De miasmas psicógenos, vilezas y el desuso de la mente

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Pasada la hecatombe, va el primer testimonio de supervivencia. Terminaba el 2023. Tenía asignadas tres materias en la carrera de psicología en tres grados distintos: primero, sexto y séptimo. Tres asuntos del miasma psicogénico que silentemente ha permeado la carrera sin que nadie, tal parece, lo note. Tres problemas a la vez. 

De tal modo, trataré de ser breve al ofrecer este contexto. 

Primer asunto. Fue sorpresivo detectar que aquellos alumnos de séptimo cuatrimestre tenían un pobre manejo de conceptos de investigación bastante necesarios para la materia de Práctica profesional l. Así, todo ello derivó en lo que ellos definirían, puedo garantizarlo, en una presión injustificada que no era otra cosa que el rigor que el marco teórico exige para llevar a buen sitio un proyecto de intervención que a grandes rasgos pusiera en práctica lo que hasta el momento habían aprendido. 

No hubo buenos resultados, el grueso del grupo estaba en examen final. Para pasar esa instancia debían presentar un nuevo trabajo cuyo esqueleto contenía apartados desarrollados escuetamente en no más de tres renglones, sin cita alguna, o lo que es peor, conceptos descaradamente copiados de internet. 

No los culpo, todos, en algún momento de nuestro paso por la universidad recurrimos a medidas desesperadas para librar una materia valiéndonos de recursos descabellados. Lo que tacho es la actitud, pues ante el riesgo de tener que presentar exámenes especiales con un costo adicional o recursar el material, echaron mano de mentiras flagrantes de poco honor en una lucha de poder ominosa que sería digna de analizar en cuasi profesionales de la salud mental. 

Segundo asunto. No lejos de aquel conflicto, tocó el turno de presentar su examen final a mis alumnos de primer cuatrimestre. Tuvimos una situación previa que responde a su novatez en la universidad, cosas tan simples como no ponerle el nombre a su examen y yo no saber a quien correspondía ese 9.1 en la lista. Cuando el examen inició, dije eso: póngale el examen por favor, si no, no puedo evaluarlos. Cuando el examen terminó, fulanita de tal se acerca a mí junto con sus amigas, y me dice: profe, queremos decirle algo. La paré en seco: momento, ¿qué haces aquí? Me dijo: yo fui la que no le puse nombre a mi examen, jeje. Apretó un ojo, apenada. Ella era una de mis mejores alumnas. Entonces vino lo importante: queremos pedirle que tenga cuidado con lo que nos dice. Sentí vértigo al oírlo, y cuando pregunté por qué. Casi en coro advirtieron: Zutanita dice que lo va a demandar, que porque usted ya la trae con ella y que porque nos amenazó con reprobarnos en el examen. 

Sin anticipar aquello, miré dentro del aula, los alumnos a los que les faltaba de uno a cinco décimos para aprobar tuvieron la oportunidad de pasar sus errores en limpio. Entre ellos estaba Zutanita. Les pedí que vieran hacia dentro, y dijeron: sí, sí, ya nos dimos cuenta, pero el asunto es que una de nuestras maestras le dijo que sí: que, si quería demandar, lo hiciera. 

El entuerto se resume muy rápido, en cuanto monté en rabia, fui con mi coordinadora para exponer el caso. De inmediato dijo: tenemos conocimiento maestro, la mamá estuvo aquí la semana pasada y le hicimos notar que su hija no había cumplido con sus trabajos en tiempo en forma. En eso, la pandemia ayudó, desde entonces los trabajos se registran con fecha en línea. Aclaramos la tontería del examen, pero antes de salir, advertí algo que diría más tarde en una junta de academia: hay que tener mucho cuidado, compañeros, con las estupideces que se dicen con tanta ligereza, porque no saben qué puedan causar. 

Estos dos asuntos, la muerte de uno de mis dos sobrinos y un segundo testimonio de corte más íntimo que me reservo para la necesidad de una novela que escribo actualmente, me tenían con el cerebro frito cuando en abril nos llegó la invitación por parte de la UAEMéx para asistir a la conferencia: De fatiga laboral a neurosis magistral (aquí faltaba puntuación en el cartel) una mirada psicoanalítica a las causas de perturbación de la salud física y emocional del docente

Un brevísimo paréntesis. Los psiquiatras en el país son insuficientes para atender al grueso de la población que requiere de ellos, por eso resulta complicado, dos o tres meses de espera, para una primera cita. De tal modo que, cual lancha inflable con parches de cinta que aparece en medio del océano mientras te ahogas, decidí asistir y buscar algunas respuestas. Todo, a pesar de que en el título de la conferencia llevaba una de las palabras que más repelo a la hora de mi práctica profesional y docente: psicoanálisis. Fin del paréntesis. 

