De recuerdos

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A veces, el caminar por un sitio de la ciudad puede traernos un cúmulo de recuerdos que pocas veces analizamos. Recuerdos vagos que llenan la tarde mientras el recorrido cumple con un destino.

 

A mí me pasa por lo general cuando voy rumbo a la cafetería, y sobre todo, en la calma del paseo vespertino, mirando desde lo más alto las siluetas de una ciudad que de pronto atardece y los colores que tiene son más perfectos y poco difusos.

 

Esa vista me hace recordar la otra ciudad en la que crecí, con sus casi perfectos atardeceres, edificios que nunca crecieron, calles angostas en donde el caminar era un silencio acompañado y fortuito.

 

Y los recuerdos de pronto aparecen con otras ciudades en donde los pasos resonaron mientras el cigarrillo (infaltable en otras épocas) era un hilo de humo que se perdía entre los muros y las miradas de cualquier lado se detenían en los cristales de una tienda de cristales (paradojas de pueblo grande).

 

En cierta ocasión, mi vagabundeo me llevó a un pueblo en donde lo único que sobresalía era la lluvia de la tarde y un ronroneo inmisericorde de las tejas golpeadas por el agua.

 

No existían rostros que caminaran. Los únicos que se alcanzaban a ver estaban dentro de las tiendas, meditabundos, algunos tristes, otros melancólicos, y los más fastidiados por la constante llovizna que impedía el camino apresurado hacia cualquier sitio.

 

Ese pueblo tenía como atractivo precisamente sus tejados y un mercado blanco que llenaba las tardes con sus mantos, el sonido del barro chocando en el piso, aromas extravagantes de comida y un suave hablar de lengua madre que nunca entendí.

 

No era un gran nombre, pero si tenía un nombre sonoro. Y esa sonoridad permitía que la palabra se aposentara en las paredes con firmeza y fuera parte de un paisaje que normalmente nadie veía.

 

Esa tarde de lluvia, miraba desde un portal el sol atravesando la cortina húmeda. Los cabellos escurrían por mi frente (sí, todavía tenía cabello) y en los dedos jugueteaba un libro que, a la distancia de los recuerdos, he olvidado su nombre.

 

No es de importar el título, pero siempre que tomo un libro de los estantes, ya sea de mi casa o de una librería, el título irremediablemente me lleva a una situación específica: sitios, calles, ciudades, momentos, oscuridades, silencios.

 

Algo que casi nunca he podido evitar.