Descreándome: ser mujer

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Esta semana, la página en blanco me interroga. 

Quiero escribir sobre ser mujer, pero una voz incómoda susurra: ¿de qué mujer hablas? ¿Somos acaso todas iguales? 

Desde el borde de mi cama siento que la palabra mujer me queda grande y pequeña a la vez, biológicamente tengo asignado este género cuyo nombre se ha construido, pero ¿Qué forma realmente lo que somos?, a veces esas preguntas se sienten como si nosotras mismas no fuéramos una casa sino un campo minado donde cada una camina con otro peso, otra historia. Es decir, cuando me nombro a mí misma siento que la historia habla por mí, incluso cuando no quiero, como si cargara voces que no son mías, pero que, de algún modo, me atraviesan. 

¿Cuál es realmente esta unidad que se hace palabra?- mujer.

Para esta columna, que escribo desde mi más álgido sucumbir, deseo no sólo escribir mi sentir como mujer individual, sino que, sin generalidades, descubrir mientras leo y escribo las particularidades que forman la palabra que tanto estoy repitiendo y repetiré: m u j e r. 

Desde lo más íntimo de mi experiencia (privilegiada en algunos sentidos, siempre interrogada) quiero seguir el hilo filosófico y doloroso que plantea María Lugones, trenzarlo con el ecofeminismo de Carol J. Adams y la injusticia hermenéutica de Miranda Fricker, para después proponer un instrumento teórico peculiar, finalmente buscar un alivio, no un consuelo barato, en la radical atención de mi filósofa favorita, Simone Weill. No busco una respuesta definitiva, busco una pregunta mejor formada.

S e r   m u je r

El Andamiaje de la Exclusión, María Lugones

Quiero iniciar con una maravillosa filósofa argentina. 

Leer a Lugones duele, aunque me dio el vocabulario para este malestar. Me obliga a preguntarme: ¿en qué esquema invisible de clasificación habito? ¿Mi idea de lo femenino se construyó, quizás sin querer, sobre la invisibilización de otras?

Regresemos a la pregunta inicial:¿Somos acaso todas iguales? 

La respuesta inmediata, políticamente correcta, es no, somos diversas. Pero María Lugones, en su obra Género y descolonialidad, me exigió ir más allá de la frase hecha, la historia no sólo nos hizo diferentes, sino que a muchas se les negó incluso la pertenencia a la categoría. Ella escribe que el sistema moderno-colonial inventó la categoría mujer como si fuera universal, neutral y sencilla. Pero esa categoría nada más acogía a las mujeres blancas burguesas, europeas; el resto, como mujeres negras, indígenas, mestizas, quedaban fuera, reducidas a cuerpos sin nombre, sin persona, sin historia. Lugones lo dice con crudeza:

La colonialidad del género no solo oprimió; clasificó ontológicamente.

Se crea este ideal para que existiera la mujer angelical, frágil, pura, destinada al hogar y a la crianza (el ideal burgués y blanco), pero para que esto funcionara se tuvo que inventar su antítesis: la no-mujer. ¿Quiénes serán? Las mujeres indígenas y negras, quienes durante la colonia no fueron consideradas damas, ni señoras, ni mujeres en ese sentido pleno y humano del término. Fueron bestias de carga, fuerza de trabajo sin límite, cuerpos disponibles para la violación y la explotación. Lugones me mostró que mi propia categoría de mujer lleva en sus costuras el hilo sangrante de esa negación. Leerla no fue un ejercicio intelectual; trajo un silencio, porque no es un recuerdo gris en la historia, sino la historia que continua en muchas mujeres cuyo dolor ni siquiera fue o será registrado como un agravio contra su feminidad, porque en ese acto se les ha robado y se les sigue robando hasta el derecho a tenerla.

Leer a Lugones me ha consumido, porque me deja absuelta y me sacude de esta plácida comodidad que muchas veces me llega, y me obliga a mirar mi propio ser-mujer y preguntarme: ¿en qué medida esta identidad que siento tan mía se construyó, quieta, sobre la anulación violenta de otras? ¿Mi feminismo, si no es interseccional, no será cómplice de ese mismo andamiaje?

