Dejemos madurar
En este espacio hemos sido críticos con aquellos padres y madres de familia que, en un acto de irresponsabilidad inmedible, se desafanan de los hijos y no muestran –con hechos– una ruta de vida encabezada por el ejemplo.
Pero también es cierto que existe el otro lado de la moneda, igual de riesgoso, consistente en progenitores en exceso protectores al punto de volver inútiles a sus retoños.
Antes de cualquier supuesto, es claro que, por las condiciones del contexto actual, debe haber un mucho de cuidado de los hijos; dejarlos moverse solos durante altas horas de la noche, exponerlos en sitios catalogados peligrosos o darles libertad extrema, no es opción, pero hay una enorme diferencia entre cuidar y sobreproteger.
Un colega, profesor universitario, recién me contó un caso en el que una madre de familia de un alumno de licenciatura (hombre hecho y derecho, con cerca de 30 años, padre de un menor), le localizó ex profeso para pedirle que le dejara un trabajo a su lindura para que pudiera mejorar su calificación, no es broma, a esos niveles hemos llegado. Simplemente de miedo.
En otros casos, adultos mayores que permiten y solapan conductas de sus descendientes porque, o son incapaces de poner un alto y marcar normas disciplinarias sólidas, o sencillamente no quieren que esos sucesores crezcan.
Situaciones en que ese adulto vive en casa de sus jefes sin aportar un solo centavo, ni para servicios, ni para alimentos, ni para alguna necesidad; entes que viven gratis y, en consecuencia, jamás aprenden lo que significa una responsabilidad.
Personas de la tercera edad que acaban por pagar las deudas de sus hijos, porque les ponen de aval o porque saben que pases lo que pases, recibirán el apoyo incondicional aún en el error.
¿La consecuencia?, personas que son incapaces de comprometerse o tomar decisiones, que no asumen responsabilidades congruentes con su edad cronológica, porque nunca han tenido esa mano firme que establezca límites y favorezca potencialidades.
Estadísticamente, son muchos más los caballeros que las damas, y suelen ser mucho más dependientes; esa idea de la mamitis toma un valor importante en este tipo de conductas.
Una persona inmadura, decide no recibir a la etapa adulta y prefiere estacionarse en la adolescencia, tienden a justificar su actitud bajo el argumento de que lo importante es vivir el presente.
El rol del padre o madre de familia es fundamental, recordando otro ejemplo, se tuvo el caso de un alumno recién egresado de licenciatura que recibió una buena oferta laboral, pero cuando fue a la entrevista de trabajo, fue acompañado por su mamá, y no, no se quedó afuera esperando como la lógica indicaría, la dama decidió ¡entrar!
Encontrar el justo medio resulta complicado, pero es necesario si pretendemos obtener buenos resultados; es toral erradicar ese Síndrome de Peter Pan –acuñado por el Dr. Dan Kiley–, y lograr que esas personas que se niegan a crecer encuentren una vida mas ad-hoc con sus condiciones.
Dejemos madurar a las nuevas generaciones, nos arrepentiremos aún más si no lo hacemos.
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