Antes de pasar al brete de la conferencia en turno, me permito otra acotación. 

Cuando hacía mis prácticas profesionales en el lejano 2012, recibí en el cubículo de trabajo social de la escuela secundaria en que también había estudiado, a una seguidilla de alumnos mandados por problemas de indisciplina dentro del aula. Luego de escucharlos, llegué a la conclusión de que el común denominador era aquel patético personaje que en cada oportunidad en que me encontraba en los pasillo u oficinas me decía: psicólogo, ¿verdad? Estudiante. Bien, nos hace mucha falta un psicólogo aquí, los chicos son muy rebeldes, holgazanes, desinteresados, y ofrecía alegatas de corte mental descontinuadas ya para esa fecha, y sólo con el pretencioso objetivo de llamar la atención ante sus obvias carencias profesionales, pues más tarde, en indagaciones certeras, supe que aquel profesor se la pasaba ridiculizado a sus alumnos en cada clase. 

Volvamos pues, a lo importante. 

Llegué puntual a las instalaciones de la UAEMéx. La cita era en el auditorio. Ahí había si acaso otros 5 ó 6 profesores, algunos cuantos de ellos, viejos conocidos en mi etapa como estudiante. La cosa no pintaba bien pues. En primera fila, de pierna cruzada y voz estridente, estaba aquel médico que le preguntaba al ponente qué opinaba sobre la tecnología y las redes sociales, que, según su flaco punto de vista, es un mal urgente que atender. 

Lo último que supe de ese sujeto fue que hostigaba a un chico hasta que sus padres tuvieron que intervenir. Y como alumno, no puedo garantizarlo, pues nunca fue mi maestro, aquellas arcaicas prácticas en épocas de exámenes que le dieron un patrimonio y le ahorraron mucha mano de obra. En cuanto a sus conjeturas, habría que informarle que Sugata Mitra ha estudiado el uso del internet en el aula, y sus beneficios. Observaciones más útiles que la pereza de una opinión prejuiciosa. Por otro lado, miento, la última vez que tuve contacto con él fue profesionalmente. Envuelto en un grupo de terapia de la risa (mea culpa por lo cual me disculparé siempre en aras de la ciencia) me llevó a hacer burocracia de salud con un grupo de padres saturados de estrés, pues aquella comunidad tiene los índices más altos en el país (dato suyo) de discapacidad intelectual y motriz por el incorrecto uso de pesticidas. 

El número de asistentes se multiplicó débilmente. La conferencia comenzó. Sospecho ya de quien en el saludo usa mal los signos de admiración en la primera diapositiva. Después, de quien, en la sintomatología del malestar en turno, al puro estilo del Efecto Forer, habré un espectro tan amplio, que de forma accidentada provocó que una de las tres maestras a mis espaldas, dijera, entre risas: uy, yo encajo en todas. Se rieron en grupo porque en verdad creían, por un lado, ser estudiantes otra vez, y por otro, por que no sabía lo ridículamente reveladora que resultaba ser su broma. 

No obstante, no me detendré a criticar esos ya de por sí débiles criterios de diagnóstico, sino dos conceptos empleados para conducir la conferencia: neurosis e histeria. 

El termino neurosis, acuñado por William Cullen, nace en el siglo XVIII. Desde entonces se han establecido debates porque se ha empleado en el terreno de la psicología de forma peyorativa y eso ha derivado en la petición de su reformulación o bien, su eliminación de las discusiones de la ciencia. Lo mismo que pasa con otros conceptos de corte psicoanalítico como neurasténico, instintos sexuales, represiones o histeria. Este último, más grave. Revisemos, pues a la histeria. 

Carla Torralba Suárez, a través del blog Master de Salud Pública y Gestión Sanitaria, de la Escuela Andaluza de Salud Pública, refiere sobre la histeria: Esta patología no era más que un desorden proveniente de un puritanismo extremo y de una marcada represión sexual. No existe pues una razón de ser de la llamada histeria más que la misógina de la época que ante la irrefrenable excitación de las mujeres, eran tildadas de locas e histéricas, y luego de pasar por la remoción del útero o la hoguera por la represión de los tiempos, u otros castigos abominables, terminaron por recibir un tratamiento no menos espelúznate en el medievo: paroxismo histérico, que no era otra cosa que el orgasmo provocado por la masturbación de un tercero. 

Cientos de condimentos de como se dio este hecho quedan a la imaginación, prácticas que son para dejar a cualquier con la boca abierta. Lo importante es que, desde 1952: La Asociación Americana de Psiquiatría (APA), desacreditó a la histeria como una enfermedad, pues aquello que fue tildado como una posesión casi demoniaca, no era más que negarles a ellas el disfrute sexual.

