Deber ser
Ya todo mundo ha regresado a sus actividades naturales, y lejos de aprender lecciones seguimos en la búsqueda de paradigmas adversos que simplemente se convierten en contrasentidos.
De todos ellos, hay espectáculos que se repiten; personas que defienden su zona de confort como si fuera patrimonio cultural, la convierten en fortaleza, la adornan con banderas de excusas y la protegen con discursos de victimización. Aquí estoy bien, aquí no me muevo, proclaman, como si la vida premiara la inmovilidad y castigara la osadía de crecer.
La ironía es que esa zona de confort es más frágil que un castillo de naipes, basta un soplo de realidad para que se derrumbe, y entonces aparece el recurso favorito: culpar al líder, al compañero, al sistema, a cualquiera menos a uno mismo. Porque claro, reconocer la incapacidad de buscar crecimiento sería demasiado incómodo.
El deber ser no exige hazañas heroicas, exige algo mucho más difícil: humildad para aceptar que no somos mejores que todos, que denostar al otro, no es un escudo para justificar la falta de criterio, que crecer implica riesgo y dolor, pero también la única posibilidad de mejora real.
Defender la zona de confort a ultranza es como abrazar una silla en medio de un incendio: da la ilusión de estabilidad mientras todo se consume alrededor. Y mientras tanto, quienes sí se atreven a moverse, a fluir, a cumplir con lo que les toca, avanzan sin necesidad de confrontaciones inútiles, porque entienden que la mediocridad puede hacer acto de presencia y detener, en definitiva, trayectorias que podrían ser exitosas.
La ironía es que muchos prefieren la confrontación, como si discutir fuera un deporte olímpico. Pero si cada quien se concentrara en cumplir su parte, las batallas innecesarias se evaporarían. Fluir no es resignarse, es entender que la vida no necesita nuestra obsesión por el control para avanzar.
¿Queremos más?, la victimización, ese traje tan cómodo y que se convierte en uniforme de quienes prefieren no mirar hacia dentro. Yo no tengo la culpa, repiten, como si la vida fuera un tribunal eterno. Pero el respeto por el otro, la capacidad de reconocer nuestras áreas de oportunidad y la valentía de dejar de echar culpas son los verdaderos actos de grandeza, claro, de personas dispuestas a crecer, no de aquellas cuya miserabilidad parece ganar terreno.
La victimización, ese traje tan cómodo para algunos, debería estar fuera de moda. No eres ajeno, no eres un espectador: eres parte del todo. Y si algo no funciona, quizá sea momento de mirar hacia dentro y reconocer las áreas de oportunidad, en lugar de repartir culpas como si fueran volantes en la calle.
El deber ser, en su esencia más pura, es incómodamente simple: Confiar en quienes lideran, porque sin confianza no hay equipo, actuar con humildad, porque sin humildad no hay aprendizaje, dejar fluir, porque sin fluidez no hay crecimiento y respetar al otro, porque sin respeto no hay convivencia.
Todo lo demás, las excusas, las confrontaciones, la victimización, son apenas disfraces para ocultar el miedo a crecer. Y el miedo, cuando se convierte en estilo de vida, es la más triste de las desgracias para un ser humano.