La carne del asunto, injusticia hermenéutica y la política sexual de la carne

Aquí es donde entran mis otras dos compañeras de viaje filosófico, y suyas también.   

Miranda Fricker me da la palabra perfecta para el dolor que Lugones describe:

injusticia hermenéutica

Me maravilla traer ese fenómeno aquí, porque es sin duda uno de los que más pasión me ha causado y leerlo también ha sido un despertar desde la primera vez hace dos años, desde ahí trato de mantenerme despierta. Así que voy a explicarlo. Se trata de la injusticia de carecer de los recursos conceptuales sociales para que tu experiencia sea entendida, incluso por ti misma. 

Imaginen a una mujer esclavizada en el siglo XVIII cuyo cuerpo era rutinariamente violado. Su dolor era inmenso, pero el léxico dominante (patriarcal y colonial) no tenía una categoría para nombrar ese acto como una ofensa contra su honor de mujer, porque se le negaba el honor. Entonces su sufrimiento quedaba atrapado en un vacío de sentido, no podía ser contado, y por lo tanto, no podía ser reparado. Ahí se gesta un vacío hermeneútico, que después es una injusticia hermeneútica.

Carol J. Adams, en La política sexual de la carne, lleva esta objetificación al extremo material. Conecta los puntos entre la opresión patriarcal de las mujeres y la explotación animal, debo admitir que esa metáfora siempre me ha inquietado, porque siento que no habla solo de violencia física sino de algo más profundo, habla de la reducción del sujeto a materia, a algo que se puede cortar en partes hasta que ya no duela. O hasta que su grito se pierda en el vacío hermeneútico del que hablaba Fricker.

Adamas explica que la lógica es la misma, la conversión de un sujeto en un objeto, de un ser vivo en carne. El sistema que vio (y aún ve) a la mujer racializada como un cuerpo-fuerza de trabajo, fragmentable y desechable, es el mismo que nos permite ver a un animal como un producto cárnico en un estante. Adams habla del referente ausente. Lugones nos muestra que, para el sistema colonial, la mujer negra o indígena fue desde el principio un referente ausente de la categoría mujer. Su humanidad fue ausentada para que la explotación fuera posible. 

Buscando un punto de fuga: canibalizar la categoría y la atención radical

Después de este recorrido por la herida, necesito aire. Necesito una salida que no sea ingenuidad, ni siquiera una salida, sino una grieta. Porque entre la rabia de Lugones, el diagnóstico preciso de Fricker y Adams, y una sensación de orfandad. ¿Dónde está la salida? ¿Dónde está la posibilidad de un ser mujer que no esté manchado por este pecado original? Fue entonces cuando volví, como siempre hago en mis crisis, a Simone Weil. No a la teórica de la atención como concepto abstracto, sino a la Weil que encarnó el desgarro. La anarquista que trabajó en la fábrica Renault para conocer el agotamiento que doblega el alma. La que luchó en la Guerra Civil Española, torpe con un fusil, pero impecable en su compromiso. La que murió de hambre en solidaridad con los ocupados por los nazis y Viveiros de Castro (que sinceramente no tenía muy claro como enlazar a todos estos filósofos sin que esta sea una decadencia de conceptos).

Primero traigo a Eduardo Viveiros de Castro y sus Metafísicas Caníbales este maravilloso texto me propone un perspectivismo radical. En algunas cosmovisiones amerindias, lo que para un humano es carne (un tapir), para el jaguar es cerveja de mandioca. No hay una naturaleza única vista desde diferentes culturas, sino multinaturalismos, diferentes cuerpos, diferentes realidades. En palabras brevísimas, lo humano no es un atributo ontológico, sino la posición desde la que se ve el mundo. Entonces, ser mujer tampoco es una esencia, ni un papel rígido, sino una mirada encarnada, situada, siempre en tensión con quién nos ha dicho qué somos.