¿Qué hacemos entonces diagnosticando el estrés laboral en docentes con términos que hace mucho están en desuso en la psicología? 

Pausa. Advertí que eran tres asuntos los que daban tono a este testimonio. Aquí el tercero. 

Con el grupo de sexto cuatrimestre llevaba la materia de Modificación conductual. Era un grupo de alta exigencia, tenía matriculados a un médico, dos pedagogos, un sacerdote, dos ingenieros, una publicista extranjera, entre otros. Todo iba bien hasta que ésta última opuso resistencia al decir que el eje de la clase iría en términos científicos, eludiendo las ideas delirantes del psicoanálisis, cosa ante la que se resistió desde un inicio. Omito el país, pero entiendo aquel sesgo cognitivo dada la tradición arraigada por el psicoanálisis en su país de origen. 

No importaron los argumentos de mi parte, el portal se cerró alegando una cosa que a todas luces es errada: es la psicología la que tiene el problema con el psicoanálisis y no al revés. Habría que reflexionar si es que podrían esos rebeldes insurrectos ejercer sin un titulo que de la carrera de psicología proviene. Abordar la salud mental de los pacientes sería imposible, sería lo mismo que ir con un chamán, a una lectura de cartas, a que te equilibren los chacras o te masturben. ¿Es claro esto? Creo que para quien goce del sentido común lo es.  

¿Por qué es importante este asunto? Aquella tarde, cuando me avisaron que la salud de mi sobrino había empeorado, estaba en el edificio de la carrera para pedirle consejo a mi director sobre el asunto de las calificaciones de mis otros alumnos. Sentía que mi propio malestar me rebasaba. Concluyendo que era mejor ceder ante la imbecilidad por salud mental, terminó por compartirme que aquella alumna había presionado para que yo no les diera clase, advirtiendo que yo los había ofendido. Otra mentira. Le dije: usted estuvo en la presentación de mi libro, noté cómo sus ojos y los del resto de la audiencia se abrieron como platos en cada grosería que usé, pero no es otra cosa que la naturalidad del lenguaje. No fui el único. Pero de eso, a ofenderlos, lo niego tajantemente, soy respetuoso en mis interlocuciones incluso si soy procaz o accidentadamente vulgar o mal hablado. Discutir esto resulta cansado, de un puritanismo insulso. Octavio Paz dejó, por ejemplo, que la grosería es la expresión más pura del mexicano. Hay que pensar en un oficial de transito cualquiera para entender lo falso y torpe que suena en el habla falsamente formal. Reitero, cansado. 

Terminé esa charla diciendo: es importante que reflexione sobre mi abordaje y mi lenguaje, y no atender a censuras cobardes. Me animo a pensar que no era el lenguaje lo que le hacía estridencia, sino aquel dogma de fe en que se convierte el psicoanálisis dentro de la carrera y sus creencias acorazadas que acaban por morder a quien se atreva a cuestionar algo que desde hace mucho no es considerado por la misma APA como un tratamiento terapéutico válido. 

Estaba decidido a tragarme todos mis datos en cuanto a neurosis e histeria durante aquella conferencia, sobre todo porque paradójicamente, aquellos atropellos no me estaban ayudando a sentirme mejor, sentía la urgencia de un cigarro a la voz de ya y lo único que quería era que cerrara su participación para salir de ahí y no hacer un aspaviento que pudiera ser tomado como una grosería. Sin embargo, el final fue lo peor. 

Como parte del cierre, propuso que maestros estresados, quienes no recibieron una alternativa al porqué de su estrés mental, trataran ellos mismos a los alumnos caóticos y desubicados, recomendando de refilón no ir a consulta psicológica, pero sobre todo advirtiendo: no hay que dejar que droguen a los chicos y anden como zombis en la escuela. Fui el que abrió los ojos como plato entonces. De inmediato pensé en los chicos con TDAH, ansiedad, depresión aguda, trastornos alimenticios. Su invitación pasaba por alto esos padecimientos y exponía, no es cosa menor ni exageración, a un riesgo mortal a terceros. 

Ofrezco otro argumento. 

En ese momento daba la clase de Farmacología. Una de las prerrogativas de mi clase fue llevar con cautela el empleo de los fármacos para tratamientos psiquiátricos, pues los estudios recientes alegan que no es concluyente aún que el fármaco por sí sólo sea una fuente de neurotransmisores al cerebro, de acuerdo con la psiquiatra Joana Moncrieff

Entonces, antes de la palmada amable, las fotos, y luego de los comentarios de relleno, del me parece interesantísimo esto y los es muy útil, tomé la palabra y le dije: amén de que estoy en desacuerdo con algunos de los conceptos que usas, de tus orientaciones para hacerlo, sí debo decir que me parece delicado que vengas y digas algo así con quienes de manera indirecta tienen a su cargo a cientos de chicos en una etapa tan convulsa. 

