Déjenme contarles que…
Alguna vez tuve mascota. Hace mucho, en la infancia, a los siete años de edad, quizás. Mi primo Beto tenía una perra “corriente” que parió pequeños cachorros. Su buen detalle fue regalarme uno. Por supuesto, él se quedó con el que consideró el más bonito; el más giro. El mío fue uno muy tierno, el cual escogí. Su pelaje era beige; su hocico, bastante pronunciado, largo, no muy alto en comparación de El Negro –como Beto llamó al suyo–, las costillas se le marcaban bajo la piel, sus patas eran pequeñitas, lucía débil, menso, yo sentía la necesidad de cuidarlo mucho.
En la casa de la abuela, que es donde viví hasta los trece años, creo, no tenía permitido llevar animales. Mi abuela se entusiasmó cuando le comenté del obsequio. Creyó que sería el perrito negro corpulento que corría por todos lados (la casa de la abuela estaba separada de la de Beto por un terreno baldío que pertenecía a la familia de éste, pero que más bien, era nuestro patio de juegos y nunca tuvimos problema alguno con usarlo como nuestro). Sin embargo se decepcionó cuando el pequeño Jefe fue presentado ante ella. Ése, de jefe no tiene nada, me dijo, no, llévatelo, yo pensé que me ibas a traer al otro, el negrito ése bonito. Éste no, ¿pa’ qué lo quiero?
No me quedó más remedio que sacarlo e improvisarle una casa en el terreno, junto al corredor. Ahí ya no era propiedad de la abuela y no podría correrlo.
Procuré alimentarlo bien, guardaba parte de mi comida para dársela. Le pedí a mi madre ropa para que por las noches no pasara frío. Sin embargo, no era suficiente lo que hacía por él, nunca mejoró su aspecto. Mientras yo estaba en la escuela, él estaba a merced del mundo; mi familia lo maltrataba, le gritaban, lo obligaban a quedarse dentro de su casa, sin alimento. Alguien le quitó la ropa de su cama y el miedo lo hacía buscar por las noches otro sitio para dormir, sin techo, por lo cual me vi obligado a reconstruir su casa donde estuviera a gusto. Escogió un lugar al otro extremo, pero ahí a ninguna hora daba el sol.
El frío comenzó a hacer estragos. Llegó el momento en que no salía de su casa para nada. Al llegar de clases iba a verlo, lo ponía bajo el sol, pero cada día estaba peor, ya le costaba trabajo moverse. Salía un líquido por debajo de su cola. Dejó de comer, no abría la boca para nada. No tuve a quién recurrir, no pude ayudarlo, no pude hacer más que abrazarlo y frotar su espalda. Esa noche me metí llorando a casa.
Un tío compró una pistola para protección de su hogar y mi primo Juancho jugaba con ella, practicaba su puntería disparando contra envases de vidrio que colocaba a la distancia. Por desgracia, esa escuadra cayó en las manos de mi hermano.
Volvía como siempre de la escuela y mi hermano a su mero estilo… cruel, me interceptó para decirme que mi Jefe se había levantado, que andaba buscando comida y que le dio un pan. Me emocioné y corrí a su casa y no estaba. Iván me contó que le arrojó el pan desde la azotea de Juancho para fijarlo como objetivo desde la altura; sin embargo no le había atinado y el perro huyó corriendo a su casita. No conformes, bajaron hasta él para dispararle desde cerca. Cuando encajó el cañón en el cráneo del perrito, éste no se movió, que nunca más se levantó, ya estaba muerto, wey, nosotros ya no le hicimos nada. Le pregunté dónde estaba. Lo habían ido a tirar al puente, donde la gente iba a tirar su basura, donde ensuciábamos el riachuelo que poco a poco se contaminó y secó. Ya, wey, ¿para qué lloras? Si ya estaba bien enfermo, si tú viste que ni necesidad hubo ya de matarlo, se murió solito. Así ya no sufre, así está mejor.