Y aquí entra mi osadía y mi no miedo a enlazar conceptos, ¿Y si aplicamos esto al género? La propuesta es, literalmente, canibalizar la categoría única y rígida de mujer. No para aniquilarla, sino para despedazarla, digerirla y, desde la especificidad de nuestros cuerpos, historias y dolores, generar algo nuevo. No queremos ser incluidas en el mismo club excluyente, queremos una selva de significados donde quepan todas las formas de ser. Pero una selva no se piensa, se habita. Y para aprender a habitar este caos necesitaba una brújula ética. 

Fue entonces cuando volví, como siempre hago en mis crisis, a Simone Weil, a la que encarnó el desgarro, ella no propone incluir a las excluidas en el mismo edificio podrido, lo que propone es hundirse en la grieta. Su atención no es una técnica, es un modo de estar en el mundo, es un vaciarse radical para que la verdad del sufriente pueda habitar en uno sin ser distorsionada por el ego y para practicar esa atención, hay que descrearse, despojarse de las capas de identidad que el sistema nos impone (incluida, pienso ahora, la de mujer cómoda y homogénea). Weil se despojó de todo, hasta de la vida, por coherencia. A mí, en mi vida pequeña, me pide algo más modesto, pero igual de radical, dejar de pretender que hablo en nombre de todas, y empezar a escuchar, desde el hueso, a las que fueron silenciadas para que mi voz sonara más clara.

Entonces, ¿cómo ser mujer hoy, después de esta sacudida?

Quizás ya no se trate de ser, como un estado fijo, sino de un estar siendo constante, un verbo activo y negociado. Un estar siendo que se niega a ser una estatua de mármol blanco en una plaza pública. 

Porque la respuesta no está en un manifiesto, sino en un gesto mínimo y repetido, mi ser mujer lleva esa mancha original, es un privilegio construido sobre una tumba sin nombre.

Simone Weil, en su hambre voluntaria, me enseñó que la única forma de honrar esa deuda es descrear el privilegio, no basta con reconocerlo, hay que desarmarlo en actos concretos, como callar cuando debo escuchar, ceder el centro, sentir la incomodidad de que mi verdad no sea la única, ni la más importante. Es un duelo activo, un dejar de aferrarme a la identidad cómoda para poder, quizás, encontrar una autenticidad en la grieta.

Hoy siento que ser mujer es, ante todo, habitar conscientemente la grieta reconocer que no hay una hermandad universal fácil, sino una posible solidaridad entre heridas distintas que debe construirse con trabajo, escucha y renuncia a la posición central. Es, como defendió Claudia Jones –esa pionera del feminismo negro e interseccional que unió la lucha de clase, raza y género–no entender que las batallas no son separadas. 

El patriarcado, el capitalismo y el racismo son la hidra de tres cabezas.

Al final, esta columna no es un mapa, es la confesión de que estoy perdida. Pero es una pérdida elegida. Prefiero habitar la pregunta desgarrada de ¿qué soy, dentro de esta palabra que ha hecho tanto daño? que refugiarme en una respuesta que excluye. Encontrar un puente que no pasa por encima del dolor ajeno, sino que se sostiene precisamente porque lo reconoce, a canibalizar las normas que nos asfixian, a mirar la carne del sistema con los ojos de Adams y a practicar la atención radical, a tejer, desde la intimidad de nuestras propias grietas y privilegios, un significado de mujer que sea poroso, múltiple y, por fin, verdaderamente liberador. 

Porque esta lucha no es sólo por las mujeres, es por toda la humanidad y es necesario seguir escribiendo de cuestiones que parecen tan cotidianas, seguras, y tenemos que recordarnos todos los días que quienes podemos escribir, hablar, ir a la universidad, etc. Tenemos la obligación de mantener la existencia de estos derechos sin chistar, porque como bien decía Simone de Beauvoir falta una sola crisis económica, social o hasta religiosa para que estos derechos, que sentimos seguros en nuestra vida diaria, sean cuestionados. La historia no avanza de manera lineal. 

Por eso el significado de ser mujer no debe ser que nos una por la homogeneidad, sino por el compromiso feroz, nacido de escuchar desde el hueso, no por un deber abstracto con la humanidad, sino por la obligación visceral de que ninguna otra vuelva a ser convertida en un referente ausente en la historia.