Cuando lo dije, el ponente eludió la confrontación paupérrimamente, diciendo que tenía los elementos para defender su conferencia, datos que en ese momento no podía ofrecer, cosa que me dejó mucho más irritado que antes. Ofrecí el argumento de arriba sin ahondar demasiado en atención al resto de presentes, pero en el acto, el médico, dentro de su infinita estupidez se rió, sin decir nada ni sumar nada valioso más que su petulante figura de poder que seguro ya ha hecho demasiado daño en otros rubros. Para acallarlo, dije: bueno, si algo quedó demostrado en la pandemia y que los médicos pueden resultar bastante ignorante en términos de ciencia. Ah, y mucha culpa tienen en el empleo de medicamentos en consultas deambulatorias de primera vez por ansiedad y depresión sin atacar el problema o referirlo a los verdaderos profesionales. 

Hubo otra participación, un vulgar (profunda embriagues me provoca usar la palabra correctamente) ex director de mi época dijo: tengo hijos y nunca los llevé con el psiquiatra, aunque me lo decían, ellos solitos tienen que salir adelante, es parte de la vida, lo dijo ante de salir a contestar su teléfono cuyo tono con el inicio de la canción de Banda Rodeo llegó, hizo reír a todos, calándose sus espantosos pantalones caídos por debajo de la cadera. No lo había notado porque había llegado tarde, seguro, a cumplir con su tarea burocrática, ir por una firma. Opinando sobre algo que no conocía ni en la brevedad. El último recuerdo que tenía de este singular personaje fue aquella vez que lo encaré en la puerta de la escuela porque aprovechaba con su horda de secuaces, para robar las mochilas y pertenencias de los alumnos mientras íbamos a recreo. Aquella vez, ante la amenaza de no dejarme pasar, le dije: tú sabe lo que pasa, ¿qué casualidad que cuando te reclamé y te dije quién nos robaba, nuestras cosas estaban ya en la recepción de la dirección? ¿por qué nos los corres. Tal parece, lo único que había cambiado, era el pelo cano, pues la vulgaridad seguía intacta, en esa sonrisa socarrona y maniaca. 

Lamento, aunque no me causa remordimiento alguno, cada una de las distracciones en este texto pues, de alguna manera u otra fueron las ideas que me hicieron ruido en estos largos y aciagos meses de rehabilitación. Por ejemplo, notar pasado el mal trago, lo desprotegidos que podemos estar quienes ejercemos, dicen en cada convivio del día del maestro, esta noble profesión

Recuerdo perfectamente que al inicio de aquella conferencia perdimos tiempo considerable en las credenciales del protagonista. Tiempo que después fue reclamado cuando la verdadera discusión, aquella edificante (una maestra de las platiconas estuvo de acuerdo conmigo) se gestó, pues entonces ya no había tiempo, había que cumplir con otro compromiso, con los alumnos, me pareció escuchar. 

Por el momento, tengo que cerrar esto, pues tengo que tomar un baño e ir a dormir. No sin antes revisar texto para las tres clases que el día de mañana tengo a unos 40 kilómetros en el ostracismo en que me hallo. Y no, cómodamente, en un podio a costillas de un membrete o grado académico cuya única utilidad sea desinformar a las personas, provocar miasmas, adeptos rijosos y reaccionarios, y peor aún, abonar a la burocracia educativa de este país, que prefiere palabras adecuadas, un buen corte, un buen traje y no sentido crítico incentivar la cognición en una comunidad académica y estudiantil con cada vez más pereza por pensar (otro fenómeno explicado por la ciencia). 

Pero, si lo que deciden es no confiar en mí o mi palabra, les cuento esto. Uno de aquellos estudios de caso que llevé a la clase de modificación conductual, y las ideas que de él estribaron, fue en buenos dividendo tratando un caso de síndrome de atracón. Por otro lado, en cuanto en al primer asunto, advertí antes de las vacaciones de aquella triste navidad, que, si no se ponía atención a esos arranques de violencia velada, aquello podría detonar en una situación a lamentarse y, ¿qué creen que sucedió? Por su parte, mis tiernos alumnos de hoy, tercer cuatrimestre, a cada oportunidad me piden regrese. Además, aquella chiquilla imprudente que amagó con demandarme se dio de baja al siguiente cuatrimestre.