de la Vega, ¿por qué no acudiste a ellos?
– Porque ellos tienen influencia en los lectores, tú eres un interlocutor del poder, si denuncias a ese rufián, es más probable que el gobernador de Zacatecas lo pare en seco.
– Como quien dice, me buscas por influyente, no porque sea un buen periodista.
– No quise decir eso, pero los políticos te hacen más caso a ti, porque te ven como un miembro de la familia.
– También tú formas parte de ella, no.
– Tengo una chambita en la subsecretaría de la presidencia, soy jefe del departamento editorial.
– ¿Y cómo te va?
– Empleo rutinario y anodino, en el que puedo delegar la mayor parte de mis funciones para dedicarme a lo mío, leer, ir al cine, jugar con mis nietos.
Editamos cada año la crónica de las actividades presidenciales en gruesos tomos empastados en cuero, que van a dar directamente al boiler de las sirvientas.
– Me alegra que por fin hayas sentado cabeza Jorge, te metiste en camisa de once varas, por un momento pensé que ibas a acabar seis metros bajo tierra.
– Di las batallas que me tocaban y ahora le toca luchar a los jóvenes, aquí entre nos, hiciste un retrato muy idealizado de Rodrigo de Llano, la verdad es que era un perfecto cabrón.
– Como decía Roosevelt de Somoza, era nuestro cabrón.
– Será el tuyo, a mí no me tragaba. Tardó más de tres años en dejarme publicar un reportaje firmado, y cuando tuve la fuente de la Procuraduría no paraba de chingar, sácale más desplegados, se han anunciado muy poco, me presionaba.
Este periódico vive de ordeñar las fuentes.
– Así funcionan los periódicos en este país, pero tú eras demasiado idealista para entenderlo.
– El skiper lo decía con más crudeza, me tachaba de pendejo, a ti en cambio te ponía como ejemplo, porque le dabas a ganar dinero al periódico.
– Te consta que siempre te defendí, varias veces le pedía a don Rodrigo que no te cargara la mano, pero en vez de agradecerlo, te distanciaste de mí.
En algún momento comenzaste a pintar tu raya como si yo tuviera roña.
– Me di cuenta que no podíamos congeniar, tú eras un periodista con mentalidad empresarial y querías hacerte rico a como diera lugar.
– ¿Tú no?
– Yo tenía otra clase de ambiciones.
– Claro, liberar al pueblo de sus cadenas, extirpar el cáncer de la corrupción, alzar el puño contra la injusticia social; te felicito, casi logras ser un mártir de la prensa libre, pero yo supe desde chavo que en la política real, el bando del bien no existe.
– Quizá no exista, pero alguien tendría que crearlo.
– Eso fue lo que intentaste con tu revista y mira cómo te fue.
*Denegri, tamborileó la mesa con una mueca de perdona vidas, quería tener la razón de su parte y no le importaba que Piñó aprovechara esa circunstancia para sentarlo en el banquillo de los acusados.
Pues le sobraba destreza, para bajarse del banquillo y subirlo a él.
– Sin ánimo de ofender Carlos, hay algo de ti que me intriga, me consta que en tus inicios tenías ideales, en qué momento te volviste cínico.
– Pragmático más bien, no te olvides que mi padre fue dos veces secretario de Estado, con él aprendí a moverme entre chacales.
– Y también a imitarlos.
– Qué pasó mi buen George, ya vamos a empezar con los descontones.
– Entiendo que un tipo brillante y ambicioso como tú haya querido explotar su talento, pero en el periodismo el prestigio cuenta mucho, nunca te dolió perderla.
– Ay Jorge no seas ridículo, en esta monarquía sexenal el prestigio de cualquier periodista depende de su cercanía con el presidente.
– Pero hay una minoría ilustrada que sabe quién es quién.
– Tres o cuatro intelectuales amargados que no le importan a nadie, y todos piden de rodillas un puesto público.
– Muchos de ellos te odian.
– Pero también me temen y no sabes cuánto gusto me da tenerlos cagados de miedo.
– Todo (el) mundo cree que eres maldito de nacimiento, pero te conozco bien y sé que de chavo eras buena gente.
– No se lo digas a nadie por favor, he batallado mucho para hacerme la fama de cabrón.
*Piñó esbozó una sonrisa agridulce, más despectiva que aprobatoria.
– Te guardaré el secreto, pero no has respondido a mi pregunta ¿cuándo te empezaste a volver pragmático para decirlo en tu fino lenguaje?
– Me estás preguntando cuándo perdí la virginidad, déjame hacer memoria, pero si viniste a reportear, por lo menos discútete la siguiente ronda. (Continuará)

